sábado, 28 de enero de 2012

Forever young

Tiramos la moneda y salió cruz. Saltamos por la ventana y nos escapamos de casa mientras nuestros padres dormían. Con un brick de sangría en la mano, la adrenalina del momento y el humo del tabaco intoxicando nuestros pulmones salimos corriendo hacia ninguna parte. Basta de caminar, corríamos como quien huye de su peor pesadilla, descalzos por la carretera, alejándonos de una vida llena de sueños sin cumplir, responsabilidades y obligaciones. Nos colamos en la azotea de un hotel y, desde el tejado, nos tumbamos a ver las estrellas mientras ahogábamos nuestras penas en alcohol. Volamos. Cogidos de la mano, corriendo por las calles de Madrid sin ninguna dirección. Quinceañeros, ebrios y estúpidamente felices. Podría vivir colgada de ese momento para siempre. Volvimos a tirar la moneda, salió cara y volvimos a casa con nuestros corazones y pulmones un poco más enfermos, pero algo más felices.




lunes, 23 de enero de 2012

Hakuna Matata

Al tirar una pelota contra el suelo ésta se deforma y, al volver a subir, recupera su estructura original. El ser humano es como esa pelota. Es capaz de retomar su camino y adaptarse a las circunstancias de la vida. Sin embargo, el hombre es el único animal con capacidad de sufrir y padecer lo que piensa igual que si le estuviese sucediendo, haciéndole más frágil y vulnerable. Lo que nos obstaculiza el camino, en muchos casos, somos nosotros mismos. Tendemos a problematizarnos, a hacer de los pequeños problemas una inmensa montaña de arena. La pregunta es, ¿merece la pena? 
Cuentan la historia de dos africanos que montaban en jeep por la ínsula de Madagascar. Habían pasado toda la mañana recorriendo el océano Índico en busca de pescado a fin de provisionarse de alimentos para la venidera época de inverno y alimentar a su familia. Iban a mitad de camino cuando, de pronto, se les pinchó una rueda. Tranquilamente, uno de los dos se bajó del jeep y, al percatarse de lo sucedido, miró a su otro compañero y le dijo sonriendo: Hakuna Matata. (Traducción del swahili: "No te angusties"). Su colega alzó los hombros a modo de resignación, sacó el pescado y se sentaron en medio del camino mientras lo engullían. Entre risas y cantos pasaron la tarde. Pronto llegaron otros amigos en jeep y les ayudaron a reponer la rueda pinchada. Todos regresaron con sus respectivas familias antes de que anocheciera.
"Hakuna Matata" dicen los africanos. ¿Qué habría dicho un ciudadano en medio de la M-30? 
Vive y sé feliz, vive y deja vivir. Ningún problema debe hacerte sufrir. Lo más fácil es saber decir: Hakuna Matata. El dolor es inevitable, el sufrimiento, opcional.


