lunes, 15 de octubre de 2012

Hecatombe



Decía mi amigo mientras sostenía la mirada vidriosa y el puño en el pecho, cual pregonero que confiere la más cotizada de las prédicas, cuánto hablaban sus compadres sobre las reglas y teorías. El realismo es la más sabia elección que nos queda a los tarados como nosotros y la filosofía barata es mejor dejarla en los libros. Sin embargo, dichas advertencias quedaron mitigadas por el humo del bar como una frase nula entre dos perfectos paréntesis, rescindiendo la más mínima cordura que podía quedar de la conversación y pasando a ser ni más ni menos que el prefacio  de la hecatombe. En un bar con olor a almizcle sobre dos sillas desvencijadas a pie de barra, llegó el apogeo del achispamiento seguido de la cogorza, la cual derivó de manera ineludible en una conversación superflua e inconexa propia de dos dipsómanos. Y, entonces, no recuerdo en qué momento de la noche, sucedió. De pronto, en lo efímero del instante, tras las anécdotas y risas de complicidad, tras los silencios nostálgicos en los que recuerdas al pobre chaval que no se comía ni una rosca en la universidad, todo se va al garete. Comienza la cháchara de etiqueta, aquella en la que se va arreglando el mundo y las historias absurdas de uno empequeñecen a las del otro. Ese momento en el que, vete tú a saber porqué desde un bar recóndito del planeta, dos borrachos juegan a ser Superman sin haberse tejido la capa. De los temas anodinos se pasa a, si bien pueden llamarse así, otros serios y a la vez incongruentes. La paz en el mundo, las injusticias, la ineptitud de los políticos, la guerra en Afganistán, los atentados y un sinfín de insensateces que empequeñecen a cualquiera. Y con la filosofía barata, las colillas del cenicero y los botellines de cerveza, no reparamos en que los dos nos equivocábamos como bellacos. No negaré que nuestras reflexiones con profundidad de charco no llevaban parte de razón, pero nos olvidamos de un pequeño detalle capaz de echar por tierra la más elaborada de las sapiencias. Mucho teorizaban nuestros compadres sobre la experiencia como la mejor de las maestras y que más sabe el diablo por viejo, pero ninguno de nosotros se dio cuenta. Llega un momento en el que las luces del bar se apagan y, nada más abandonar las desvencijadas sillas, todo se desvanece. Sin apenas darte cuenta, ya te has dejado tus conjeturas y teorías de soñador empedernido en el fondo de la jarra. Cada uno se va a su casa, llevándose sus agotadas mentes a la cama para despertarse al día siguiente con las sinrazones del mundo de las que tanto teorizó. No obstante, no hay filosofía que valga para, con perdón de la expresión, la jodida rutina. Si ya lo decía mi amigo, qué bien hablaban sus compadres sobre las reglas y teorías y en qué momento menos esperado la realidad hace su aparición en escena. Y más si te levantas con resaca, por melón.