lunes, 15 de octubre de 2012

Hecatombe



Decía mi amigo mientras sostenía la mirada vidriosa y el puño en el pecho, cual pregonero que confiere la más cotizada de las prédicas, cuánto hablaban sus compadres sobre las reglas y teorías. El realismo es la más sabia elección que nos queda a los tarados como nosotros y la filosofía barata es mejor dejarla en los libros. Sin embargo, dichas advertencias quedaron mitigadas por el humo del bar como una frase nula entre dos perfectos paréntesis, rescindiendo la más mínima cordura que podía quedar de la conversación y pasando a ser ni más ni menos que el prefacio  de la hecatombe. En un bar con olor a almizcle sobre dos sillas desvencijadas a pie de barra, llegó el apogeo del achispamiento seguido de la cogorza, la cual derivó de manera ineludible en una conversación superflua e inconexa propia de dos dipsómanos. Y, entonces, no recuerdo en qué momento de la noche, sucedió. De pronto, en lo efímero del instante, tras las anécdotas y risas de complicidad, tras los silencios nostálgicos en los que recuerdas al pobre chaval que no se comía ni una rosca en la universidad, todo se va al garete. Comienza la cháchara de etiqueta, aquella en la que se va arreglando el mundo y las historias absurdas de uno empequeñecen a las del otro. Ese momento en el que, vete tú a saber porqué desde un bar recóndito del planeta, dos borrachos juegan a ser Superman sin haberse tejido la capa. De los temas anodinos se pasa a, si bien pueden llamarse así, otros serios y a la vez incongruentes. La paz en el mundo, las injusticias, la ineptitud de los políticos, la guerra en Afganistán, los atentados y un sinfín de insensateces que empequeñecen a cualquiera. Y con la filosofía barata, las colillas del cenicero y los botellines de cerveza, no reparamos en que los dos nos equivocábamos como bellacos. No negaré que nuestras reflexiones con profundidad de charco no llevaban parte de razón, pero nos olvidamos de un pequeño detalle capaz de echar por tierra la más elaborada de las sapiencias. Mucho teorizaban nuestros compadres sobre la experiencia como la mejor de las maestras y que más sabe el diablo por viejo, pero ninguno de nosotros se dio cuenta. Llega un momento en el que las luces del bar se apagan y, nada más abandonar las desvencijadas sillas, todo se desvanece. Sin apenas darte cuenta, ya te has dejado tus conjeturas y teorías de soñador empedernido en el fondo de la jarra. Cada uno se va a su casa, llevándose sus agotadas mentes a la cama para despertarse al día siguiente con las sinrazones del mundo de las que tanto teorizó. No obstante, no hay filosofía que valga para, con perdón de la expresión, la jodida rutina. Si ya lo decía mi amigo, qué bien hablaban sus compadres sobre las reglas y teorías y en qué momento menos esperado la realidad hace su aparición en escena. Y más si te levantas con resaca, por melón.

sábado, 26 de mayo de 2012

Diciembre


Las calles de Madrid se la llevaron para siempre. Jamás volvió a ver a aquella singular mujer que era todas las cosas del mundo. Tras ese invierno quedó atrás una ciudad maltrecha, asfixiada de aceras carcomidas por el desfile de los pasos atropellados del gentío, hastiados por la continuidad del día a día. Ese diciembre que pasaba lento y aplastaba los relojes con su propia carga lo pasó consumiendo un cigarro tras otro, esperando que así lo hicieran los minutos que giraban dentro de aquellos singulares relojes de Dalí. Esperaba que la ciudad le enviara alguna señal de dónde se encontraba aquella mujer que le había robado el alma, pero Madrid siguió latiendo a su habituado frenético compás, marcando el ritmo de la vida, a golpe de frío y lluvia. Su hipnótica melodía le embaucó y se hizo acorde del pentagrama que transformaba el tiempo. Tic, tac. Lo ocurrido recientemente se atisbaba en el recuerdo como un lienzo desdibujado, y lo acontecido tiempo atrás resurgía del corazón con su más urente astilla.

La primera vez que la vio, pensó que no había nada en el mundo por lo que no luchar si se trataba de rozar su piel. Habría colmado en esa caricia toda su razón de ser.  