sábado, 21 de enero de 2012

Ella

El cristal reflejaba su silueta, traslúcida y extenuada por el paso de los años. La nítida luz que emergía del espejo se iba atenuando cada vez más, dando paso entre la neblina al reflejo de la distorsión de ella misma. Se detuvo varios segundos, seducida ante tal simple pero a la vez compleja belleza. Frunció el ceño una vez más antes de desistir y se rindió ante la corporeidad que le mostraban sus ojos dejándola estar, dejándose ir. No podía luchar contra ella, pues día a día se había ido alimentando de sus sueños y virtudes, de su alegría y su fuerza. Cada vez que se situaba frente a ella, quedaba hipnotizada ante su fría mirada de cisne. Éste le rodeaba con sus cálidas alas y le mecía suavemente hasta quedar sumida en un dulce sueño de morfina. Narcóticos y sedantes le mantenían abstraída en su pequeña cueva contruída de plumas mientras la figura le iba robando su luz. Los días pasaban y ella se consumía, se sentía débil y cada vez más lejos de la realidad, pero más cerca de lo magnífico, llegando a convertirse en sombra de su propia silueta, una efigie de una moneda. Ella no tenía fuerzas para continuar el camino por sí misma. Creía tener el control, estaba por encima de todo aquello. Se repetía constantemente que nada la cambiaría, solo era una pequeña adicción sobre la que tenía un poder inmenso. Ingenua niña, no sabía que las adicciones le iban envolviendo lentamente. Un pequeño caramelo contenía la dosis perfecta para hacerla caer rendida ante esa droga, creyendo que el cúlmen del éxtasis estaba cerca y, una vez alcanzado, podría dejarla ir, pero ese día nunca llegaba. En realidad, todo estaba fuera de control. Un día se despertó ante el espejo, notando la imposibilidad e impotencia de mover su cara. Los párpados no le respondían y sus labios se mostraban secos e impasibles ante cualquier amago de sonrisa. Parecía que por su piel hubieran pasado años. Cada minuto que pasaba se sentía un año más vieja. El brillo de su mirada se iba consumiendo y la chispa de vida que brotaba de sus pupilas se había apagado de un soplido. La suavidad de su piel tersa, la luminosidad y el volumen de su cabello habían sucumbido ante tales maltratos. El color sonrosado de sus mejillas se había vuelto pálido y cadavérico. Bajo sus luceros se atisbaban unas ojeras de llevar años sin dormir. Quiso correr, huir lejos de aquella figura que se mostraba ante ella flemática e inexpresiva. Quiso liberarse de aquellas cadenas imaginarias que le aferraban firmemente al suelo y le impedían escabullirse a toda velocidad. Quiso gritar tan alto hasta chillarle a las estrellas que ya no quería seguir jugando. Quería cesar ese torbellino de alucinaciones y murmullos que le susurraban al oído que era tarde. ¿Tarde para qué? Quiso despertar de esa terrible pesadilla más no conseguía otra cosa que musitar en voz bajita palabras entrecortadas sin apenas aliento. Qué pequeña se sentía y qué impontente se veía encerrada en ese círculo vicioso que cada día le iba matando un poco más.

