martes, 17 de marzo de 2015

It's better to burn out than to fade away



No tomarnos la vida en serio es lo único serio que deberíamos hacer en la vida. Considerar como nuestras las responsabilidades que conciernen a todos excepto a nosotros y que tan solo se basan en un futuro incierto es dar pasos seguros sobre una cuerda de tender la ropa. Tenso. ¿Cuándo fue la última vez que te planteaste cuáles son tus responsabilidades? Responsabilidades propuestas, no impuestas. Responsabilidades que van más allá de ganar un salario para alimentar a tu familia o estudiar para ser alguien en la vida. Hacer algo sin tener que pensar en el para qué, porque en nuestras acciones están los motivos.
Como hombres de hojalata que se van quedando sin aceite, desde que nacemos vamos cambiando el proceso de razonar por el de acatar. Respirar hondo y contener la rabia. Comportarse y guardar los modales. Contar hasta diez. No gritar. Pensar antes de hablar. Comer con los cubiertos. No correr en los pasillos. ¿Pensamos por nosotros, o por los demás? Planteándolo de otra forma, ¿vivimos para nosotros?
No hacer lo que queremos por cumplir lo que los demás esperan de nosotros nos marchita por dentro. ¿Dónde quedó la naturalidad? Es una lástima perder el tiempo así cuando la única garantía que nos ofrece la vida es la muerte. El miedo debería haberse extinguido en la Prehistoria. Las heridas se curan, de los errores aprendemos, pero la frustración nos tatúa hasta los huesos.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Lo de más



Es curioso. A veces se echa de menos lo que en su momento nos parecía de más. Hablo de los detalles que a priori pasan desapercibidos. La forma del lóbulo de la oreja, el hoyuelo que aparece al sonreír, el sonido de una exhalación resignada, el tono de voz al decir “joder” y cómo hacer que suene bonito. Quizá por eso aún existen personas que se enamoran de verdad, aquellas que no pueden tener un lío de una noche porque, si lo tuvieran, les echarían de menos. Y digo que es curioso porque todos deberíamos ser iguales si pasamos por las mismas etapas. Nacimos, con suerte vivimos y seguro que moriremos. Ya puedes estar en Singapur o en el Polo Norte, tenemos anhelos y miedos.  Al final todo se resume a que vivimos en una enorme pelota que gira alrededor de una bola de fuego, dormimos debajo del mismo cielo y somos igual de pequeños si nos comparamos con la inmensidad del Universo. No somos nada y, a pesar de eso, podemos serlo todo. Existe un hilo invisible que nos ata. Es como un halo que nos define, nos identifica, hace que seamos queridos o rechazados. No es el ADN, ni la raza, ni el idioma, ni siquiera la cultura ni los kilómetros que nos separan. Lo que nos diferencia son los detalles, las distintas reacciones que tenemos ante un mismo hecho, el número de cucharadas de azúcar que le echamos al café, si preferimos dormir a la derecha o a la izquierda, las manías, lo cabezones que nos ponemos y lo que nos esforzamos en luchar por lo que creemos. Al final echamos de menos eso, lo que en su momento nos parecía de más.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Miopía



Las cosas nunca se cuentan igual que sucedieron, por eso cada momento es único, personal e irrepetible. Solo recordamos lo que se nos hizo sentir, pero el momento se quedó ahí, y nunca vuelve. Podemos tratar de escribirlo, caracterizarlo, descomponerlo en mil fragmentos e ir analizando uno a uno a cada detalle, pero siempre se nos escapará algo, como ese parpadeo que en la narración no tenía importancia, pero en la realidad lo marcó todo. Podemos describir el revoloteo de las mariposas en el estómago, el olor a café recién hecho por la mañana, la sensación de ahogo del que se va justo antes de embarcar hacia el fin de la Tierra, la ira de las familias de aquellos que murieron luchando, el último susurro de una hormiga antes de ser aplastada por un zapato, la calada de un cigarro y la forma en que el humo se evapora y se pierde entre la niebla, pero siempre nos faltará algo. Ni siquiera la escritura nos permite mantener ese recuerdo, tan solo evocarlo.
Los momentos son irrepetibles, al igual que las personas. Cada mínimo detalle, aunque pase desapercibido, marca la diferencia. Es por eso que ni siquiera el recuerdo nos salva del olvido. Llega un momento en el que no recordamos lo que se nos dijo, tan solo lo que se nos hizo sentir. Y así llegamos a confundir lo que no llegó a ser con lo que fue en realidad, y se nos pierden las palabras entre las canciones y se nos mezclan los poemas con los relatos, y ya no sabemos qué es cierto y qué no, ni las fotografías tienen sentido cuando se trata de recordar algo de lo que ya no sabemos, de lo que no queremos saber, o de lo que hemos perdido. El momento nunca vuelve. La vida nos viene y se va sin que podamos cogerla y retenerla entre las manos para poder saborearla, es un torbellino de felicidad y confusión mezclado con tristeza y nostalgia. Y esto es injusto y a la vez precioso porque significa que no todo tiene un principio o fin, que hay ciertas cosas que se mantendrán en ese momento y no desaparecerán porque simplemente no somos capaces de destruirlo. No hay nada permanente en el tiempo, todo se difumina en un lienzo pintado a carboncillo y se ve borroso como el recuerdo de una noche de borrachera, un mundo miope que ve a través del cristal de unas gafas mal graduadas. No hay nada más cierto o falso que lo que ocurrió, y eso no puede ser recuperado. No hay nada permanente. El momento viene y se va. No se puede retener ni siquiera en el recuerdo porque nunca se reproducirá de forma exacta. Somos gotas de agua que caen y se pierden en la acera de una calle vacía, sin más. Sabemos que sucedimos y que en algún punto de nuestra existencia ocurrimos y dejamos que ocurriera, pero tan solo somos eso, la certidumbre de que existimos sin tener más prueba que aquello que sentimos. El sentimiento es la única prueba verídica de lo que ocurrió, pero ni siquiera el recuerdo nos salvará del olvido.