sábado, 31 de enero de 2015

Dust in the wind



 El frío debería congelar los sentimientos. Estar a más de 3000 Km de casa también.
Pero no, aquí estoy, en una parada de autobús de un pueblo perdido en medio de la nada observando los copos de nieve que caen sobre la carretera, y solo puedo pensar en ti. Entonces me gustaría ser un copo de nieve más, posarme sobre la acera y desvanecerme. No sentir nada. Helarme junto con mis sentimientos. 

Pero ni el frío, ni la distancia, ni siquiera el tiempo pueden contigo.


miércoles, 14 de enero de 2015

Paren el mundo


Me gusta imaginar qué es lo primero en lo que piensa la gente cuando se despierta. 

Los más aplicados organizarán su día en función de las tareas que tengan que hacer. Aquellos que lo aplazan todo para ese luego que nunca llega pensarán en las que aún no han hecho. También habrá románticos que no piensen en algo, sino en alguien. Otros más afortunados, aunque no lo sepan, se despertarán junto a ellos. Pero seguramente muchos no pensarán en nada, otros tan solo se despertarán con resaca y algunos sorprendidos se preguntarán por el espécimen que tienen al lado. Los que ven la vida cuesta arriba se lamentarán por el insufrible día que les espera, a los perezosos se les pegarán las sábanas y también habrá a quien le baste solo con respirar y ver el Sol una vez más. 


Todo eso en un segundo, justo antes de abrir los ojos. Apenas somos conscientes, pero en ese segundo está todo. El resto es pura mecánica. Vivimos muy rápido, siempre de un lado a otro para no llegar tarde, pero ¿a dónde?

Después ese segundo de paz se nos esfuma con un golpe al despertador, en ese “cinco minutos más” o al levantarnos corriendo, meternos en la ducha y esperar a que el agua fría nos active las neuronas. Con suerte nos tomamos un café mientras vemos el telediario que nos da de todo menos noticias buenas. En vez de informarnos del tiempo nos desayunamos los datos de la bolsa, más preocupados por los números que por lo que hay ahí fuera, cuando en verdad es ahí donde está nuestra vida. Y no la vida etérea ni la de otros, sino la nuestra. Esa que pasa sin verla y se nos va sin que nos demos cuenta, de la que tanto se teoriza con mucho “carpe diem”, que si disfruta del momento que no vuelve, aprovecha tu juventud y cientos de etcéteras que pocas veces nos creemos y menos aún ponemos en práctica. Esa vida que nos parece corta solo cuando nos damos cuenta del tiempo que hemos perdido haciendo lo que menos queríamos hacer. Por eso, y no por la filosofía barata, ni los libros de autoayuda, ni la psicoterapia, ni los descuentos de spa para dos. Es por las cosas que hacemos que no nos llenan, por las personas que dejamos ir por no haber luchado, por permitir que nos hagan daño, por el tiempo que perdemos en quien no merece la pena, por las palabras malgastadas y los tequieros vacíos, por las carreras que elegimos que no queremos estudiar, por las veces que no expresamos lo que sentimos, por no tirarnos en paracaídas por tener miedo a las alturas, por esperar a que sea el otro quien pida perdón. Mientras hacemos todas esas estupideces la vida se nos escapa y no la vemos irse. Y luego, en la fase final de la vida, nos vienen los arrepentimientos. ¿Para qué tanto ir corriendo?

Estaría bien poder pararnos en medio de todo este jaleo de vida en la que nos hemos metido, respirar hondo y preguntarnos honestamente: ¿Acaso sé a dónde voy?


Y, cuando la respuesta sea “no tengo ni puta idea”, dedicarnos a disfrutar de las vistas del viaje.



miércoles, 7 de enero de 2015

Tarde

- En la vida hay que hacer locuras.
- Lo sé, pero esta no toca.
- Las locuras no tocan, se hacen.


Llovía, llovía a cántaros por la Gran Vía. Yo bajaba corriendo con los tacones de Nochevieja en la mano, sin paraguas, intentando alcanzar el tiempo que se me escapaba, te me escapabas. Llegaba tarde, no para el tiempo, sino para ti. Llegaba tarde y no me bastaba con girar las agujas del reloj. Ni aunque hubiera podido retroceder en el tiempo habría podido alcanzarte. Tú ya te habías ido aunque me siguieras esperando. Lo supe en cuanto entré en el coche y vi tu mirada sin esa chispa, sin esa vida. Ya era demasiado tarde. Ni siquiera una locura como aquella nos recuperaría. Dieron las doce campanadas en la puerta del Sol. La gente se abrazaba y se besaba, todos alegres y esperanzados ante el nuevo año que acababa de llegar. Les observábamos desde el cristal empañado, ajenos a todo aquello, como si fuéramos de otro planeta.  A las doce la carroza se convirtió en calabaza, nuestros sueños en espinas y el tiempo en alcohol para las heridas.