jueves, 19 de enero de 2012

Merece la pena



     El sabor a manzana del primer beso. Bañarte desnuda en un pantano. Hacer el amor en la playa. Respirar y correr libre en medio de una carretera. Llorar y reírte hasta que te falta el aire. Bucear en una bañera. Viajar a través de un libro. Esforzarte en conseguir un sueño, aunque al final no lo alcanzaras. Soñar despierta. Conocer gente nueva. Ir a la Universidad. Probar el primer cigarrillo y no poder parar de toser. Acampar una noche para ver las estrellas. Besar a ese chico en la noria. Sentir la emoción de la primera noche que sales de fiesta. Ponerte tacones y maquillarte por primera vez. Sentir las mariposas en el estómago cuando te enamoras. Hacer teatro. Llorar de rabia al sentir celos. Empacharte a golosinas sin tener arrepentimientos. Reírte hasta que duele y tener agujetas al día siguiente. Aprender a montar en bici. Apuntarte a boxeo con una amiga en una época de locura. Cantar hasta quedarte afónica. Ir a los conciertos de tu vida. Gritar como una posesa y ganar un mundial aunque odies el fútbol. El primer amor de verano. Prometerte no llorar más por él. Hacer tortitas a las seis de la mañana después de una noche entera sin dormir. Hablar por teléfono hasta que amanece. Caer en la tentación. Confesar tus miedos a alguien. La primera vez que lo haces y ese dolor de amor. Sentir que el corazón se te va a salir del pecho al verle. Tener miedo de perder a alguien. Cambiar, reconstruirte. Odiarte y juzgarte. Ver que los que te rodean cambian. No saber encajar esos cambios en tus amigos. Sentirte pequeña. Alejarte de los que más quieres. Hacerles daño. Hacerte daño. Buscar ayuda pero, a la vez, querer estar sola. Cambiar de aires, de amistades. Cometer grandes errores. Arrepentirte. Dejar ir a la persona que quieres. Cantar bajo la lluvia. Volver a enamorarte. Bailar en un Starbuck's. Desenamorarte. Contemplar el cielo tumbada en el césped. Tirarte al mar en ropa interior. Tener ganas de morirte. No querer existir. Seguir adelante. Derrumbarte, caer. Volver a levantarte. Bañarte de noche en una piscina. El primer fin de semana que tus padres te dejan sola. Hacer fiestas que se descontrolan. Probar el primer porro. Autosabotearte. Saber qué es lo que quieres y hacer todo lo posible para no conseguirlo. Sentirte engañada. El primer amarillo. Borracheras épicas con tus amigos. Ganas de pegar a alguien. Que te hagan daño. Hacer daño. Descubrir un pequeño lado homosexual. Pedir un condón en la Farmacia. Descubrir el mundo de los adultos y pensar que era más fácil cuando eras pequeña. Dormir con él y no querer separarte nunca. Pensar que ese chico iba a ser para siempre. Creer en los cuentos de hadas. Sentir que puedes volar. Estudiar el día de antes. Agobiarte y pensar que no servía para nada. Perder amigos. Encontrar otros nuevos. Mantener amistades de la infancia. Reencontrarte con exnovios. Volver a empezar. Tirar la toalla. Conseguir superar obstáculos. Pruebas de resistencia de Educación Física que se te hacían eternas. Castigos en los recreos. Pillarte por el chulito de la chupa de cuero del colegio. Viajar. Conocer nuevas culturas, no intelectualmente. Engañar a tus padres y hacer locuras. Llegar a casa con una sonrisa. Sentirte rebelde cuando sales con un amigo que tus padres odian. Aprender, o intentarlo, a tocar la guitarra. Ir al Retiro a pensar. Disfrutar del sol en una mañana de invierno. Pasear. Escribir. Dar de comer a los pájaros. Disfrazarte. Escaparte de casa saltando por la ventana. Ver películas de miedo y no poder dormir. Ir a la biblioteca para hacer de todo menos estudiar. Las excursiones del colegio. Crecer junto a alguien. Hablar por teléfono todos los días con la misma persona y confesarle tus más íntimos secretos. Las fiestas de los pueblos en verano. Escuchar las batallitas de los abuelos. Empezar a apreciar los domingos con mantita y película. Descubrir los secretos de la gente. Tener un alma gemela. Aprender a estar sola. Que te decepcionen. Sentirte espía cuando no paras de cotillear al chico que te gusta. Presenciar un streapteasse. Visitas guiadas a un sex shop. Primeras sangriadas universitarias. Sentir debilidad por los perroflautas de la Complutense. Tomarte una cerveza un miércoles cualquiera. Perder las ganas de levantarte por las mañanas. Los juernes. Recuperar la ilusión. Sentirte como en una montaña rusa. Echar de menos. Recordar viejos tiempos sentada con una vieja amiga y un café. Aceptar tus defectos. No rendirte...

miércoles, 18 de enero de 2012

Adieu


Él- ¿Puedo pedirte una cosa?
Ella- Claro.
Él- Piensa en mí.

Decidí mirar atrás nada más que un momento, echar un pequeño vistazo premeditado, como si fuera fácil dejar de fisgar en el pasado. Acabé enfrascada entre los recuerdos durante horas. Inmersa entre las páginas inundadas de colores, sensaciones e imágenes. Sentimientos ya enterrados emanaban de mi mente deslizándose suavemente y posándose sobre mi hombro con la sutileza de una mariposa. Lo más doloroso es que no hay ni un solo día de cada página en el que no aparezca su nombre. El sabor a manzana del primer beso. La ilusión con la que esperaba a que apareciera en mi portal. La decepción de cuando no llegaba y dejar que pasaran las horas muertas. Las hojas de otoño. Los primeros ocho meses y su frustrante poca memoria para recordarlo. Mentiras, decepciones, discusiones. Las reconciliaciones. Crecer juntos y, poco a poco, madurar. Me hice fuerte junto a él a cada paso que dimos durante cuatro años, pero nadie me enseñó a vivir sin él. Quizá nunca pensé que fuera necesario hacerlo.

