martes, 31 de diciembre de 2013

Reflejos del alma, para un año más

Un año más, ¿o uno menos? Otro que dejamos atrás junto con las experiencias y recuerdos que nos hacen ser quienes somos. Ciudadanos del mundo, personas que sienten y padecen, al menos en su mayoría. Seres humanos, lo cual no siempre implica humanidad, ya sea por la basura en la que vivimos sumergidos o porque ni nosotros mismos ponemos el esfuerzo en salir de ella. Sin embargo, mucho antes ya hubo crisis, guerras, hambre, injusticias, desastres naturales, corrupción, desengaños amorosos, dolor, sufrimiento. Quizá lo que ha cambiado no es el mundo, sino nosotros, nuestra tolerancia al sufrimiento.
Es curioso mirar hacia el pasado, echar un vistazo por la mirilla del baúl de los recuerdos y suspirar con una mezcla de nostalgia y tristeza al ver a las personas que hoy ya no nos acompañan. Pero no todo es nostalgia. También se asoma una pequeña sonrisa al recordar los buenos momentos y, sobretodo, aquellos que compartiste con personas que hoy siguen a tu lado. Aquella temporada en la que estabas tan perdido, sin saber qué dirección tomar ni lo que te depararía el futuro, pensabas que no habría nada en el mundo que pudiera ayudarte a salir de esa situación. Perder el control de tus pasos y caminar sin rumbo por un camino lleno de obstáculos y amenazas que ahora tan solo son pruebas superadas que te han fortalecido. Tirar la toalla una y otra vez, desistir y, aún así, seguir caminando porque alguien te dijo que no te rindieras tan fácilmente, que tú podías dar mucho más de ti.
Poco a poco va pasando el tiempo, cambia el mundo pero también cambian los ojos con los que miramos ese mundo. Ya no eres el niño que se refugia en los sueños y huye de la realidad. Ahora has aprendido a soñar despierto y a convertir esos sueños de Peter Pan en una realidad, tu realidad, construída con las decisiones que has tomado.
No dejemos de soñar, que no nos quiten las alas. Que cada día al despertarte pienses en las veintucuatro horas que tienes por delante y no haya otra cosa que más quieras hacer en el mundo que vivirlas. Recupera la ilusión.  No marques tus decisiones de hipotéticos supuestos porque, al fin y al cabo, probablemente solo tengamos esta vida para poder arrepentirnos. Es triste malgastarla autocompadeciéndonos por las desgracias que nos ocurren. Nadie nos va a venir a salvar de nuestras lacras y, si viene, inevitablemente le arrastraremos a ellas. 
No hay nadie que lo sepa todo sobre la vida, ni filósofos, ni científicos, ni un Dios supremo, ni si quiera nuestros padres. La percepción y la forma de vivirla es mera subjetividad, no hay un camino establecido que nos señale dónde pisar para no equivocarnos, ser felices y tener un modelo de vida ejemplar. Tampoco por tenerlo seremos necesariamente felices. No obstante, haya o no un truco para ser feliz, solo puedo decir con certeza lo siguiente. De todos los lugares que he visitado, de todas las personas a las que he conocido, de todas las experiencias que he vivido y de todos los consejos que me han enseñado en la escuela de la vida, la única fórmula secreta que nos hace sentirnos bien es la sonrisa. La sonrisa verdadera, la que te alegra el corazón, es la mejor medicina social. Si tú sonríes, quien te quiere sonreirá.
Haz que los años que dejas atrás cuenten para más, y no para menos.

martes, 29 de octubre de 2013

Abismos

Construir un abismo entre dos personas solo implica una cosa: silencio. Tan simple y a la vez tan poderoso. El silencio, al igual que en la música se hace presente con la escritura, en la vida se manifiesta a veces en forma de paz, otras a modo de guerra, oprimiéndonos a cada segundo que pasa. 
Los abismos son más paradójicos ya que a veces son tan grandes que nos hacen creer que estamos volando, cuando en realidad solo estamos cayendo. Vivir aferrado a un abismo es como vivir suspendido en la nada. Da igual si se cae o si se vuela, porque el que cae no sabe a dónde lo hace y el que vuela no sabe hacia dónde va.

viernes, 4 de octubre de 2013

It's not lupus

Cuando la causa de una enfermedad eres tú, solo existe un tratamiento curativo: Primero, reconocerlo. Segundo, querer curarse. 
Pocos pasos, gran esfuerzo. Quizá por eso la mayoría de nosotros vivimos en un paliativo transitorio, el autoengaño.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Fin de semana pijo

