sábado, 23 de diciembre de 2017

Volver

Volver a casa no es sólo volver. 
Volver a casa es entender que ya no eres el mismo que se fue.
Más viejo, más cansado, menos ingenuo. 
Volver a casa es un punto de inflexión. Sentir cómo el peso de las expectativas que un día soñamos recaen sobre nuestros hombros. 

Lo bueno de volver a casa es que siempre encuentras algo que te recuerda a ti. A quién eras, qué queda de lo que fuiste. Esos pequeños matices que siguen con nosotros, que resistieron a borrarse a pesar del paso del tiempo.

Volver a casa es mirarle a los ojos a los fantasmas del pasado. Reírse de ellos. Darse cuenta de que no eran para tanto, que otros aún siguen persiguiéndonos. Mirarse en los espejos de la infancia y encontrar en su reflejo a alguien diferente. Reforzar en las nuevas líneas de expresión dibujadas en el rostro la idea, quizá en un pasado más etérea, de que el tiempo es limitado. Y caduco. Confirmar que aquello que se pierde, ya no vuelve. Sentir la ausencia de los que ya no están, las heridas que han curado, las que aún siguen cicatrizando.

Pero volver a casa es también valorar lo que perece. La compañía de los que siempre están en casa cuando vuelves. Y entonces pensar que tampoco todo ha cambiado tanto, que para tu abuela siempre seguirás siendo un poco más alto. 

Volver a casa es abrazar a la nostalgia y sentirse reconfortado.





lunes, 11 de diciembre de 2017

A destiempo

Deberíamos aprender a tiempo.

No cuando el daño ya está hecho. Las palabras ya dichas. El examen suspendido. La herida marcada. Las personas dolidas.

Se aprende demasiado a destiempo. Cuando ya ha pasado todo. Cuando ya no nos sirve para nada. Un día, de repente, miras atrás y entiendes el fallo, dónde estuvo el error. Dónde olvidaste la cartera, qué día fue el cumpleaños de tu tía, cuándo deberías haber desconfiado.

Entonces te das cuenta de que nunca hubo un fallo. O se acierta, o se aprende.

Pero pocas veces lo hacemos a tiempo. Y por eso estamos llenos de pequeñas heridas. Algunas abiertas, otras ya cicatrizadas. Y al final todo se traduce en miedo. A ser herido, a abrir nuestro corazón, a exponernos, a ser vulnerables.
Al fin y al cabo, todos estamos hechos de la misma materia. Parece que no nos damos cuenta de que, al final del día, todos somos humanos. Que a veces necesitamos que, entre tanto caos, alguien venga, nos mire a los ojos y nos diga que todo saldrá bien.

Pero miramos desde arriba al resto de la gente como si eso no fuera con nosotros. Autosuficientes, inquebrantables. “Estoy bien. No necesito a nadie. Puedo manejarlo”. Ese empeño en no permitirnos nunca mostrarnos frágiles. Porque es difícil, sí, pero también puede ser increíble dejar que todas nuestras emociones emanen, fluyan, canalicen o desemboquen en otro caudal. Es como una explosión. Es alivio.


Y, a veces, ocurre algo precioso. Puede ser que, casualmente, esas emociones confluyan con las de otros. Y se creen conexiones. Como electrones girando alrededor de un mismo núcleo, a veces apareados, otras desapareados. Se unen, se separan, vuelven a chocar.

Y así nos pasamos la vida.

Creando conexiones, sufriendo, intentando olvidar, equivocándonos, aprendiendo.

Aprendemos sobre la vida, pero también sobre nosotros. Quizás nos empeñamos demasiado en alcanzar la mayor aproximación entre lo que somos y lo que queremos ser, cuando la vida también se trata de descubrirse. De escucharse a uno mismo y aceptarse. Entender nuestros límites, cuáles son nuestros miedos. A medida que vivimos nos creamos, pero también nos descubrimos. Y así aprendemos.


A destiempo.

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sábado, 2 de diciembre de 2017

AC

Fue una noche paradójica. La oscura vestimenta de la gente acompañaba el lluvioso y frío octubre de Londres. Lo paradójico estaba en la vida que había entre toda esa oscuridad. La procesión de armaduras, corsés ceñidos, fustas, ligueros, máscaras, terciopelo, látex, purpurina y lencería de satín celebraban la llegada del invierno y llenaban de color la ciudad. Moviéndonos entre la multitud por las distintas salas del local observábamos cómo la gente bailaba, se exhibía, exponía sus cuerpos al mundo u observaban activamente tal libertinaje. Puro hedonismo. Disfrute, gozo, celebración de la libertad. Hay quien lo llama vulnerabilidad. Yo lo llamo valentía. Mostrarse tal y como somos implica la aceptación de uno mismo. Exponerse sin censura, dejar que fluya aquello que guardamos, nos hace libres y a la vez únicos dueños de nosotros. Y es solo con esa deliberada acción de quitarle la venda a nuestras censuras cuando no solo nos ven, sino que podemos ver más allá. Mucho más de lo que la materia nos puede mostrar. Descubrir la amplia gama de colores que hay entre el blanco y el negro, entre el hombre y la mujer. Ser dueños de nuestra mente, exponerla y explorarla. Conectar con las distintas áreas de nuestro ser y dejar que afloren todas las versiones de nosotros mismos. De quienes somos en el presente, o quizás en un tiempo pasado. Más de uno se sorprendería con la de cantidad de secciones desconocidas que habitan en nuestro interior. La belleza en la feminidad de un hombre o la masculinidad en una mujer. Disfrutar de la felicidad de otros, con otros. Compartir el amor y hacerlo más grande. Conectar en otro mundo remoto, o quizá paralelo. Mirar a los ojos de las personas y entender que hay mucho más en una mirada de lo que el sentido de la vista puede alcanzar, o la mente asimilar. Se trata de una conexión mental. Y sentir en esa conexión que no son las palabras, ni el idioma, ni el género, ni la marca de nuestra ropa, ni el país en el que llegamos al mundo, las que nos unen o nos separan. Todo lo anterior determina, pero no es determinante. Nuestra propia esencia está en lo que transmitimos, en lo que proyectamos. Ya sea en un dibujo, moviendo nuestro cuerpo al compás de la música, haciendo el amor, cocinando pasta, o simplemente mirando a los ojos. Porque deberíamos mirarnos menos con los ojos, y más con el corazón. Solo basta con observar más allá de nuestros zapatos. Y es en esa conexión cuando conseguimos empatizar con todo lo que nos rodea y entender que el mundo es maravilloso, pero también puede ser desolador. Hay mucho más amor de lo que creemos, pero también soledad. Y eso aterra y entristece. Puede que la soledad sea el mayor de los males al final de nuestros días. Hay tanto miedo en el corazón del hombre…


…Continuará…