Si bien en sus tiempos se hablaba de la desnaturalización
del arte, hoy bien podría hablarse de la desnaturalización del ser. Tarde o temprano,
si uno quiere formar parte mínima de esta sociedad, es solo cuestión de tiempo
que al incorporarse en su mecanismo se acabe siendo un eslabón más de la
cadena. Un eslabón que a cada paso que consigue avanzar, el siguiente le empuja
dos hacia atrás. ¿A dónde vas? No te salgas de tu cuadrado. No vaya a ser que
acabes siendo un eslabón perdido.
No, es mucho mejor ser un eslabón desnaturalizado.
Y con ello, desde el momento en el que decidimos, o más bien
nos llevan a decidir incorporarnos a este mecanismo inventado, nos van
amputando pequeñas partes de lo que nos diferenciaba del resto de los animales.
Raciocinio, compasión, humildad. ¿Qué es eso?
Pero no hay que montar un drama. Hay que ser prácticos y asumir
lo que nos viene dado y, dentro de esta resignación, ser todo lo libres que nos
dejen ser y confiar en que, mientras tanto, siempre habrá una minoría que se
desviva día a día por intentar que las cosas cambien. Hay quien lo llama
pasión, otros lo llaman ganarse la vida. En cualquier caso es bonito encontrar,
muy de vez en cuando, a ese eslabón perdido que le ponga la chispa que enciende esperanza
donde era imposible encontrarla. Alguien
que brille con luz propia, y no necesite alimentarse de la de los demás.