A veces necesitamos parar. Detenernos en seco. Y, entonces, recapacitar.
Recapacitar sobre todo lo vivido. Hacer un balance de las decisiones tomadas y las consecuencias que tuvieron. Preguntarse si mereció la pena tomar el riesgo o si, al contrario, tan solo conseguimos añadir un obstáculo más en el camino.
Puede ser que, al pensar en lo que ha cambiado y en lo que sigue estando igual, se sienta un escalofrío. Es como esa sensación de nostalgia al ver una antigua fotografía. En realidad es el vértigo que se siente ante la inadvertencia del paso del tiempo. A veces los cambios son tan pequeños que a penas son percibidos y, un día, de repente parece que todo ha cambiado. Las personas, los sentimientos, la manera de percibir el mundo.
Hay un hilo imaginario que une a la gente. Lo malo de que sea invisible es que es muy fácil que nos olvidemos de él y, cuando queremos buscarlo después de un tiempo, ya no recordamos dónde estaba. Se pierde el sentido, la conexión. Quizá lo único que une a esas dos personas sean los momentos vividos.
Hay hilos más fuertes que otros y solo unos pocos permanecen para siempre, marcados como con un rotulador permanente. Desde el amor incondicional de una madre hasta el nombre de esa persona que intentamos borrar de nuestra cabeza infructuosamente.
Es bueno pararse de vez en cuando, ser consciente de los pequeños cambios. Apreciar la vida, lo que sigue estando, lo que aún no se ha ido. ¿Cuántas personas pierden lo que tienen por no saber apreciarlo? ¿Cuántas de ellas lo apreciaron cuando ya lo habían perdido?
Se vive tan rápido, se corre tanto, como si la vida fuera una carrera de fondo en la que el ganador es el primero en llegar a la meta. El instinto animal no nos deja ver que los vencedores no son siempre los primeros. En la carrera de la vida, si hubiera que elegir un ganador, probablemente sería el que más disfrute del camino. Sin prisa, a su ritmo, pues la meta no será más que el fin de nuestros días. Y será en ese momento cuando miraremos atrás y hagamos balance. Aquellos que corrieron tan rápido no reconocerán a la persona que ven ante sus ojos. Mirarán a su alrededor, buscando a aquellos que les acompañaron en el camino, sin saber porqué ya no están. En lugar de correr con ellos y ayudarles a levantarse, decidieron seguir adelante por su cuenta. Corriendo tan rápido para llegar los primeros. Para llegar ¿a dónde? A la soledad.
Todo ser humano necesita compañía, aunque sea para celebrar su triunfo. Desde el más hostil ser hasta el más necio. ¿Qué sentido tiene llegar a la meta si cuando se llega lo único que nos queda es nuestro propio consuelo?
Es necesario parar a estirar, respirar, encajar los golpes. Llegar a entender el porqué de nuestros actos. Pensar si la felicidad resultó ser algo muy distinto a lo que habíamos imaginado. Y, entonces, reajustar valores, prioridades. Decidir que en vez de ahorrar para irse de viaje ahora es para comprar una casa. O el que quiso comprar una casa tal vez ahora quiera viajar por todo el mundo. Cambiar de planes, de dirección, no es equivocarse, sino reinventarse. No hay errores, tan solo aprendizajes.
Y de todo esto que escribo, lo único que sé con certeza es que mañana es lunes, que hay que ir a trabajar, volver a correr para no perder el autobús, seguir luchando para llegar quién sabe a dónde, hacer malabares para encajar las horas con las tareas y, lo más importante, seguir estando entero al final de la semana.
Pero hoy me permito el lujo de darle al botón Pause a la vida, porque coño, para eso es mía.