-Te he visto como jamás nadie lo ha hecho. Ahora sé quién eres.
-¿Quién soy?
-No soy quién para decirlo.
-Yo no lo sé. Tú me has visto como nadie nunca lo hará. Dime quién soy.
-Eres todos los elementos de este mundo.
-¿Y cómo me has visto?
-Desnuda. He recorrido cada lunar, cada poro, cada rincón escondido de tu cuerpo. He visto a una mujer libre, libre de juicios, libre hasta de sí misma. Desnuda risueña, desnuda pícara, desnuda ella, desnuda de pesares, de complejos y miedos, liberada. He sentido quién eres realmente y no quien pretendes ser ahí fuera. Ahora sé que estás en todas las mujeres que he visto, en todas las noches de Madrid, en cada cigarro, en cada estación, en cada despedida. Durante un efímero segundo, he visto cada una de las partes de tu ser divididas en el mundo y, ahora sé, que en ti están todas ellas.

Madrid se la llevó para siempre y, con el tiempo, dejó de buscarla . Se acabó conformando con verla, aunque fuera durante un mísero segundo, en los pasos sobre las aceras, en las miradas de hastío, en los relojes deformados, en cada gota de lluvia, en cada diciembre, porque esa mujer era todas las cosas de este mundo.

domingo, 20 de mayo de 2012

Vacío


Señores ciudadanos, estamos vacíos. Profundamente huecos. Como dos vasos que se llenan de promesas vacías colmamos nuestros ojos con la visión deteriorada de que en los viejos tiempos todo iba mejor. Desgastamos las palabras que ayer significaban algo más que una noche en una cama ajena, sin besos después del sexo y el desayuno en la cama. Como un marcapasos, bombeando las aceras de la metrópoli a golpe de pasos mecánicos y mesurables, guiados por electrodos, moviendo el corazón de una ciudad que olvidó latir. Insípidos e inexpresivos, expertos en el arte de hablar de todo y no decirnos nada, se pierde la esencia que un día eclosionó la vida. Será que el "nosotros" deja de cobrar sentido cuando va seguido de imperativo. Será que la esperanza no basta con darle cuerda y echar a andar. Quizás, tan solo quizás, el dicho de "ojo por ojo" nos acabó volviendo ciegos y ahora, mientras las promesas realizadas se nos escapan de entre los dedos, dime Dios, si es que existes, ¿quién es el otro que nos va a salvar? No, no hay ningún otro. Una vez más, nos vemos acorralados en este vaivén de autómatas, de hombres de hojalata bajo efectos del Prozac. ¿A esto se le llama vida? Ya no sabemos lo que es sentir, decoramos nuestro semblante con sonrisas inexpresivas y un licor al cuarenta por ciento en cubatas de botellón. Miramos hacia el exterior desde una mirada acostumbrada a verlo todo, hasta tal punto que ya nada nos sorprende, banderas contra granadas en Tierra Santa desde nuestros sofás y locales de alterne.  Que da igual si un te quiero es para el marido o el vecino, te prometo hasta la Luna para acostarme contigo, si total, al día siguiente saldrá el Sol y me habré ido. Enfermamos con cualquiera las caricias que un día dedicamos a alguien especial. Nos subimos al barco que nos lleva hacia el atajo, aún sabiendo que así acabaremos hundidos, con la memoria de un pez que vuelve a morder el mismo anzuelo, una y otra vez. Y así, con esa mediocridad y autoconvencimiento, nos creemos las promesas previas a un orgasmo con las que se escriben los periódicos. Lo natural se cambia por lo normal, lo común y lo aceptado, enmarcando ideologías bajo un escaparate de maniquíes macilentos. El aire que nos rodea se acaba intoxicando de mentiras. Mentiras que derivan en un vertedero de hipócritas sin corazón que nos ven desde su bolita de cristal. Desde fuera, se ríen de nosotros, haciéndonos partícipes de un mundo en el que apenas decidimos, que se acaba yendo al traste, dejando pasar oportunidades que, aunque no las escojamos, nos hacen ser lo que hoy somos. Menos que antes, más de lo que llegaremos a ser. 
Atentamente: Una ciudadana vacía.


