Podría ir a tu casa, llamar a la puerta y presentarme con una excusa tan mísera como que aquel día me dejé una horquilla enredada entre tus sábanas. Sonreiría y sé casi a ciencia cierta que me dejarías entrar y, al cerrar la puerta de tu habitación, reviviríamos aquella noche improvisada. Con el pretexto de invitarnos a una copa, el alcohol enmarañó el juicio y tu labia hizo el resto. No culpo al vino ni a tu curiosa forma de echarle morro a la vida, solo te guardo algo de resentimiento por dibujar un boceto de lo que pudo ser una obra de arte. Aún muy a mi pesar, volvería a arañarte la espalda y recorrería de nuevo cada rincón de tu cuerpo con la única diferencia de que esta vez lo haría con la certeza de que yo soy la que está en tu cama porque eso es lo que querías desde el momento en el que nos encontramos en aquel portal. Parece mentira que después de un tiempo aún siga recreando tu respiración entrecortada y el susurro en mi oído en el que musitabas que Madrid es una ciudad demasiado grande como para que dos desconocidos se vuelvan a encontrar. Decidimos no despedirnos, dejando nuestro encuentro en manos del destino, y aunque haya pasado varias veces delante de tu portal, sigo esperando a que llegue ese día en el que el destino nos vuelva a encontrar. En el fondo sé que es muy improbable, que el destino tan solo es para cobardes que no son capaces de afrontar la realidad, de poner sus sueños sobre la mesa y cogerlos con fuerza, luchar por ellos y no dejar que se escurran entre las manos. Buscaría, llamaría, besaría, amaría, viviría. Una retahíla de condicionales que no son más que supuestos que desembocan en imposibles que jamás se cumplirán porque tan solo son eso, condicionales. Nos pasamos la vida viviendo en condicional y a eso no se le puede llamar vida. Lo cierto es que no me importa el tiempo verbal, ni que sea activa o pasiva, ni indicativo o subjuntivo, ni perfecto o imperfecto. Lo que importa es que sea del verbo hacer y ni tan solo eso. Me conformo con que la distancia que hay entre tus labios y los míos no sea un punto y final, que sea un punto y seguido.
viernes, 7 de junio de 2013
domingo, 2 de junio de 2013
20
Nací a principios del mes de junio,
ahuyentando la lluvia y trayendo el verano.
A pesar de los incesantes llantos,
siempre estuve rodeada de personas que me sacaron una sonrisa.
Esa sonrisa me acompañó y se quedó a mi lado,
durante veinte años.
Cuando eres niño la vida es un recreo,
el tiempo verbal es el presente,
y la felicidad se encuentra en lo que dura un caramelo.
No hay palabra más sincera
ni tristeza más pasajera
que cuando eres niño.
Las inseguridades y las dudas fueron mis pesadillas.
Me persiguieron durante un tiempo y,
aunque hoy aún no se han ido,
por entonces corría hacia mis padres
pensando que así se irían.
Tuve grandes amistades,
algunas permanecieron y otras se fueron,
pero todas ellas conformaron la raíz del árbol
que constituyen lo que hoy soy.
Ahora que he crecido,
que el tiempo verbal es el futuro,
que la felicidad que entiendo no es pasajera
y la sinceridad no se encuentra en las palabras,
sino que se ve en las miradas,
he aprendido a no abrir puertas del pasado,
he comprendido que aún quedan muchas por abrir,
y a pesar de que algunas puertas me dieron en las narices,
he tenido el valor de cerrar otras que dejé entreabiertas
y que solo servían para dejar pasar el aire.
Aquella niña se va alejando en el pasado
y aunque sepa que aún sigue conmigo
a veces olvido que está ahí.
Pero de vez en cuando reaparece,
gracias a personas especiales
que te hacen reír, sentir, recuperar esa ilusión,
igual que cuando era una niña.
ahuyentando la lluvia y trayendo el verano.
A pesar de los incesantes llantos,
siempre estuve rodeada de personas que me sacaron una sonrisa.
Esa sonrisa me acompañó y se quedó a mi lado,
durante veinte años.
Cuando eres niño la vida es un recreo,
el tiempo verbal es el presente,
y la felicidad se encuentra en lo que dura un caramelo.
No hay palabra más sincera
ni tristeza más pasajera
que cuando eres niño.
Las inseguridades y las dudas fueron mis pesadillas.
Me persiguieron durante un tiempo y,
aunque hoy aún no se han ido,
por entonces corría hacia mis padres
pensando que así se irían.
Tuve grandes amistades,
algunas permanecieron y otras se fueron,
pero todas ellas conformaron la raíz del árbol
que constituyen lo que hoy soy.
Ahora que he crecido,
que el tiempo verbal es el futuro,
que la felicidad que entiendo no es pasajera
y la sinceridad no se encuentra en las palabras,
sino que se ve en las miradas,
he aprendido a no abrir puertas del pasado,
he comprendido que aún quedan muchas por abrir,
y a pesar de que algunas puertas me dieron en las narices,
he tenido el valor de cerrar otras que dejé entreabiertas
y que solo servían para dejar pasar el aire.
Aquella niña se va alejando en el pasado
y aunque sepa que aún sigue conmigo
a veces olvido que está ahí.
Pero de vez en cuando reaparece,
gracias a personas especiales
que te hacen reír, sentir, recuperar esa ilusión,
igual que cuando era una niña.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
