Una vez me preguntaron que para qué quiero tener a
una sola persona con la que compartirlo todo si puedo tener a varias con las
que compartir diferentes cosas. Yo le pregunté que porqué iba a querer tener a varias
pudiendo tenerlo todo en una. No tardé tiempo en encontrar la respuesta. Las
personas nos fallan.
Pero también nosotros fallamos a las personas. De hecho, a
veces nos fallamos a nosotros mismos. No es complejo de entender, es como
querer aprender a dividir sin saber multiplicar. Empezar la casa por el tejado no
debería pasar de la canción.
Cuando se pierde a alguien en quien has depositado todo también
te pierdes a ti mismo. Es como si se llevaran una parte de ti para siempre.
Queda más de nosotros en ellos que en todo lo que queda de nosotros. Y desde ahí,
tras un periodo de autocompasión, lectura de libros de autoayuda y beligerancia
con nuestra triste existencia, uno empieza a reinventarse, a recoger las
cenizas que quedaron tras el incendio y a crear una nueva hoguera, listos para
arder de nuevo. Esta vez mejor conocedores del desenlace, pasamos de ser
principiantes a jugadores profesionales del tiro en caída libre, parábolas
viciosas dibujadas sobre un eje infinito. Y así con todo. Sueños truncados,
planes que se fueron al traste, distancias que enfriaron sentimientos o
silencios que alejaron más que las distancias. Somos copas que se llenan y se
vacían constantemente, pero con un pequeño matiz. Cada vez que nos llenamos
aprendemos algo para la próxima. No volcarnos hasta el final.
Es cierto que el que mucho abarca poco aprieta, pero al
final es mejor eso a quedarse sin nada. Basar toda nuestra vida en un solo
sueño, en un único proyecto, en una sola persona es idílico, pero arriesgado.
El día en el que fracasa aquello en lo que basamos nuestra existencia pierde
sentido toda nuestra vida, y nuestro tiempo es demasiado limitado como para
apostarlo todo en una.
Pero no, seguimos esforzándonos por conocer a esa persona
especial, por encontrar ese clic que
nos cambie la vida. No queremos darnos cuenta de que es contraproducente volcar
nuestra existencia en una sola cosa, que es mejor depositar pequeñas partes de
nosotros en diferentes rinconcitos del mundo en el que vivimos, por si un día
algo nos sale mal, poder seguir teniendo de donde tirar.
Pero como siempre, el maldito pero. El corazón es fuerte
pero inexacto. No podemos medir cuánto dar, ni cuánto recibir. A veces nuestro
propio ser nos incita a volcarnos, vaciarnos y llenarnos. Regalamos lo que
somos sin pensar en lo que recibiremos a cambio, y cuando ocurre eso es mágico
porque, aunque no siempre encontremos lo que esperamos, a menudo ganamos la
experiencia de no volver a caer en el mismo error. Aunque caigamos.
La verdad, aún me lo sigo preguntando.