sábado, 5 de mayo de 2012

Sobredosis

Sangre. Eso es lo que te hace falta. Sangre en las venas. Grita, tiembla, muere, revive, arráncame la ropa a mordiscos. Soy la abogada del diablo que escondes bajo tu miserable calma. Ha llegado el momento en el que todos tus sentidos vuelvan a nacer. No te detengas ni un segundo, no repares en las secuelas, tan solo sé. Sé la llama de la vela que apagaste de un soplido, sé las veces que dijiste "quiero y no puedo", sé las ganas de morirte y tus intentos de suicidio, sé mis ganas de decirte que hoy te quiero. Coge tu ropa y haz las maletas, próximo destino al infinito, alto en la parada Puedo y lo he Hecho. Hoy has renacido y han sido tus ganas de comerte el mundo lo que hacen que hoy estemos aquí, sentados en el borde de un precipicio con la adrenalina en las venas y la libido en nuestros corazones. Fuego. Eso es lo que son tus sueños y ceniza los miedos. Droga, hemoglobina, insulina en vez de oxígeno, éxtasis que entra en los pulmones. Menos poesía y novela, más vida entre los renglones. No bloquees tus impulsos, no controles lo que eres, no te busques, créate. Desgárrate la piel y haz que sangren colores. Haz de las horas minutos y de los minutos jirones. No escatimes ni un segundo, no inviertas más silencios en lamentos, desgasta tu saliba en otros labios. Chilla hasta renunciar a tus latidos, corre hasta que tus piernas se transformen en alas, vive hasta que mueran tus sentidos. No tomes decisiones, sístole y diástole, no hay más. Emociones escondidas bajo la almohada hoy rebrotan entre las pupilas dilatadas de tantos llantos sin lágrimas. Desata los lazos, rompe tus reglas, coge tu bondad y apárcala en la niñez. Es hora de crecer. Hagamos una historia de tus ganas de morir y las mías de vivir, compremos mil estrellas para encender los corazones de aquellos que vivieron muertos, construyamos un lugar para los que murieron vivos. Sangra de rabia, ansia, dicha, vida. Fumémonos el tiempo que nos queda.


viernes, 4 de mayo de 2012

Quédate



Hace tiempo que nadie pasaba por aquí. Perdona el olor a cerrado y el polvo acumulado entre los resquicios del pasado, hoy no esperaba visita, y menos tan temprano. Dicen que nunca es tarde para soñar, pero últimamente a mis sueños les faltaban las alas y arañaban el parqué. No tengas miedo, entra y disfruta de la penumbra de mi soledad. Puede que las puertas aún chirríen un poco, hace mucho que nadie las franquea. He abierto las ventanas después de varios años y he ventilado las ilusiones del ayer por si decides quedarte más tiempo. Encontrarás las llaves de la puerta debajo del felpudo y el desayuno recién hecho sobre la cama. He encendido la cafetera para que endulces el café a tu gusto, como solías hacer conmigo. Puedes subir las persianas y dejar que la luz ilumine las arrugas tejidas por el tiempo, los errores que quedaron atrás y las promesas que continúan pendientes. No te sorprendas si me notas algo ofuscado por el paso de los años, han sido tantas idas y venidas, reencuentros y despedidas que se desbarajustan las noches sin saber si hacer cena para dos o ahorrar en cubertería. Puede que encuentres grietas en los cimientos de mi cordura, algunos pesares timbran secuelas, pero una capa de pintura bastará para acallarlas. Perdona el desorden, no tuve tiempo de pasar la aspiradora y entre el polvo y la vergüenza no pude más que esconderlas bajo la alfombra. No te entristezcas, deja que el perchero sostenga el abrigo y el recelo y acomódate en el sofá, como si estuvieras en tu casa, sin prisa, a tu ritmo. Siente el calor de la chimenea mientras cae la lluvia que nos roba el mes de abril. Olvidé encender los radiadores, espero que no te importe si el calor corre de tu cuenta, aunque de eso si quieres también me encargo yo. Si lo prefieres date un baño, puedes dejar la factura del agua junto con tu cepillo de dientes. Hay sábanas limpias sobre la cama por si decides quedarte a dormir. Puedes cambiarlas, tirarlas o deslucirlas, aún más si es conmigo. Tienes varios libros sobre la mesilla por si decides escaparte ante cualquier quiebro en general, un paquete de Kleenex por si necesitas llorar y un chándal por si te consuela más correr detrás del tiempo que hemos perdido. He dejado un armario vacío para que guardes tus recuerdos y ginebra en la nevera por si prefieres olvidarlos. Tranquila, seguramente eches de menos tu antigua vida y decidas volver pronto, lo comprenderé. Mientras te acomodas te muestro todas mis cartas, te ofrezco un presupuesto indefinido, sin letra pequeña, en alquiler de mis minutos y en venta de mi decencia. Mi puerta estará siempre abierta.