No hero


    Se detiene ante el reloj a mirar cómo pasa el tiempo. El que se nos escapa, el que nos hace correr o desear que todo vaya más lento, el que nos hace vivir el presente o nos aleja del pasado. Camina por los rincones de su casa buscando aquellos besos que tanto añora, deseando que pudieran quemarse con la llama de una vela y convertirse en ceniza que acabe barriendo a golpe de rabia, aunque en su recuerdo resulten ignífugos. Se demora ante el espejo para observar su silueta, extraña y desfigurada. Ésta le devuelve una sonrisa burlona y le ofrece una mano invitándola a traspasar el cristal. Abre el grifo de la bañera poniendo el agua caliente hasta que se forma el vaho y dibuja mariposas en el espejo como aquellas que una vez sentía en el estómago. Verte el champú bañando la estancia de burbujas de colores y se entretiene soplándolas haciéndolas ligeras y libres como el cuerpo de una bailarina. Abre el quita-esmaltes humedeciendo una uña sí y la otra no, intermitente, tal y como lo era él, hoy te quiero, hoy no, deshojando margaritas. Se quita la ropa y camina desnuda por la casa y enciende la radio. "The blower's doughter" inunda la estancia y, entonces, el mundo le resulta menos anodino y baila abrazada a un recuerdo. "The shorter story. No love, no glory, no hero in her sky". Una vez alguien le dijo que era imposible estar triste si bailabas con los brazos hacia arriba y sobre una sola pierna. Se mueve al son de las olas y la brisa, aferrada a esa alusión que se desvanece con el ritmo del compás, y enciende la calefacción para alejarse de un invierno que poco a poco le va marchitando. Se siente actriz imaginándose ante un público e interpreta un personaje ficticio, lo cual, tiempo atrás, le habría parecido divertido y ahora solo es una escapatoria para huir de ella misma. Baila hacia la nevera y abre el Lambrusco de ocasiones especiales. Más recuerdos, esta vez una persona diferente y una medio sonrisa se dibuja en la comisura de sus labios. Saborea el vino y el momento. Se concede un día sedentario, baja la persiana y enciende una linterna buscando tesoros llenos de sueños tirados, secretos ocultos o amores ignorados. Entonces desearía que existiera un lugar de corazones rotos perdidos para poder llevar todos esos amores malgastados que alguien olvidó en un bar. Coge un periódico y recorta palabras sueltas formando frases, sabiendo que no es más que otra soñadora que construye un nuevo mundo a partir de un boletín, pero eso le hace feliz. Descuelga el teléfono y permanece escuchando el silencio interrumpido por un pitido sordo para así recordar cómo eran sus discusiones pero, sobretodo, las reconciliaciones. Amontona una pila de CD's, libros y objetos varios en el fondo de una caja de cartón cuyo próximo destino se debate entre el trastero y un cubo de basura. Opta por dejarla ahí, quieta e impasible y la mira con recelo y desasosiego desde una distancia prudente por si los objetos cobran vida y salta algún recuerdo encerrado entre una página, terminando con lo poquito que queda de ella y de su mundo imaginario hecho de papel. Enciende la cafetera en la que quedan suspiros amargos que endulza con azúcar y rabia y mezcla con lágrimas saladas. De su armario caen arco iris de agonía y montones de esperanza por si decide aparecer. Se sienta en el alféizar de la ventana y enciende un cigarrillo fumándose el corazón, que ya solo cuelga de un alambre. Mira hacia el exterior observando a las personas que caminan despreocupadas por la calle y se pregunta si serán felices o si, simplemente, cerrarán los ojos para no ver. Y con esta indecisión advierte el sonido de un llanto procedente de una niña y se percata de que llorar es un instinto natural a pesar de que se prometiera no volver a hacerlo. Y poco a poco va cerrando los ojos a la vez que se va consumiendo el cigarro y mientras va susurrando palabras sueltas de un periódico que dejó de intentar construir para dar forma a su insignificante vida. En su realidad, el mundo se sitúa tras un cristal. Decidió dejar de mirar a través de él y quedarse en su pequeña burbuja. No es el fin del mundo, se repite a sí misma, tras lo cual se sume en un profundo sueño.