domingo, 30 de marzo de 2014

Carta de agradecimiento

Gracias. Por todo aquello que fuimos, sin llegar a ser. 
Fuimos dos niños que jugaban a quererse. Pero en el juego del amor no existe un dado que te permita retroceder una casilla, ni una carta que mantenga la llama encendida para siempre. Fuimos dos niños que no sabían quererse sin hacerse daño. 
Hoy soñé contigo, con nosotros. Éramos tú y yo con quince años. Estabas en mi clase y, como siempre, no habías hecho los deberes de inglés. Yo me enfadaba contigo y tú me mirabas con esa sonrisa pícara. Aún la estoy viendo. Yo me moría por dentro y al final te salías con la tuya. Otro recuerdo. Era la fiesta de fin de curso y tú me acompañabas a comprar mi vestido de Blancanieves. No entendías porqué las chicas teníamos que ir tan maquilladas y arregladas. Siempre me decías que al natural estaba más guapa. Ya ves, paradojas de la vida, al final no supimos adaptarnos a los cambios. Tal vez los cambios no se adapataron a nosotros. Puede que la vida no esté hecha para dos críos que se quieren a rabiar. Lo que sé es que crecimos juntos, te vi hacerte grande, progresar, mejorar. No tengo ninguna duda de que, aunque no lo vea, también triunfarás. Pero crecimos en una burbuja que un día se rompió y tuvimos que dejar de ser esos niños. 
Aún así, es inevitable. Siempre habrá algo de ti en todo lo que soy, al igual que siempre habrá algo de mí en ti. Quizá ahora hayas aprendido a amar sin hacer daño. Quizá ahora seas ese chico que nunca quisiste ser. El que recoge a su novia en coche y la lleva a cenar a restaurantes. 
Pero yo era feliz ahí, en ese banco, comiendo pipas contigo en una tarde de abril. A veces volvería a aquel banco y me sentaría ahí toda la vida. Sin responsabilidades, sin preocupaciones. 
Gracias. Por todo aquello que fuimos, sin llegar a ser.

sábado, 22 de marzo de 2014

Aritmética del amor

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- Yo creo que en el fondo cada día todos somos diferentes.
- Mentira. Yo soy igual de gilipollas todos los días.
- Creo que me estoy enamorando profundamente de ti.
- Sí, claro, yo también.

Así que fingieron lo que no había y se casaron,
él le regalaría rosas,
ella le haría el desayuno por las mañanas.
Comprarían una casa con jardín y porche,
harían el amor dos veces por semana,
y del "fueron felices y comieron perdices"
quedarían solo las perdices,
la hipoteca de una casa

y la de toda la vida.


sábado, 15 de marzo de 2014

Anclas

Somos anclas. A veces nos hundimos por nuestro propio peso. Por el peso del paso del tiempo que llevamos arrastrando nuestras lacras. Y éstas, cada vez, pesan más.

Levar el ancla es impensable cuando a uno se le ha olvidado nadar. Será que la esperanza se quedó en tierra y solo nos queda hundirnos en el mar, aferrarnos a la oscuridad.

Quizá algún día este ancla aprenda a flotar. Tal vez fue diseñada para permanecer ajena al mundo, a la deriva, observando los barcos que vienen y van. Como un vendaval, sin luchar contra viento y marea. Dejándoles ganar. Anclas perdidas en pos de una libertad.