Pues sí, he de confesarlo. He sobrevivido a un fin de semana pijo y ha superado todas mis expectativas. He de aclarar que éstas no eran muy altas, pero aún así merece la pena ser relatado. Como cabe esperar de cualquier experiencia vivida fuera del entorno al que uno está habituado, uno reflexiona, saca sus conclusiones y, lo más importante y motivo por el cual he realizado tal experimento, decide. 
Que sí, que no les falta razón ni motivos a aquellos que evitan pagar para entrar en una discoteca, las aglomeraciones y vestir de etiqueta para salir una noche. Que entiendo a los que apuramos al máximo el plato en un restaurante caro, bueno, o de un Vips; a los que nos emborrachamos a base de litronas; a los que nos gusta salir "de tranquis"; a los que aprovechamos todos los "dos por uno". En definitiva, a la clase social media. 
Sé de sobra que no tiene el mismo valor conseguir las metas por méritos propios a que vengan infundidas por tener un apellido o, ya ni por "ser hijo de", tan solo por "acostarse con". No estoy a favor de la hipocresía, del colmo de lo refinado, de los excesos del adinerado ni de las jactancias de los pretenciosos. Tampoco soporto las miradas por encima del hombro, los comentarios que comienzan con la expresión "en plan" y a los que precede un "o sea", ni tampoco a aquellos que beben Ginebra con Fanta Zero sin azúcar añadido, como si el alcohol no engordara per se. Vaya, que podría seguir añadiendo innumerables estupideces a la lista, pero hoy no voy a hablar de eso. Por una vez, no voy a poner a parir a los de siempre. 
Tú, ciudadano de clase social media, debes vivir un fin de semana pijo. Ya no solo por el hecho de que para poder opinar debes probar, va más allá de eso. Voy a que vivimos tan ofuscados en la realidad, criticando a aquellos que tienen más dinero y lo que tristemente conlleva a ello, oportunidades, que no nos damos cuenta de que estamos viviendo obsesionados por la vida de los demás y no por la nuestra, obviando lo que tanto enjuiciamos, la humildad. Establecer fronteras y diferenciarnos unos de otros como si viviéramos en mundos aparte no hace más que impedir conocer, aprender, compartir, comparar y llenar nuestras cabezas de ideas neutrales. Claro que jamás viviremos ecuánimes, uno siempre tira para un lado, pero al menos, cuando decidas, ten claro porqué te has posicionado de un lado y no del otro y que esta franqueza sea fruto de la experiencia, no de juicios preestablecidos. Párate a pensar, ¿hasta qué punto somos libres? ¿Hemos decidido siguiendo siempre nuestras propias ideas? Como dicen en la película Dogma, "el hombre se ha equivocado al coger una buena idea y construir sobre ella una estructura de creencias". Aprender a rechazar con criterio hace que el hecho de negar andar un camino no sea sinónimo de perder, sino oportunidad de ganar. 
Y por hoy, ya, dejo de dar el coñazo.


sábado, 14 de septiembre de 2013

Kamikaze

Yo, inconexa, incompleta, con todos los "in-" que preceden a lo coherente, marco mi controversia con varias reflexiones que no profundizan más allá de un charco, más allá de un día propio de resaca.
Mi cuerpo es lo único con lo que voy a pasar el resto de mi vida y yo, siguiendo la línea de mi incongruencia, me concedo vicios que no le concedería ni a mi peor enemigo. 
Yo, que me cuesta tan poco darle la razón a los demás y en cambio me contradigo constantemente a mí misma. 
Yo, que ni he escrito un libro, ni he plantado un árbol ni he tenido un hijo, critico y juzgo las acciones de los demás sentada desde mi zona de confort, una pantalla y una silla. 
Yo, que nunca quise ser piloto, desafío las leyes de la gravedad y me tiro desde un puente para ver si aprendo a planear sobre el asfalto, calculo múltiples maniobras de aterrizaje y, finalmente, caigo de golpe. Día tras día, no dejo de tirarme, porque me encanta sentir la adrenalina en mis venas justo antes de darme de bruces contra el suelo pero, sobretodo, lamentarme, autocompadecerme. A veces pienso que todo sería más fácil si aprendiese a caer con una sonrisa en lugar de vivir con miedo planeando a ras del suelo. 
Yo, que desde por la mañana maltrato a mi cuerpo y a mi mente con un extra de cafeína y un par de cucharadas de pensamientos autodestructivos, aconsejo, apoyo, miento con palabras de consuelo.
Yo, que me pongo tacones para caminar fuerte sobre la vida, hago ruido para que nadie oiga mis inseguridades, aun sabiendo que lo que importa no son los zapatos, sino sobre lo que se está caminando. 
Yo, que nunca quise los buenos modales de Leonor, ni las piernas de Cameron Diaz, ni los pechos de Pamela o los maridos de Jennifer Aniston, ya bastante tengo con saber quién es Raquel. 
Yo, que jamás busqué un príncipe azul que me cantara bajo la ventana, ni poemas escondidos debajo de la almohada o viajes románticos a París, prefiero los viajes en moto y los besos que se dan debajo de un escenario. 
Yo, que aprendí a sumar y a restar, a veces pierdo la cuenta de los errores que he cometido o las mentiras que he contado, mientras critico la hipocresía de los demás. 
Yo, yo y yo, que solo pienso en mí y tan poquito en los demás, soy un kamikaze.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Quién soy

