martes, 4 de abril de 2017

¿Qué veo cuando me miro al espejo?



Recuerdo que, con la edad de trece años, la profesora de Lengua y Literatura nos mandó la tarea de escribir una redacción que respondiera a la siguiente pregunta: ¿Qué veo cuando me miro al espejo? Tras unos minutos de silencio por la contrariedad que surgió entre los alumnos, se dispararon las manos hacia arriba seguidas de interrogaciones dispares, la gran mayoría de ellas preocupadas por alcanzar el sobresaliente. Pero, ¿a qué se refiere seño? ¿Quiere que escribamos sobre cómo nos vemos? ¿Qué es lo que veo con mis ojos? ¿O cómo somos por dentro? ¿Y cómo se ve eso en un espejo?

En aquel momento me pareció un castigo. A día de hoy, no sé si agradecérselo o  seguir atribuyéndole la culpa, pero lo cierto es que aquella profesora a la que temía como a los mil demonios por aquel entonces, resultó ser la que descubrió en mí uno de los mejores defectos que tengo: la introspección. Y lo llamo defecto porque, en muchas ocasiones, el mirar tanto hacia dentro de uno puede hacer que nos perdamos lo que tenemos fuera.

La profesora nos dejó libertad absoluta y a nosotros, acostumbrados siempre a seguir una pauta sobre la que trabajar, el libre albedrío nos pareció un suplicio. Y es ese abismo que nos puede hacer sentir iniciar un texto sin letra Times New Roman tamaño 12 y alineación justificada lo que nos aterra, cuando realmente es la libertad de pensamiento lo que hace que salga lo más puro de nosotros. Era la oportunidad regalada entendida como suplicio de interpretar esa pregunta como nos viniera en gana.

Sí, me miré al espejo. De hecho, lo hice durante un largo rato, en varias ocasiones, durante varios días seguidos, así hasta día de hoy. Siempre esperando encontrar una respuesta que, con trece años, me permitiera acabar cuanto antes la redacción con la mejor nota y, a día de hoy, tan solo me permita comprenderme.

Me recuerdo mirándome a mi yo de trece años en el espejo de lo que por aquel entonces era mi casa y veo unos ojos inocentes que no sabían absolutamente nada de todo lo que les esperaba por ver. Finalmente escribí la redacción. No sé ni dónde la tengo, sería interesante recuperarla. En cualquier caso, el contenido ya da igual. No es lo que soy ahora. Ninguno de nosotros lo es. Diez años después me miro otra vez. Me escruto. Me exploro. Me asusto. Pienso que en qué maldito día inicié esta tarea de entenderme y qué peligrosamente optimistas éramos los niños al pensar que aquella redacción tenía un inicio y desenlace. No nos advirtieron de lo que implica el pintar un paisaje en constante movimiento. No se puede atrapar. Lo que veo cuando me miro al espejo no es lo mismo que lo que veré mañana. Hoy no soy más que un esbozo, algo que podrá llegar a… ¿Qué?