martes, 9 de enero de 2018

Olas

En todo momento de la vida siempre hay dos tipos de personas para algo. En esta etapa de la mía, hay claramente dos. Las que se sientan en la orilla a observar las olas y las que se lanzan al mar a surfearlas.

Hubo un tiempo, quizá más próximo a la niñez o adolescencia, en el que pertenecí al primer grupo. Siempre miraba con algo de miedo, pero a la vez asombrada, aquellos cuerpos que, sin temor aparente, se fundían victoriosos con las olas y regresaban joviales a la marea en busca de la siguiente sacudida. Nunca sentí envidia por ellos, tan solo asombro y curiosidad. Algo de anhelo quizá. 

Así pues, un radiante día de verano en el que el mar se mecía calmado y la brisa  era suave, decidí coger la tabla y acercarme sigilosamente a la orilla. Con risa nerviosa, dubitativa y tras varios intentos fallidos, metí un pie en el agua. 
¡Qué frío! Por poco me da algo del susto. Miré atrás, asustada, y ahí estaba mi madre. Toda ella, sentada en la orilla y sonrisa serena, saludándome desde lejos. ¡No pasa nada cariño! 
Como si un motor le hubiera dado cuerda a mi valentía, inspiré hondo, atrapando todo el aire que cabía en mis pequeños pulmones, y me lancé al mar.



Y menuda pasada.

Todo ese oleaje, yendo y viniendo, arriba y abajo. Qué sensación. Flotar, nadar, bucear, surfear. ¿Cómo pude haber tardado tanto? La vida es mucho más maravillosa cuando se vive desde dentro. Qué experiencia, qué locura. Mira cuánta gente hay alrededor moviéndose al compás de las olas. Cuántas cosas hay más allá de lo que la vista puede alcanzar desde la orilla. Y... cuando menos te lo esperas... ¡Oh no! ¿Qué es eso? ¡Mam....!



¡Glup! Me hundí.

¿Hola? ¿Dónde estoy? ¿Pueden oírme? Parece que de repente todo se mueve más despacio. Hasta yo. 
Cambian los colores. Los sonidos son como un eco. ¿Qué hay ahí? ¡Es un coral! No puede ser. Los cangrejos están cantando. Los peces bailando. ¡Hay una sirena moviendo su roja melena al compás de los timbales!


Y, poco a poco, a medida que alcanzo mayor profundidad, mayor amplitud de visión voy perdiendo. Los objetos se confunden con las sombras, los sonidos con siseos, la risa con  llanto, la vida con parodia. Es como si todo fuera... Subreal.



Hay quien dice que ver la oscuridad no es malo. En cierto modo nos recuerda que algún día vimos la luz. 
Yo, que quise unirme al club de los surfistas, nunca pensé lo que significaba estar en la cresta de la ola. En ningún momento se me pasó por mi inocente chica cabeza la remota posibilidad de que todo lo que sube en esta vida baja, por inercia. Que, por muy obvio que parezca, "estar en las nubes" conlleva a estar más lejos de la tierra. Del tacto del suelo. De un beso con sabor a sal, del Sol calentando mis mejillas, de un te quiero en forma de risa. 
De la nota sol de un piano, de un plan improvisado, de todo lo bueno que me ha pasado.