Esta es la historia de una niña
que creció haciendo malabares
sobre dos cuerdas de tender
sujetadas por dos alambres.

Madre, dime quién soy, 
te pregunta la niña que era,
jamás pensó que su vida
acabaría en la calle Montera.

La niña de ayer no soy,
tampoco la mujer de mañana,
solo veo a una puta
que duerme sobre otras camas.

La niña de ayer creció
sentada sobre una acera,
leyendo cuentos de hadas,
rodeada de rameras.

Ella soñaba con volar,
pero le cortaron las alas,
alguien decidió en su lugar
quitárselas junto a sus bragas. 

Madre, dime quién soy,
te pregunta la puta que ves,
se masturba sola en su casa,
bebe whisky en el cabaret.

Lo compra con las propinas
que le dejan sobre la cama,
vive con la esperanza
que le robaron en su niñez.

Ya no soy esa niña,
tampoco la mujer que dices,
ahora soy un árbol muerto
que no encuentra sus raíces.

sábado, 31 de agosto de 2013

Sigues ahí

Olores que se pierden, 
ciudades que se apagan, 
cigarros que se consumen con el viento. 
Pero tú sigues ahí.

Promesas que se olvidan, 
colores que se marchitan, 
barcos que zarpan. 
Aún sigues ahí.

Amistades que se marchan, 
velas que se funden, 
cuentos que se acaban antes de empezar.  
¿Cuánto tiempo piensas seguir ahí?

Han pasado algunos años, 
quizá solo semanas,
perdí la cuenta de los días sin ti,
pero aún te siento ahí.

En el hueco de mi cama,
en el reflejo de mi espejo,
en el vacío del cenicero,
en los besos que no nos damos,
en las palabras que no te digo.

Y aunque te sienta, 
de nada sirve,
porque seguimos estando ahí,
pero dejaste de estar aquí.










miércoles, 10 de julio de 2013

Pasará

Tú y tu sonrisa,
vacía y sin nada,
cual bala disparada contra el aire,
hueca, seca, rota,
vacío y lleno es lo mismo,
bajo esa triste mirada.

Simple e impasible,
una esdrújula sin tilde,
un guerrero tras su muralla,
muralla barrida a escombros,
escombros que revela tu mirada.

Cuando te miro de lejos,
sonriendo entre la gente,
amigo, solo puedo decirte
que todo esto pasará.

Tú y tu sonrisa,
un barco de papel mojado
surcando un mar que olvidó sus olas,
moviéndose al compás de un cielo sin luna,
navegas la vida a destiempo,
te pierdes la vida en silencios.

Yo soy barco y tú mar,
y me hundí en tu marea
por no saber decirte
que todo esto pasará.

