Cuando
era una niña, acaso algo más que ahora, miraba atónita al cielo y observaba boquiabierta
aquellas nubes de polvo y gas que flotaban en el firmamento. Mi ávida
curiosidad y las ganas de conocer el mundo me hicieron preguntarle un día a mi
padre: ¿Cómo se forman las estrellas? Él me miró con su habitual gesto de
complacencia, quizá menos marcado que ahora por el paso de los años. Ese gesto que aún hoy se dibuja en su cara cada
vez que le pregunto por algo que no sé, o que finjo no saber. Su costumbre
siempre fue presentarme el mundo ante mis ojos, mi ambición siempre será ver el
mundo con los suyos. Lo que para mí era un halo de oscuridad e incertidumbre él
me lo disfrazaba de esperanza. Aún mantengo esta conversación con él en mi cabeza.
“Ocurre que, por fortuna del extraño azar, un destello, una ineludible
reacción química desencadenada por una supernova o una colisión galáctica, la
materia que compone las nubes de polvo y gas se atrae y se arremolina en una
esfera de plasma hasta que, finalmente, arde. Esta masa va haciéndose cada vez
más y más grande, atrayendo hacia su núcleo todo lo que hay alrededor. Toda esa
vorágine incandescente sigue aumentando su temperatura, hasta que se vuelve ignífuga.
Y así es como nace una estrella.”
Desde aquel día mi mayor sueño
fue ver nacer una estrella. No obstante, a medida que he ido conociendo el
mundo me he dado cuenta, no sin cierta desazón, de cómo mis preguntas no han
encontrado más respuesta que otras nuevas. Tratar de comprender el mundo,
aparte de volvernos locos, nos hace vislumbrar lo grande que puede llegar a
ser. El conocer conlleva darse cuenta de la amplitud de lo desconocido. La
dimensión de este proceso es tan inmensa que sobrepasa la capacidad de
comprensión del ser humano, mucho más inalcanzable de lo que somos capaces de
llegar a imaginar. Sin embargo, aquel día, a mi manera de ver el mundo a esa
edad, encontré la respuesta que buscaba. Las personas son como las estrellas, no
hay ninguna igual, cada una brilla con luz propia. Esta luz puede ser de
diversas magnitudes, desde una milésima parte hasta cien veces más la luz del
Sol. No tenemos ni puta idea de cuándo dejará de brillar, tan solo sabemos que
un día lo hará. Puede que estemos aquí, puede que no. Puede que ya hayamos
visto morir a varias en cada pérdida a lo largo de nuestras vidas. Lo único que
sé es que cada una de ellas es irreemplazable, pues nos deja una marca que jamás
se borrará de nuestras huellas dactilares. Por extraño que parezca, a veces
este recuerdo me colma de paz.
