domingo, 15 de septiembre de 2013

Fin de semana pijo

Pues sí, he de confesarlo. He sobrevivido a un fin de semana pijo y ha superado todas mis expectativas. He de aclarar que éstas no eran muy altas, pero aún así merece la pena ser relatado. Como cabe esperar de cualquier experiencia vivida fuera del entorno al que uno está habituado, uno reflexiona, saca sus conclusiones y, lo más importante y motivo por el cual he realizado tal experimento, decide. 
Que sí, que no les falta razón ni motivos a aquellos que evitan pagar para entrar en una discoteca, las aglomeraciones y vestir de etiqueta para salir una noche. Que entiendo a los que apuramos al máximo el plato en un restaurante caro, bueno, o de un Vips; a los que nos emborrachamos a base de litronas; a los que nos gusta salir "de tranquis"; a los que aprovechamos todos los "dos por uno". En definitiva, a la clase social media. 
Sé de sobra que no tiene el mismo valor conseguir las metas por méritos propios a que vengan infundidas por tener un apellido o, ya ni por "ser hijo de", tan solo por "acostarse con". No estoy a favor de la hipocresía, del colmo de lo refinado, de los excesos del adinerado ni de las jactancias de los pretenciosos. Tampoco soporto las miradas por encima del hombro, los comentarios que comienzan con la expresión "en plan" y a los que precede un "o sea", ni tampoco a aquellos que beben Ginebra con Fanta Zero sin azúcar añadido, como si el alcohol no engordara per se. Vaya, que podría seguir añadiendo innumerables estupideces a la lista, pero hoy no voy a hablar de eso. Por una vez, no voy a poner a parir a los de siempre. 
Tú, ciudadano de clase social media, debes vivir un fin de semana pijo. Ya no solo por el hecho de que para poder opinar debes probar, va más allá de eso. Voy a que vivimos tan ofuscados en la realidad, criticando a aquellos que tienen más dinero y lo que tristemente conlleva a ello, oportunidades, que no nos damos cuenta de que estamos viviendo obsesionados por la vida de los demás y no por la nuestra, obviando lo que tanto enjuiciamos, la humildad. Establecer fronteras y diferenciarnos unos de otros como si viviéramos en mundos aparte no hace más que impedir conocer, aprender, compartir, comparar y llenar nuestras cabezas de ideas neutrales. Claro que jamás viviremos ecuánimes, uno siempre tira para un lado, pero al menos, cuando decidas, ten claro porqué te has posicionado de un lado y no del otro y que esta franqueza sea fruto de la experiencia, no de juicios preestablecidos. Párate a pensar, ¿hasta qué punto somos libres? ¿Hemos decidido siguiendo siempre nuestras propias ideas? Como dicen en la película Dogma, "el hombre se ha equivocado al coger una buena idea y construir sobre ella una estructura de creencias". Aprender a rechazar con criterio hace que el hecho de negar andar un camino no sea sinónimo de perder, sino oportunidad de ganar. 
Y por hoy, ya, dejo de dar el coñazo.


sábado, 14 de septiembre de 2013

Kamikaze

Yo, inconexa, incompleta, con todos los "in-" que preceden a lo coherente, marco mi controversia con varias reflexiones que no profundizan más allá de un charco, más allá de un día propio de resaca.
Mi cuerpo es lo único con lo que voy a pasar el resto de mi vida y yo, siguiendo la línea de mi incongruencia, me concedo vicios que no le concedería ni a mi peor enemigo. 
Yo, que me cuesta tan poco darle la razón a los demás y en cambio me contradigo constantemente a mí misma. 
Yo, que ni he escrito un libro, ni he plantado un árbol ni he tenido un hijo, critico y juzgo las acciones de los demás sentada desde mi zona de confort, una pantalla y una silla. 
Yo, que nunca quise ser piloto, desafío las leyes de la gravedad y me tiro desde un puente para ver si aprendo a planear sobre el asfalto, calculo múltiples maniobras de aterrizaje y, finalmente, caigo de golpe. Día tras día, no dejo de tirarme, porque me encanta sentir la adrenalina en mis venas justo antes de darme de bruces contra el suelo pero, sobretodo, lamentarme, autocompadecerme. A veces pienso que todo sería más fácil si aprendiese a caer con una sonrisa en lugar de vivir con miedo planeando a ras del suelo. 
Yo, que desde por la mañana maltrato a mi cuerpo y a mi mente con un extra de cafeína y un par de cucharadas de pensamientos autodestructivos, aconsejo, apoyo, miento con palabras de consuelo.
Yo, que me pongo tacones para caminar fuerte sobre la vida, hago ruido para que nadie oiga mis inseguridades, aun sabiendo que lo que importa no son los zapatos, sino sobre lo que se está caminando. 
Yo, que nunca quise los buenos modales de Leonor, ni las piernas de Cameron Diaz, ni los pechos de Pamela o los maridos de Jennifer Aniston, ya bastante tengo con saber quién es Raquel. 
Yo, que jamás busqué un príncipe azul que me cantara bajo la ventana, ni poemas escondidos debajo de la almohada o viajes románticos a París, prefiero los viajes en moto y los besos que se dan debajo de un escenario. 
Yo, que aprendí a sumar y a restar, a veces pierdo la cuenta de los errores que he cometido o las mentiras que he contado, mientras critico la hipocresía de los demás. 
Yo, yo y yo, que solo pienso en mí y tan poquito en los demás, soy un kamikaze.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Quién soy

Esta es la historia de una niña
que creció haciendo malabares
sobre dos cuerdas de tender
sujetadas por dos alambres.

Madre, dime quién soy, 
te pregunta la niña que era,
jamás pensó que su vida
acabaría en la calle Montera.

La niña de ayer no soy,
tampoco la mujer de mañana,
solo veo a una puta
que duerme sobre otras camas.

La niña de ayer creció
sentada sobre una acera,
leyendo cuentos de hadas,
rodeada de rameras.

Ella soñaba con volar,
pero le cortaron las alas,
alguien decidió en su lugar
quitárselas junto a sus bragas. 

Madre, dime quién soy,
te pregunta la puta que ves,
se masturba sola en su casa,
bebe whisky en el cabaret.

Lo compra con las propinas
que le dejan sobre la cama,
vive con la esperanza
que le robaron en su niñez.

Ya no soy esa niña,
tampoco la mujer que dices,
ahora soy un árbol muerto
que no encuentra sus raíces.