viernes, 7 de junio de 2013

Entre copas suspensivas

Podría ir a tu casa, llamar a la puerta y presentarme con una excusa tan mísera como que aquel día me dejé una horquilla enredada entre tus sábanas. Sonreiría y sé casi a ciencia cierta que me dejarías entrar y, al cerrar la puerta de tu habitación, reviviríamos aquella noche improvisada. Con el pretexto de invitarnos a una copa, el alcohol enmarañó el juicio y tu labia hizo el resto. No culpo al vino ni a tu curiosa forma de echarle morro a la vida, solo te guardo algo de resentimiento por dibujar un boceto de lo que pudo ser una obra de arte. Aún muy a mi pesar, volvería a arañarte la espalda y recorrería de nuevo cada rincón de tu cuerpo con la única diferencia de que esta vez lo haría con la certeza de que yo soy la que está en tu cama porque eso es lo que querías desde el momento en el que nos encontramos en aquel portal. Parece mentira que después de un tiempo aún siga recreando tu respiración entrecortada y el susurro en mi oído en el que musitabas que Madrid es una ciudad demasiado grande como para que dos desconocidos se vuelvan a encontrar. Decidimos no despedirnos, dejando nuestro encuentro en manos del destino, y aunque haya pasado varias veces delante de tu portal, sigo esperando a que llegue ese día en el que el destino nos vuelva a encontrar. En el fondo sé que es muy improbable, que el destino tan solo es para cobardes que no son capaces de afrontar la realidad, de poner sus sueños sobre la mesa y cogerlos con fuerza, luchar por ellos y no dejar que se escurran entre las manos. Buscaría, llamaría, besaría, amaría, viviría. Una retahíla de condicionales que no son más que supuestos que desembocan en imposibles que jamás se cumplirán porque tan solo son eso, condicionales. Nos pasamos la vida viviendo en condicional y a eso no se le puede llamar vida. Lo cierto es que no me importa el tiempo verbal, ni que sea activa o pasiva, ni indicativo o subjuntivo, ni perfecto o imperfecto. Lo que importa es que sea del verbo hacer y ni tan solo eso. Me conformo con que la distancia que hay entre tus labios y los míos no sea un punto y final, que sea un punto y seguido.




domingo, 2 de junio de 2013

20

Nací a principios del mes de junio,
ahuyentando la lluvia y trayendo el verano.
A pesar de los incesantes llantos,
siempre estuve rodeada de personas que me sacaron una sonrisa.
Esa sonrisa me acompañó y se quedó a mi lado, 
durante veinte años.

Cuando eres niño la vida es un recreo,
el tiempo verbal es el presente,
y la felicidad se encuentra en lo que dura un caramelo.
No hay palabra más sincera 
ni tristeza más pasajera
que cuando eres niño.

Las inseguridades y las dudas fueron mis pesadillas.
Me persiguieron durante un tiempo y, 
aunque hoy aún no se han ido,
por entonces corría hacia mis padres
pensando que así se irían.

Tuve grandes amistades,
algunas permanecieron y otras se fueron,
pero todas ellas conformaron la raíz del árbol
que constituyen lo que hoy soy.

Ahora que he crecido,
que el tiempo verbal es el futuro,
que la felicidad que entiendo no es pasajera
y la sinceridad no se encuentra en las palabras,
sino que se ve en las miradas,
he aprendido a no abrir puertas del pasado,
he comprendido que aún quedan muchas por abrir,
y a pesar de que algunas puertas me dieron en las narices,
he tenido el valor de cerrar otras que dejé entreabiertas
y que solo servían para dejar pasar el aire.

Aquella niña se va alejando en el pasado
y aunque sepa que aún sigue conmigo
a veces olvido que está ahí.
Pero de vez en cuando reaparece,
gracias a personas especiales
que te hacen reír, sentir, recuperar esa ilusión,
igual que cuando era una niña.

domingo, 28 de abril de 2013

Equilibrio


No me sale la cuenta de los besos que he dado, las mentiras que he contado ni las camas en las que he dormido. Puede que me acuerde de algún corazón que he robado o de los ojos más bonitos que jamás haya podido ver, de momentos con sabor a cerveza, café o a tierra mojada cuando llueve. Rompí promesas sin quererlo, hice otras sabiendo que no llegaría a cumplir, también se desvanecieron sueños y la ilusión estuvo a punto de dejarme una nota de despedida, pero tarde o temprano siempre regresaba, asomando su cabecita entre los resquicios de la esperanza. Compré miles de objetos que ahora solo ocupan un espacio de algún cajón, vendí recuerdos de personas que hoy aún me ocupan el corazón, y a veces me pregunto si tendrán intención de marcharse o si piensan quedarse ahí toda la vida. Bebí para esquivar preocupaciones y al día siguiente éstas reaparecían con resaca para recordarme que todavía seguían ahí. También luché por personas en las que no creía o sin saber exactamente lo que esperaba de ellas. Sin rumbo, sin dirección, conduciendo a toda velocidad por una autopista que me llevaba a una balanza que pesaba a un lado los sueños y al otro la realidad. 
Tardé un tiempo en comprender que vivir a base de sueños es permanecer ajeno al mundo, que no tenerlos es vivir muerto y que buscar el equilibro nos acaba volviendo locos. El mundo está loco. Así es la vida en realidad, tan desequilibrada como lo es el ser humano. El error es buscar la perfección y lo absoluto, dar por supuesto que somos inteligentes porque alguien dijo que el Homo Sapiens lo es. Nadie nos advirtió de que una vez que nacemos nos vamos muriendo un poco más, que hay que vivir haciendo lo que a uno más le guste y, en ese finito proceso, nuestra balanza de la vida se irá desequilibrando hacia un lado u otro, conformando nuestras imperfecciones que, si bien nos hacen menos bellos, completan lo que somos, irrepetibles en la historia.