martes, 6 de marzo de 2012

Él

Se apagó la luz de una estrella y decidió morir con ella. No fue una muerte efímera y juiciosa, sino más bien su fuero interno se iba consumiendo cada día un poco más sin apenas darse cuenta. Dejó de luchar por su vida y se abandonó de tal manera que se quedó indefenso contra el mundo. Nunca es bueno andar inerme por la vida, le habían dicho alguna vez. Sin embargo, hacía oídos sordos a dichas conjeturas y continuaba con actitud pasiva y ausente. Nadie querría hacerle daño, pues nadie reparaba en su presencia, se decía con ironía. En el fondo sabía que no había muerto del todo, pues aún quedaba algo vivo en él, pero no en este mundo. Los sueños. Podía sentir las descargas eléctricas de su cerebro, sucesivas sinapsis que le asestaban momentos de portento. Pronto comenzó a soñar con otras realidades paralelas en torno a un orbe imaginario. La realidad no se alejaba demasiado de estos sueños. Al salir de su casa se subía al ascensor como si de una nave espacial se tratase. Apretaba el botón del bajo y despegaba hacia la Luna a una velocidad vertiginosa, sumiéndonse en el abismo que le separaba de la Tierra. Al salir a la calle apenas sentía la gravedad ni la presión atmosférica, el frío ni el calor, e incluso los objetos que le rodeaban habían perdido su color. La luz que percibían sus ojos se estaba apagando. Las sombras de los edificios le hacían muecas y los maniquís de los escaparates le observaban con una mirada desafiante. Las personas que andaban por la calle con aire despreocupapdo de pronto se tornaban criaturas amenazadoras similares a las de sus videojuegos. Los árboles, las flores, las estatuas, las nubes, las baldosas, las ventanas, los coches, los cuadros. Todo a su alrededor parecía tornarse lúgubre y satánico. Aquellas visiones que comenzaron siendo simples sueños de adolescente pasaron a formar parte de su consuetudinaria vida. La incial pasividad mostrada ante tales alucinaciones duró poco. De pronto, la ira, el pánico y la ansiedad se apoderaron de lo poco que le quedaba de cordura. Reaccionaba con violencia, intentando defenderse de aquellas visiones, reales o no, pues ya no lograba discernir la realidad de los sueños. Solo la música lograba tranquilizarle. Añoraba profundamente la actitud habitual de sus padres. También cambió la actitud de los pocos amigos que conservaba. Todos a su alrededor parecían evitarle, pero al menos ya no pasaba desapercibido. Bastaron varias horas en distintas consultas y centros especializados para alegar cientos de hipótesis, pero ninguna realmente certera. Inicios de un brote psicótico, trastorno de la percepción sensorial, esquizofrenia, depresión, ansiedad. Parecía fácil diagnosticar a un simple chico bajo una reluciente bata blanca y una sonrisa impecable que auguraba de todo menos empatía. Él sabía que ni el mejor doctor del mundo podría curarle el dolor punzante que sentía bajo el pecho. Ni un trasplante de corazón bastaría para aliviarle las heridas que la desilusión le había causado. Decidió morir para vivir en los sueños. Así pues, con el sonido del último latido de su corazón, se dejó ir, y la estrella murió con él.

