jueves, 2 de febrero de 2012

¿In?Condicional


Es curioso lo ciegos que somos o queremos ser. Da igual si partimos de la ceguera para recuperar después la vista o si nos vamos ofuscando con el paso de los años. Hay veces que hasta que no maduras lo suficiente no eres capaz de ver grandes defectos de las personas con la que has convivido toda la vida. Quizá es por esos a prioris que se nos inculcaron cuando éramos pequeños por lo que somos incapaces de ver las lacras de la gente. Quien diga que el amor incondicional no existe puede que nunca haya conocido lo que es querer a un padre o a una madre de verdad. Es un amor oculto, completo y variable, pero siempre está. Suponemos de manera innata que a los padres se les quiere, no se les juzga, no se les hace sufrir. En cambio, tarde o temprano, llegas a esa etapa de la vida en la que te paras a pensar en el porqué de todo. Es el momento en el que te cuestionas cuando descubres que no todo es como te lo habían contado. Cuando aplicas un pensamiento crítico a las personas que más quieres puedes llegar a dos conclusiones. O bien te das cuenta de que eres demasiado duro con ellos o, lo que es peor, ratificas las numerosas cosas que pasas por alto. Amantes incondicionales pueden reaccionar cerrando los ojos ante esta última conclusión, llegando a consentir hábitos del día a día que bajo una mirada objetiva no tendrían perdón. Otros, en cambio, aplican algo de valentía a su rutinaria vida y deciden ponerle freno. Desgraciadamente, la falta de comunicación, la tendencia a relativizar lo importante, la dificultad de cambiar ciertos hábitos y, sin ir más lejos, el miedo, dificultan ese proceso de "echarle cojones a la vida". 
Casos que van desde un hijo que le grita a sus padres hasta un marido que pega a su mujer. Más o menos grave, queda confirmado que si no se le pone querella a una molestia, ésta evoluciona hasta llegar al dolor más lacerante.
No tengamos miedo a reinventarnos, a decirle a aquellos que queremos lo que nos molesta, a cambiar. Está claro que ciertos comportamientos sin importancia se aceptan sin más. Nadie es perfecto, pero establece límites. Todo desde una razón humilde que nos haga imponernos las mismas cláusulas exigidas a los demás. Recordemos que la palabra puede ser un arma mortal. Ama, pero no incondicionalmente. Quiérete lo suficiente para darte cuenta.