lunes, 15 de abril de 2013

Personulidad


He perdido la fe en la humanidad. Y dirás: ¿y quién te crees tú que eres, alma de pollo, para dejar de creer en algo que lleva existiendo mucho antes que tú? Pues quizá sea precisamente por eso. He dejado de creer tanto que me he cargado así, de un plumazo, varios siglos de historia, porque sí. 
Quizá suene existencialista y desesperanzado, pero es lo que toca cuando no dejas de ver, aunque sea desde fuera, pequeñas mierdas con las que la gente va dejando rastro y al final tú, por gilipollas, acabas pisando. 
No es que me considere una persona excesivamente detallista, puede que hasta a veces peque de egoísmo y no sea todo lo correcta que deba ser y es que amigo, a veces cuesta tanto poner encima de la mesa nuestros defectos y a la vez resulta tan fácil ver los de los demás con una simple ojeada. Hablo por supuesto de los defectos interiores, las carencias que no se ven a simple vista a través de una lasciva mirada de abajo a arriba con la que, sin ánimo de ofender, la mayoría de los hombres escanean a las mujeres o las mujeres realizan entre sí, acción que, por cierto, sigo sin comprender del todo. No, hablo de aquellos defectos que se observan sin verse, que se sienten sin tocarse, que se aprecian con una conversación o, ya ni eso, una simple palabra como "gracias". Y es que se habla tanto de la humanidad y realmente, yo no sé el resto, pero sigo sin comprender exactamente cuál es su significado. Y cuantos más seres humanos conozco aún menos comprendo lo que es la humanidad y más me aproximo al valor en sí de la pura hipocresía, y quizá ésta sea una de las pocas cosas reales que se pueden apreciar hoy en día.
No hablo de un cuerpo, hablo de cómo lo que hay dentro de éste se emplea para expresarse. Y a veces es tan carente esta expresión, tan llena de vacío que hasta me dan ganas de preguntarles a algunos que si son tan carentes por ahorro de energía, de luz o de agua. ¡Un poco de vida, por favor! Que sois más que un mediocre escaparate para lucirse ante un público crítico e ignorante. Ignorante porque no se da cuenta de que no hace más que observar y criticar su propio reflejo. Es el escaparate de los escaparates y, al fin y al cabo, uno mirándose a un espejo y ese espejo mirándose a sí mismo. Sí, les estoy llamando a todos hipócritas pero, según lo dicho, no me queda más remedio que incluirme entre ellos. 
Y es que somos lo que somos porque lo vemos en los demás, lo interiorizamos, a veces inconscientemente, todo hay que decirlo, y lo ponemos en práctica ya sea por puro mecanismo de defensa para tratar de aclimatarnos al entorno cual camaleón en celo o simplemente por pura mimética y miedo al raciocinio. Da igual el motivo, no le echemos la culpa a la televisión ni a la publicidad, ya que en el fondo ésta se crea en base a lo que atrae; si nos atrae la basura, no hay problema, ellos harán basura. Con ánimo de excusarnos un poco, no vaya a ser todo culparse por vicio, puede que los clones resultantes se deban a esas famosas neuronas espejo de las que tanto hablan algunos psicólogos. 
Pero bueno, sea cual sea el motivo, ahí estamos nosotros. Con nuestro perfil que nos define, esa personulidad que nos da esa esencia única e irrepetible a cada uno de nosotros, que no deja de ser un empaquetamiento más dentro de las restringidas cajas que nos hacen pertenecer a un grupo u otro y, hay que admitirlo, sentirnos guays. Si te tiñes de pelirroja te meten en el de "no te fíes de esa", si te da por hacerte una rastra  tranquilo, que automáticamente irás al de los "perroflautas", por no hablar de los que se compran unas gafas de pasta, ya ni graduadas, que le pondrán en el de los "hipster", y así se podría seguir añadiendo subgrupos a la interminable lista de eresunomás. Ni el marginado, ni el rarito, ni el extraño llegan a estar desubicados del todo, porque pertenecen al grupo de los "incomprendidos", y hasta los únicos dentro del de los "únicos". Vaya, que aquí ni uno se libra de ser encajonado, y una vez ahí atrévete a salir de los límites que te marca ese cajón, que te meterán en el de los "rebeldes". Lo divertido está en que no somos inmutables y por ello podemos cambiar, cada vez con más facilidad, de un grupo a otro a nuestro antojo. Entonces es cuando te meten en el de los "chaqueteros". 
La pregunta es: ¿te identificas con ese grupo?