jueves, 2 de febrero de 2012

¿In?Condicional


Es curioso lo ciegos que somos o queremos ser. Da igual si partimos de la ceguera para recuperar después la vista o si nos vamos ofuscando con el paso de los años. Hay veces que hasta que no maduras lo suficiente no eres capaz de ver grandes defectos de las personas con la que has convivido toda la vida. Quizá es por esos a prioris que se nos inculcaron cuando éramos pequeños por lo que somos incapaces de ver las lacras de la gente. Quien diga que el amor incondicional no existe puede que nunca haya conocido lo que es querer a un padre o a una madre de verdad. Es un amor oculto, completo y variable, pero siempre está. Suponemos de manera innata que a los padres se les quiere, no se les juzga, no se les hace sufrir. En cambio, tarde o temprano, llegas a esa etapa de la vida en la que te paras a pensar en el porqué de todo. Es el momento en el que te cuestionas cuando descubres que no todo es como te lo habían contado. Cuando aplicas un pensamiento crítico a las personas que más quieres puedes llegar a dos conclusiones. O bien te das cuenta de que eres demasiado duro con ellos o, lo que es peor, ratificas las numerosas cosas que pasas por alto. Amantes incondicionales pueden reaccionar cerrando los ojos ante esta última conclusión, llegando a consentir hábitos del día a día que bajo una mirada objetiva no tendrían perdón. Otros, en cambio, aplican algo de valentía a su rutinaria vida y deciden ponerle freno. Desgraciadamente, la falta de comunicación, la tendencia a relativizar lo importante, la dificultad de cambiar ciertos hábitos y, sin ir más lejos, el miedo, dificultan ese proceso de "echarle cojones a la vida". 
Casos que van desde un hijo que le grita a sus padres hasta un marido que pega a su mujer. Más o menos grave, queda confirmado que si no se le pone querella a una molestia, ésta evoluciona hasta llegar al dolor más lacerante.
No tengamos miedo a reinventarnos, a decirle a aquellos que queremos lo que nos molesta, a cambiar. Está claro que ciertos comportamientos sin importancia se aceptan sin más. Nadie es perfecto, pero establece límites. Todo desde una razón humilde que nos haga imponernos las mismas cláusulas exigidas a los demás. Recordemos que la palabra puede ser un arma mortal. Ama, pero no incondicionalmente. Quiérete lo suficiente para darte cuenta.


sábado, 28 de enero de 2012

Forever young

Tiramos la moneda y salió cruz. Saltamos por la ventana y nos escapamos de casa mientras nuestros padres dormían. Con un brick de sangría en la mano, la adrenalina del momento y el humo del tabaco intoxicando nuestros pulmones salimos corriendo hacia ninguna parte. Basta de caminar, corríamos como quien huye de su peor pesadilla, descalzos por la carretera, alejándonos de una vida llena de sueños sin cumplir, responsabilidades y obligaciones. Nos colamos en la azotea de un hotel y, desde el tejado, nos tumbamos a ver las estrellas mientras ahogábamos nuestras penas en alcohol. Volamos. Cogidos de la mano, corriendo por las calles de Madrid sin ninguna dirección. Quinceañeros, ebrios y estúpidamente felices. Podría vivir colgada de ese momento para siempre. Volvimos a tirar la moneda, salió cara y volvimos a casa con nuestros corazones y pulmones un poco más enfermos, pero algo más felices.




lunes, 23 de enero de 2012

Hakuna Matata

Al tirar una pelota contra el suelo ésta se deforma y, al volver a subir, recupera su estructura original. El ser humano es como esa pelota. Es capaz de retomar su camino y adaptarse a las circunstancias de la vida. Sin embargo, el hombre es el único animal con capacidad de sufrir y padecer lo que piensa igual que si le estuviese sucediendo, haciéndole más frágil y vulnerable. Lo que nos obstaculiza el camino, en muchos casos, somos nosotros mismos. Tendemos a problematizarnos, a hacer de los pequeños problemas una inmensa montaña de arena. La pregunta es, ¿merece la pena? 
Cuentan la historia de dos africanos que montaban en jeep por la ínsula de Madagascar. Habían pasado toda la mañana recorriendo el océano Índico en busca de pescado a fin de provisionarse de alimentos para la venidera época de inverno y alimentar a su familia. Iban a mitad de camino cuando, de pronto, se les pinchó una rueda. Tranquilamente, uno de los dos se bajó del jeep y, al percatarse de lo sucedido, miró a su otro compañero y le dijo sonriendo: Hakuna Matata. (Traducción del swahili: "No te angusties"). Su colega alzó los hombros a modo de resignación, sacó el pescado y se sentaron en medio del camino mientras lo engullían. Entre risas y cantos pasaron la tarde. Pronto llegaron otros amigos en jeep y les ayudaron a reponer la rueda pinchada. Todos regresaron con sus respectivas familias antes de que anocheciera.
"Hakuna Matata" dicen los africanos. ¿Qué habría dicho un ciudadano en medio de la M-30? 
Vive y sé feliz, vive y deja vivir. Ningún problema debe hacerte sufrir. Lo más fácil es saber decir: Hakuna Matata. El dolor es inevitable, el sufrimiento, opcional.


