Recuerdo que, con la edad de
trece años, la profesora de Lengua y Literatura nos mandó la tarea de escribir
una redacción que respondiera a la siguiente pregunta: ¿Qué veo cuando me miro
al espejo? Tras unos minutos de silencio por la contrariedad que surgió entre
los alumnos, se dispararon las manos hacia arriba seguidas de interrogaciones
dispares, la gran mayoría de ellas preocupadas por alcanzar el sobresaliente.
Pero, ¿a qué se refiere seño? ¿Quiere que escribamos sobre cómo nos vemos? ¿Qué
es lo que veo con mis ojos? ¿O cómo somos por dentro? ¿Y cómo se ve eso en un
espejo?
En aquel momento me pareció un
castigo. A día de hoy, no sé si agradecérselo o seguir atribuyéndole la culpa, pero lo cierto
es que aquella profesora a la que temía como a los mil demonios por aquel
entonces, resultó ser la que descubrió en mí uno de los mejores defectos que
tengo: la introspección. Y lo llamo defecto porque, en muchas ocasiones, el
mirar tanto hacia dentro de uno puede hacer que nos perdamos lo que tenemos
fuera.
La profesora nos dejó libertad
absoluta y a nosotros, acostumbrados siempre a seguir una pauta sobre la que
trabajar, el libre albedrío nos pareció un suplicio. Y es ese abismo que nos
puede hacer sentir iniciar un texto sin letra Times New Roman tamaño 12 y
alineación justificada lo que nos aterra, cuando realmente es la libertad de
pensamiento lo que hace que salga lo más puro de nosotros. Era la oportunidad
regalada entendida como suplicio de interpretar esa pregunta como nos viniera
en gana.
Sí, me miré al espejo. De hecho,
lo hice durante un largo rato, en varias ocasiones, durante varios días
seguidos, así hasta día de hoy. Siempre esperando encontrar una respuesta que,
con trece años, me permitiera acabar cuanto antes la redacción con la mejor
nota y, a día de hoy, tan solo me permita comprenderme.
Me recuerdo mirándome a mi yo de
trece años en el espejo de lo que por aquel entonces era mi casa y veo unos ojos
inocentes que no sabían absolutamente nada de todo lo que les esperaba por ver.
Finalmente escribí la redacción. No sé ni dónde la tengo, sería interesante
recuperarla. En cualquier caso, el contenido ya da igual. No es lo que soy
ahora. Ninguno de nosotros lo es. Diez años después me miro otra vez. Me
escruto. Me exploro. Me asusto. Pienso que en qué maldito día inicié esta tarea
de entenderme y qué peligrosamente optimistas éramos los niños al pensar que
aquella redacción tenía un inicio y desenlace. No nos advirtieron de lo que
implica el pintar un paisaje en constante movimiento. No se puede atrapar. Lo
que veo cuando me miro al espejo no es lo mismo que lo que veré mañana. Hoy no
soy más que un esbozo, algo que podrá llegar a… ¿Qué?