viernes, 29 de marzo de 2013

El chico que regalaba sonrisas


Una de las personas más sabias que he conocido me dijo una vez que esto que en ocasiones hacemos embadurnando folios con palabras no es más que apoyar el peso de nuestros recuerdos sobre un papel. Y, éstos, a veces, pesan mucho. 
Esta vez dejo caer un recuerdo que querría guardar para siempre para poder abrir el baúl de los recuerdos en los peores momentos y poder revivir, manteniendo una pizca de intensidad, un momento mágico como éste. 
Recuerdo un lunes a mediodía en el metro de la línea 10 atestado de gente que volvía del trabajo. Había jaleo por doquier para coger los últimos asientos libres. Una mujer apoyaba su cabeza sobre el hombro de un desconocido mientras yo fantaseaba con que soñaba con otro mundo, otra realidad diferente a la rutina. La escena no tenía nada en especial y, sin embargo, jamás me he sentido tan afortunada de ir en aquel vagón en ese preciso instante. Por suerte o por desgracia siempre he tenido cierta debilidad por este tipo de momentos. Y entonces, sucedió.
Se abrieron las puertas del metro y entró un joven de aproximadamente veinte años, aunque en sus ojos se reflejaba una mirada de diez años más. Llevaba una guitarra y una vida a la espalda de haber pasado los últimos años durmiendo bajo un puente. De rasgos africanos y con unos labios agrietados, quizá sedientos de una oportunidad, de un impulso que hiciera girar el puntero de la ruleta de la suerte a la que llaman vida y le cambiara las tornas a su porvenir. Algo más a parte de su controvertida apariencia marcaba la diferencia entre los que estábamos ahí. La sonrisa. Era una sonrisa plácida y sincera desde el momento en el que entró en el vagón  Lo paradójico de aquella combinación entre los ojos más tristes que jamás haya podido vislumbrar y aquella sonrisa tan serena llena de paz hacían de su cara un poema. Un poema que comenzó a cantar acompañado de su guitarra. Los pasajeros, absortos en sus pensamientos y preocupaciones, parecían ignorar por completo al joven. Quizá, en lo más recóndito de su subconsciente, alguien prestara atención a esta canción. Escuchar la armonía de aquellos acordes acompañados de una voz tan singular, grave y a la vez dulce, hacía de aquella melodía un sonido celestial. Una canción que comenzaba triste y apagada, poco a poco, iba aumentando su ritmo y volumen hasta hacer de ella una melodía alegre y animada, asimilando la música a la vida de tal forma que esa felicidad acariciaba el alma de quienes la escucharan. Acompañaba con palmas cuando podía y de vez en cuando se podía entrever alguna lágrima deslizándose sobre la curvatura de su sonrisa, que persistía en sus agrietados labios. Aún hoy sigo pensando que él no estaba ahí. Estaba mucho más lejos, en un lugar donde nada ni nadie podría hacerle daño y en el que se sentía en paz. Cuando terminó la canción me percaté de que me había pasado mi estación, pero en ese momento ya nada importaba porque momentos como aquel son únicos en la vida. Tras unos segundos de indecisión me dispuse a aportar una limosna, cuando el joven nos advirtió de que no quería ningún tipo de propina. Solo quería una sonrisa de cada uno de los que íbamos en aquel vagón. Poco a poco se fueron dibujando tímidas sonrisas entre los presentes a las que se unían cada vez más, desencadenando una sucesión de sonrisas amplias y verdaderas. Me sorprendió la facilidad con la que se puede regalar algo tan valioso y sin embargo que lo hagamos tan pocas veces. Por dentro me sentí más pobre que aquel chico. Nunca le volví a ver, pero me atrevería a asegurar que, esté donde esté, estará regalando sonrisas.