Se apagó la luz de una estrella y decidió morir con ella. No fue una muerte efímera y juiciosa, sino más bien su fuero interno se iba consumiendo cada día un poco más sin apenas darse cuenta. Dejó de luchar por su vida y se abandonó de tal manera que se quedó indefenso contra el mundo. Nunca es bueno andar inerme por la vida, le habían dicho alguna vez. Sin embargo, hacía oídos sordos a dichas conjeturas y continuaba con actitud pasiva y ausente. Nadie querría hacerle daño, pues nadie reparaba en su presencia, se decía con ironía. En el fondo sabía que no había muerto del todo, pues aún quedaba algo vivo en él, pero no en este mundo. Los sueños. Podía sentir las descargas eléctricas de su cerebro, sucesivas sinapsis que le asestaban momentos de portento. Pronto comenzó a soñar con otras realidades paralelas en torno a un orbe imaginario. La realidad no se alejaba demasiado de estos sueños. Al salir de su casa se subía al ascensor como si de una nave espacial se tratase. Apretaba el botón del bajo y despegaba hacia la Luna a una velocidad vertiginosa, sumiéndonse en el abismo que le separaba de la Tierra. Al salir a la calle apenas sentía la gravedad ni la presión atmosférica, el frío ni el calor, e incluso los objetos que le rodeaban habían perdido su color. La luz que percibían sus ojos se estaba apagando. Las sombras de los edificios le hacían muecas y los maniquís de los escaparates le observaban con una mirada desafiante. Las personas que andaban por la calle con aire despreocupapdo de pronto se tornaban criaturas amenazadoras similares a las de sus videojuegos. Los árboles, las flores, las estatuas, las nubes, las baldosas, las ventanas, los coches, los cuadros. Todo a su alrededor parecía tornarse lúgubre y satánico. Aquellas visiones que comenzaron siendo simples sueños de adolescente pasaron a formar parte de su consuetudinaria vida. La incial pasividad mostrada ante tales alucinaciones duró poco. De pronto, la ira, el pánico y la ansiedad se apoderaron de lo poco que le quedaba de cordura. Reaccionaba con violencia, intentando defenderse de aquellas visiones, reales o no, pues ya no lograba discernir la realidad de los sueños. Solo la música lograba tranquilizarle. Añoraba profundamente la actitud habitual de sus padres. También cambió la actitud de los pocos amigos que conservaba. Todos a su alrededor parecían evitarle, pero al menos ya no pasaba desapercibido. Bastaron varias horas en distintas consultas y centros especializados para alegar cientos de hipótesis, pero ninguna realmente certera. Inicios de un brote psicótico, trastorno de la percepción sensorial, esquizofrenia, depresión, ansiedad. Parecía fácil diagnosticar a un simple chico bajo una reluciente bata blanca y una sonrisa impecable que auguraba de todo menos empatía. Él sabía que ni el mejor doctor del mundo podría curarle el dolor punzante que sentía bajo el pecho. Ni un trasplante de corazón bastaría para aliviarle las heridas que la desilusión le había causado. Decidió morir para vivir en los sueños. Así pues, con el sonido del último latido de su corazón, se dejó ir, y la estrella murió con él.