jueves, 24 de agosto de 2017

Aleatorios


Éramos aleatorios.

Era como si el tiempo no pasara y las manecillas del reloj tan solo se movieran al compás de nuestra respiración. Inhalar y flotar. Exhalar y descender. El Universo, ante nuestros ojos, tiraba de nuestro pecho para llevarnos. El Todo era amor.
Y el amor era todo, estaba en todas partes. Lo sentíamos en cada extremidad de nuestro cuerpo, expandiéndose por toda esa habitación de paredes de hojas de palmera. Y ahí, tumbados sobre la cama con los ojos cerrados, observamos a oscuras e impávidos todo aquel vaivén de luces y colores que bien se asemejaban a un viaje interestelar. Sentí que no podía haber nada más maravilloso en el Universo que esa sensación de ingravidez. Era mucho más que estar a punto de dar el primer beso a quien más hayas querido en esta vida. Era un orgasmo continuo, una orgía con las estrellas, éxtasis en estado puro.
Y comprendí que el amor no podía ser solo lo que me habían contado. Que no podía guardarse en una jaula para dárselo a alguien y decirle: toma, es tuyo. Que era mucho más que todo eso. Era tanto que no podía contarse, ni mucho menos guardarse.
Y poco a poco nuestros sentidos volvieron a tomar contacto con la Tierra y la sensación de eternidad se fue despegando de nuestros dedos junto con el ligero hormigueo que resultaba tan placentero. Las luces, los colores, la velocidad de quien viaja a años luz, todo se fue difuminando paulatinamente hasta llegar a la nada, dejando como única huella de existencia una lágrima. Una lágrima caída desde el cielo en medio del desierto. La lágrima de haberlo visto todo sin haber podido tocar nada. La lágrima de volver a la única realidad que nuestros sentidos más primitivos nos permiten alcanzar. Pero también era una lágrima de gratitud. De conformidad. De estar a gusto en aquel momento abrazados, tumbados bocarriba sobre la cama mirando al techo. Se creó un vínculo entre nosotros. El de dos personas que saben con certeza que hay mucho más allá de lo que se puede ver o alcanzar. Y que a cualquiera que se lo contásemos nos tomaría por lunáticos. 
Por algo éramos aleatorios. 
Resultado de imagen de universo



domingo, 20 de agosto de 2017

El síndrome del escapista



Ojalá tan solo bastara con coger un avión para olvidar. Aterrizar en la ciudad del olvido y convertirse en una persona completa, sin quiebros. Como si nunca nadie nos hubiera hecho daño. Y tan solo eso, aterrizar para poder olvidar.

Pero el tiempo, como siempre, acaba llevando la razón. Al final uno entiende que, por mucho que se cambie de suelo, los problemas no resueltos no se van. Que al hacer la maleta  no nos dejamos los recuerdos. Que marcharse no necesariamente implica irse. Que siempre seguirán presentes nuestros miedos, hasta el día en que decidimos enfrentarnos a ellos. 

Y, aun sabiendo todo esto, seguir sintiendo la irresistible necesidad de escapar ante los quiebros. Viviendo eternamente entre el cielo y el suelo. En un limbo constante para evitar tener que saltar. En busca de una parada a la que nunca sé llegar. El olvido.