sábado, 21 de enero de 2012

Ella

El cristal reflejaba su silueta, traslúcida y extenuada por el paso de los años. La nítida luz que emergía del espejo se iba atenuando cada vez más, dando paso entre la neblina al reflejo de la distorsión de ella misma. Se detuvo varios segundos, seducida ante tal simple pero a la vez compleja belleza. Frunció el ceño una vez más antes de desistir y se rindió ante la corporeidad que le mostraban sus ojos dejándola estar, dejándose ir. No podía luchar contra ella, pues día a día se había ido alimentando de sus sueños y virtudes, de su alegría y su fuerza. Cada vez que se situaba frente a ella, quedaba hipnotizada ante su fría mirada de cisne. Éste le rodeaba con sus cálidas alas y le mecía suavemente hasta quedar sumida en un dulce sueño de morfina. Narcóticos y sedantes le mantenían abstraída en su pequeña cueva contruída de plumas mientras la figura le iba robando su luz. Los días pasaban y ella se consumía, se sentía débil y cada vez más lejos de la realidad, pero más cerca de lo magnífico, llegando a convertirse en sombra de su propia silueta, una efigie de una moneda. Ella no tenía fuerzas para continuar el camino por sí misma. Creía tener el control, estaba por encima de todo aquello. Se repetía constantemente que nada la cambiaría, solo era una pequeña adicción sobre la que tenía un poder inmenso. Ingenua niña, no sabía que las adicciones le iban envolviendo lentamente. Un pequeño caramelo contenía la dosis perfecta para hacerla caer rendida ante esa droga, creyendo que el cúlmen del éxtasis estaba cerca y, una vez alcanzado, podría dejarla ir, pero ese día nunca llegaba. En realidad, todo estaba fuera de control. Un día se despertó ante el espejo, notando la imposibilidad e impotencia de mover su cara. Los párpados no le respondían y sus labios se mostraban secos e impasibles ante cualquier amago de sonrisa. Parecía que por su piel hubieran pasado años. Cada minuto que pasaba se sentía un año más vieja. El brillo de su mirada se iba consumiendo y la chispa de vida que brotaba de sus pupilas se había apagado de un soplido. La suavidad de su piel tersa, la luminosidad y el volumen de su cabello habían sucumbido ante tales maltratos. El color sonrosado de sus mejillas se había vuelto pálido y cadavérico. Bajo sus luceros se atisbaban unas ojeras de llevar años sin dormir. Quiso correr, huir lejos de aquella figura que se mostraba ante ella flemática e inexpresiva. Quiso liberarse de aquellas cadenas imaginarias que le aferraban firmemente al suelo y le impedían escabullirse a toda velocidad. Quiso gritar tan alto hasta chillarle a las estrellas que ya no quería seguir jugando. Quería cesar ese torbellino de alucinaciones y murmullos que le susurraban al oído que era tarde. ¿Tarde para qué? Quiso despertar de esa terrible pesadilla más no conseguía otra cosa que musitar en voz bajita palabras entrecortadas sin apenas aliento. Qué pequeña se sentía y qué impontente se veía encerrada en ese círculo vicioso que cada día le iba matando un poco más.

