Uno de los mayores miedos de mi
infancia fue romper el jarrón que tantas veces me había advertido mi madre que
escondiera cada vez que venían amigos a jugar a casa. Claro que, mientras se
está concentrado en marcar el gol que lleva a la victoria en la portería creada
a modo de sofá, uno no se para a pensar en el jarrón de su madre. Y es así como
inevitablemente llega el día en que alguien tira un penalti contra el jarrón y se
cae al suelo.
Entonces se hace el silencio. Se intercambian
miradas cómplices entre los convictos del homicidio. Llega el momento de la deliberación.
O del caos.
Los más prudentes optaban por
esconder la prueba del delito. A aquellos que se les daba bien la Plástica
trataban de pegar las piezas con Superglú según indicaciones de Art Attack. Tras
varios intentos fallidos, en última instancia y por consenso general, se
terminó por confesar ante los padres.
El castigo era merecido, lo cual
no quiere decir que fuera instructivo. Seguramente ninguno de los que estábamos
aquel día comprendió la importancia del jarrón. Supongo que, unos cuantos años
más tarde, cada uno recibiría la lección por separado.
Sobre la importancia de romperse.
Ya sea a reír, a llorar, a vivir. De felicidad, de rabia, de tristeza o de
añoranza. En forma de lágrimas, carcajadas, gritos o puñetazos. Romperse en
pedazos. Romperse en pequeñísimos fragmentos. Desfigurarse, reencontrarse,
buscar la pieza que faltaba, o que sobraba. La pieza que no encajaba. Tirar las
que estaban deterioradas. Y, una vez ahí, volver a empezar. Rompernos en
pedazos para volver a construirnos, para encontrar la pieza que nos faltaba, o
que nos sobraba.
Lo cierto es que ahora pienso que
deberíamos haber roto unos cuantos jarrones más.