Las cosas nunca se cuentan igual que sucedieron, por eso
cada momento es único, personal e irrepetible. Solo recordamos lo que se nos
hizo sentir, pero el momento se quedó ahí, y nunca vuelve. Podemos tratar de
escribirlo, caracterizarlo, descomponerlo en mil fragmentos e ir analizando uno
a uno a cada detalle, pero siempre se nos escapará algo, como ese parpadeo que
en la narración no tenía importancia, pero en la realidad lo marcó todo.
Podemos describir el revoloteo de las mariposas en el estómago, el olor a café
recién hecho por la mañana, la sensación de ahogo del que se va justo antes de
embarcar hacia el fin de la Tierra, la ira de las familias de aquellos que
murieron luchando, el último susurro de una hormiga antes de ser aplastada por
un zapato, la calada de un cigarro y la forma en que el humo se evapora y se
pierde entre la niebla, pero siempre nos faltará algo. Ni siquiera la escritura
nos permite mantener ese recuerdo, tan solo evocarlo.
Los momentos son irrepetibles, al igual que las personas.
Cada mínimo detalle, aunque pase desapercibido, marca la diferencia. Es por eso
que ni siquiera el recuerdo nos salva del olvido. Llega un momento en el que no
recordamos lo que se nos dijo, tan solo lo que se nos hizo sentir. Y así
llegamos a confundir lo que no llegó a ser con lo que fue en realidad, y se nos
pierden las palabras entre las canciones y se nos mezclan los poemas con los
relatos, y ya no sabemos qué es cierto y qué no, ni las fotografías tienen
sentido cuando se trata de recordar algo de lo que ya no sabemos, de lo que no
queremos saber, o de lo que hemos perdido. El momento nunca vuelve. La vida nos
viene y se va sin que podamos cogerla y retenerla entre las manos para poder
saborearla, es un torbellino de felicidad y confusión mezclado con tristeza y
nostalgia. Y esto es injusto y a la vez precioso porque significa que no todo
tiene un principio o fin, que hay ciertas cosas que se mantendrán en ese
momento y no desaparecerán porque simplemente no somos capaces de destruirlo.
No hay nada permanente en el tiempo, todo se difumina en un lienzo pintado a
carboncillo y se ve borroso como el recuerdo de una noche de borrachera, un mundo
miope que ve a través del cristal de unas gafas mal graduadas. No hay nada más
cierto o falso que lo que ocurrió, y eso no puede ser recuperado. No hay nada
permanente. El momento viene y se va. No se puede retener ni siquiera en el
recuerdo porque nunca se reproducirá de forma exacta. Somos gotas de agua que
caen y se pierden en la acera de una calle vacía, sin más. Sabemos que
sucedimos y que en algún punto de nuestra existencia ocurrimos y dejamos que
ocurriera, pero tan solo somos eso, la certidumbre de que existimos sin tener
más prueba que aquello que sentimos. El sentimiento es la única prueba verídica
de lo que ocurrió, pero ni siquiera el recuerdo nos salvará del olvido.