jueves, 19 de enero de 2012

Merece la pena



     El sabor a manzana del primer beso. Bañarte desnuda en un pantano. Hacer el amor en la playa. Respirar y correr libre en medio de una carretera. Llorar y reírte hasta que te falta el aire. Bucear en una bañera. Viajar a través de un libro. Esforzarte en conseguir un sueño, aunque al final no lo alcanzaras. Soñar despierta. Conocer gente nueva. Ir a la Universidad. Probar el primer cigarrillo y no poder parar de toser. Acampar una noche para ver las estrellas. Besar a ese chico en la noria. Sentir la emoción de la primera noche que sales de fiesta. Ponerte tacones y maquillarte por primera vez. Sentir las mariposas en el estómago cuando te enamoras. Hacer teatro. Llorar de rabia al sentir celos. Empacharte a golosinas sin tener arrepentimientos. Reírte hasta que duele y tener agujetas al día siguiente. Aprender a montar en bici. Apuntarte a boxeo con una amiga en una época de locura. Cantar hasta quedarte afónica. Ir a los conciertos de tu vida. Gritar como una posesa y ganar un mundial aunque odies el fútbol. El primer amor de verano. Prometerte no llorar más por él. Hacer tortitas a las seis de la mañana después de una noche entera sin dormir. Hablar por teléfono hasta que amanece. Caer en la tentación. Confesar tus miedos a alguien. La primera vez que lo haces y ese dolor de amor. Sentir que el corazón se te va a salir del pecho al verle. Tener miedo de perder a alguien. Cambiar, reconstruirte. Odiarte y juzgarte. Ver que los que te rodean cambian. No saber encajar esos cambios en tus amigos. Sentirte pequeña. Alejarte de los que más quieres. Hacerles daño. Hacerte daño. Buscar ayuda pero, a la vez, querer estar sola. Cambiar de aires, de amistades. Cometer grandes errores. Arrepentirte. Dejar ir a la persona que quieres. Cantar bajo la lluvia. Volver a enamorarte. Bailar en un Starbuck's. Desenamorarte. Contemplar el cielo tumbada en el césped. Tirarte al mar en ropa interior. Tener ganas de morirte. No querer existir. Seguir adelante. Derrumbarte, caer. Volver a levantarte. Bañarte de noche en una piscina. El primer fin de semana que tus padres te dejan sola. Hacer fiestas que se descontrolan. Probar el primer porro. Autosabotearte. Saber qué es lo que quieres y hacer todo lo posible para no conseguirlo. Sentirte engañada. El primer amarillo. Borracheras épicas con tus amigos. Ganas de pegar a alguien. Que te hagan daño. Hacer daño. Descubrir un pequeño lado homosexual. Pedir un condón en la Farmacia. Descubrir el mundo de los adultos y pensar que era más fácil cuando eras pequeña. Dormir con él y no querer separarte nunca. Pensar que ese chico iba a ser para siempre. Creer en los cuentos de hadas. Sentir que puedes volar. Estudiar el día de antes. Agobiarte y pensar que no servía para nada. Perder amigos. Encontrar otros nuevos. Mantener amistades de la infancia. Reencontrarte con exnovios. Volver a empezar. Tirar la toalla. Conseguir superar obstáculos. Pruebas de resistencia de Educación Física que se te hacían eternas. Castigos en los recreos. Pillarte por el chulito de la chupa de cuero del colegio. Viajar. Conocer nuevas culturas, no intelectualmente. Engañar a tus padres y hacer locuras. Llegar a casa con una sonrisa. Sentirte rebelde cuando sales con un amigo que tus padres odian. Aprender, o intentarlo, a tocar la guitarra. Ir al Retiro a pensar. Disfrutar del sol en una mañana de invierno. Pasear. Escribir. Dar de comer a los pájaros. Disfrazarte. Escaparte de casa saltando por la ventana. Ver películas de miedo y no poder dormir. Ir a la biblioteca para hacer de todo menos estudiar. Las excursiones del colegio. Crecer junto a alguien. Hablar por teléfono todos los días con la misma persona y confesarle tus más íntimos secretos. Las fiestas de los pueblos en verano. Escuchar las batallitas de los abuelos. Empezar a apreciar los domingos con mantita y película. Descubrir los secretos de la gente. Tener un alma gemela. Aprender a estar sola. Que te decepcionen. Sentirte espía cuando no paras de cotillear al chico que te gusta. Presenciar un streapteasse. Visitas guiadas a un sex shop. Primeras sangriadas universitarias. Sentir debilidad por los perroflautas de la Complutense. Tomarte una cerveza un miércoles cualquiera. Perder las ganas de levantarte por las mañanas. Los juernes. Recuperar la ilusión. Sentirte como en una montaña rusa. Echar de menos. Recordar viejos tiempos sentada con una vieja amiga y un café. Aceptar tus defectos. No rendirte...

miércoles, 18 de enero de 2012

Adieu


Él- ¿Puedo pedirte una cosa?
Ella- Claro.
Él- Piensa en mí.

Decidí mirar atrás nada más que un momento, echar un pequeño vistazo premeditado, como si fuera fácil dejar de fisgar en el pasado. Acabé enfrascada entre los recuerdos durante horas. Inmersa entre las páginas inundadas de colores, sensaciones e imágenes. Sentimientos ya enterrados emanaban de mi mente deslizándose suavemente y posándose sobre mi hombro con la sutileza de una mariposa. Lo más doloroso es que no hay ni un solo día de cada página en el que no aparezca su nombre. El sabor a manzana del primer beso. La ilusión con la que esperaba a que apareciera en mi portal. La decepción de cuando no llegaba y dejar que pasaran las horas muertas. Las hojas de otoño. Los primeros ocho meses y su frustrante poca memoria para recordarlo. Mentiras, decepciones, discusiones. Las reconciliaciones. Crecer juntos y, poco a poco, madurar. Me hice fuerte junto a él a cada paso que dimos durante cuatro años, pero nadie me enseñó a vivir sin él. Quizá nunca pensé que fuera necesario hacerlo.

