Si no aprendimos del error, es porque quizás no hubo ningún
error.
Dicen que el ser humano es el único que tropieza dos veces
sobre la misma piedra. Puede que lo haga para comprobar si la primera piedra
estaba puesta de casualidad en el camino o si, de lo contrario, fue a buscarla
para tropezar con ella.
Lo cierto es que hay veces que buscamos esa piedra. Ese
pedacito de esperanza que nos haga sentirnos algo más valiosos, con una
dirección firme hacia la que navegar. Hay piedras sobre las que merece la pena
caerse, una y otra vez, porque parece que dan un nuevo sentido a nuestra vida. Pero lo cierto es que solo nos frenan, sin dejarnos avanzar.
Y luego están esas piedras. Pedruscos más bien. Aquellos que
nos dejan huella para la posteridad. Son pocos los que aparecen por el camino,
pero una vez que lo hacen, parece que permanecen ahí toda la vida.
No siempre se aprende de cada piedra con la que nos topamos.
Cada una de ellas nos aporta algo, por muy diminuto que sea, y se queda con
nosotros para siempre. Pero no necesariamente aprendemos de ellas para no
volver a toparnos. De lo contrario, no viviríamos. Al menos no plenamente.
Las piedras están para que nos crucemos con ellas. Para bien
o para mal. No se puede vivir esquivando la vida.