viernes, 22 de agosto de 2014

A la sombra de la Sierra

Mi problema fue que siempre demandé más de un eclipse de Sol. Poder ver el Sol, oculto tras la Luna, avergonzado, como un drogadicto que se esconde en un baño para esnifar cocaína. Quise ir más allá de lo que no podía ver. Esa imposibilidad, lo inalcanzable que se me presentaba el enigma de lo desconocido, me hizo convertirme en una indígena de la vida. No pertenecía a ninguna civilizavión, no me identificaba con ningún clan. Era un lobo solitario en búsqueda de una sola cosa, la verdad. Esa verdad está, más allá de las estrellas, más lejos de nuestra galaxia, en ningún lugar exacto, tan solo se hace presente en nuestro interior. La búsqueda de lo inalcanzable me creó un vacío en el alma, como cuando se pone el Sol tras una montaña y ésta te impide ver por dónde se esconderá. Me di cuenta de que esa montaña eran mis miedos, y el Sol mis sueños. Vivo a la sombra de una montaña sin poder ver lo que hay detrás, en una espera latente que nunca acaba. Un día me levanté y, sin saber por qué, traté de llenar ese vacío. Sexo, drogas, adicción, dolor, euforia. Ninguna de esas experiencias terrenales llenó el agujero negro que se había instaurado en mi interior. Nada de eso, hasta que llegaste tú.


viernes, 8 de agosto de 2014

Find what you love and let it kill you

El tocadiscos seguía girando a su mecánico compás, emitiendo como único sonido el desliz de la aguja haciendo surcos sobre el disco de vinilo. Los Pink Floyd ya no se escuchaban, pero se respiraban en el aire junto con el aroma del sexo, el sudor, el semen y el papel de liar. You are young and life is long and there is time to kill today. Las copas de caipirinha a medio acabar reposaban sobre la mesilla de cristal, medio llenas o medio vacías, pero inacabadas. Como en el cuento de Pulgarcito, un rastro de ropa interior dibujaba un sendero en el suelo del pasillo que se extinguía en la cama. Una lámpara roja tirada sobre el suelo daba a la habitación un toque de caos e intimidad. Los libros de la mesilla de noche eran los únicos testigos de lo que se había producido unas horas antes en aquella noche improvisada. El olor de unas sábanas recién lavadas con un toque de incienso representaba el paralelismo de aquella noche incierta, sin sentido, ocurrentemente aleatoria. El tic tac del reloj de la cocina recordaba que el tiempo, aparentemente detenido, aún dictaba las leyes de la física. Pero, por un momento, para ellos ni siquiera existió la gravedad. Como si la singularidad espaciotemporal se hubiera deformado y hubiesen sido capaces de viajar a la velocidad de la luz. Un grito, un suspiro, un orgasmo. Un instante, una explosión, el Universo, el Big Bang.
Miraba el techo desde la cama y pensaba en las palabras de antes del sexo, aquellas que hablaban sobre conocerse a uno mismo. Quizá la clave de todo residía en sentirse en paz. Tal vez había encontrado la manera de reconciliarse consigo misma. Entonces se dio cuenta de que no era la caipirinha, ni aquel piso en Lavapiés, ni siquiera la persona. Lo que aportaba la magia era la incertidumbre de aquel futuro que se le extendía ante sus ojos, la belleza de lo desconocido, la posibilidad de reinventarse a uno mismo debido a la corta pero categórica distancia que separaba el pasado del recuerdo, el futuro de la predicción. Rápidamente se vistió, se fumó un cigarro y, sin hacer ruido, dejó aquel piso atrás junto con sus inseguridades. Salió del portal, se puso las gafas de sol y decidió ir a comerse el mundo. Nunca olvidaría aquel momento de ese día soleado mientras paseaba por la calles de Lavapiés. Aquel instante era paz.

martes, 5 de agosto de 2014

Bocanadas de Prozac

Recupera los colores. Vuelve a sonreír. Rescata la ilusión. Observa como cada nota del pentagrama asciende línea a línea. Escucha la melodía que ya nunca más volverá a ser triste. Se perdieron los colores apagados, las palabras de melancolía, las frases de despedida, la oscuridad que no dejaba ver la luz al fondo del pozo. Resurge de entre las cenizas que quedaron tras aquel incendio de nieve. Grita, salta, ríe, llora de alegría. Siente esta felicidad instantánea, que quizá ya no vuelva. Que este momento no se recupera. Que esta carrera hacia la meta llamada felicidad no es más que un baile hacia la misma. Olvida lo que te duele y transfórmalo en lo que te hace grande, lo que te haga coger impulso para salir a la superficie y respirar el aire. Como si fuéramos delfines, como si fuéramos felices, como si solo tuviéramos esta vida.