No hero


    Se detiene ante el reloj a mirar cómo pasa el tiempo. El que se nos escapa, el que nos hace correr o desear que todo vaya más lento, el que nos hace vivir el presente o nos aleja del pasado. Camina por los rincones de su casa buscando aquellos besos que tanto añora, deseando que pudieran quemarse con la llama de una vela y convertirse en ceniza que acabe barriendo a golpe de rabia, aunque en su recuerdo resulten ignífugos. Se demora ante el espejo para observar su silueta, extraña y desfigurada. Ésta le devuelve una sonrisa burlona y le ofrece una mano invitándola a traspasar el cristal. Abre el grifo de la bañera poniendo el agua caliente hasta que se forma el vaho y dibuja mariposas en el espejo como aquellas que una vez sentía en el estómago. Verte el champú bañando la estancia de burbujas de colores y se entretiene soplándolas haciéndolas ligeras y libres como el cuerpo de una bailarina. Abre el quita-esmaltes humedeciendo una uña sí y la otra no, intermitente, tal y como lo era él, hoy te quiero, hoy no, deshojando margaritas. Se quita la ropa y camina desnuda por la casa y enciende la radio. "The blower's doughter" inunda la estancia y, entonces, el mundo le resulta menos anodino y baila abrazada a un recuerdo. "The shorter story. No love, no glory, no hero in her sky". Una vez alguien le dijo que era imposible estar triste si bailabas con los brazos hacia arriba y sobre una sola pierna. Se mueve al son de las olas y la brisa, aferrada a esa alusión que se desvanece con el ritmo del compás, y enciende la calefacción para alejarse de un invierno que poco a poco le va marchitando. Se siente actriz imaginándose ante un público e interpreta un personaje ficticio, lo cual, tiempo atrás, le habría parecido divertido y ahora solo es una escapatoria para huir de ella misma. Baila hacia la nevera y abre el Lambrusco de ocasiones especiales. Más recuerdos, esta vez una persona diferente y una medio sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios. Saborea el vino y el momento. Se concede un día sedentario, baja la persiana y enciende una linterna buscando tesoros llenos de sueños tirados, secretos ocultos o amores ignorados. Entonces desearía que existiera un lugar de corazones rotos perdidos para poder llevar todos esos amores malgastados que alguien olvidó en un bar. Coge un periódico y recorta palabras sueltas formando frases, sabiendo que no es más que otra soñadora que construye un nuevo mundo a partir de un boletín, pero eso le hace feliz. Descuelga el teléfono y permanece escuchando el silencio interrumpido por un pitido sordo para así recordar cómo eran sus discusiones pero, sobretodo, las reconciliaciones. Amontona una pila de CD's, libros y objetos varios en el fondo de una caja de cartón cuyo próximo destino se debate entre el trastero y un cubo de basura. Opta por dejarla ahí, quieta e impasible y la mira con recelo y desasosiego desde una distancia prudente por si los objetos cobran vida y salta algún recuerdo encerrado entre una página, terminando con lo poquito que queda de ella y de su mundo imaginario hecho de papel. Enciende la cafetera en la que quedan suspiros amargos que endulza con azúcar y rabia y mezcla con lágrimas saladas. De su armario caen arco iris de agonía y montones de esperanza por si decide aparecer. Se sienta en el alféizar de la ventana y enciende un cigarrillo fumándose el corazón, que ya solo cuelga de un alambre. Mira hacia el exterior observando a las personas que caminan despreocupadas por la calle y se pregunta si serán felices o si, simplemente, cerrarán los ojos para no ver. Y con esta indecisión advierte el sonido de un llanto procedente de una niña y se percata de que llorar es un instinto natural a pesar de que se prometiera no volver a hacerlo. Y poco a poco va cerrando los ojos a la vez que se va consumiendo el cigarro y mientras va susurrando palabras sueltas de un periódico que dejó de intentar construir para dar forma a su insignificante vida. En su realidad, el mundo se sitúa tras un cristal. Decidió dejar de mirar a través de él y quedarse en su pequeña burbuja. No es el fin del mundo, se repite a sí misma, tras lo cual se sume en un profundo sueño.