viernes, 27 de junio de 2014

No sabes nada

Se suele decir que cuando éramos pequeños no entendíamos nada. Yo creo que cuando crecemos dejamos de entender.
Cuando era pequeña no comprendía la finalidad de un beso. Mi madre me decía, seguramente para ahorrarme las falsas expectativas, que en mi primer beso no habría música de fondo ni violines tocando, pero que sería igual de especial. Pues la verdad, mi primer beso me supo a Chupa Chups de manzana y esa fue toda la trascendencia que le di, salvo que sabía que eso debía significar algo importante. Tampoco comprendía qué tenía el sexo para que a tanta gente le gustara. Cuando lo hice por primera vez, sí, admito que fue especial y romántico, pero no experimenté ninguna sensación placentera. Y aclaro para los escépticos que no solo fue la primera, ni la segunda, ni la tercera. Aún estoy tratando de acostumbrarme. Algo similar me ocurrió con la cerveza, pero oh, con esto me familiaricé demasiado rápido. 
En definitiva, ¿qué quiero decir con todo esto? 
A mí me explicaron que lo bonito de un beso, del sexo o de una cerveza no es el hecho en sí, sino el tener la madurez para poder apreciarlo. Sin embargo, con el tiempo he visto que no todo está en la madurez, que hay cosas que nunca se aprenden porque sencillamente no tienen comprensión. Da igual el tiempo que pase. Hay besos que me seguirán sabiendo a nada. Me acostaré con personas que ocuparán el vacío de mi cama, pero no el mío. No me sabrá igual una cerveza si me la tomo con un amigo o sola. 
Es curioso cómo una misma cosa puede ser algo tan diferente. No es el qué, sino el cómo. El cómo y el con quién
Pero qué complicado es todo esto. Juntar el cómo y el con quién adecuados. Todo se vuelve confuso y nos mezclamos entre demasiados quienes y nos fijamos muy poco en el cómo
¿No era todo más sencillo cuando no sabíamos lo que era? 
La curiosidad mató al gato y, efectivamente, murió sabiendo. Pero quizá nosotros ya lo sabíamos todo. Quizá con el tiempo hemos dejado de hacer lo que nos gusta para acostumbrarnos a hacer aquello que se supone que nos debería gustar. Y por eso, para mí, es ahora cuando no entendemos nada.

domingo, 22 de junio de 2014

Libres

Nunca he sabido leer entre líneas pero sí entre suspiros. 
Sabía que de la misma manera que no debía acercarme a ella un impulso desconocido me incitaba a cogerla por la cintura, empotrarla contra la pared y robarle un beso. Morder la comisura inferior de esos labios que me susurraban desafiantes ¿qué pierdes?. Cogerle un mechón rubio del pelo, enredarlo entre mis dedos, acariciarle el cuello mientras desciende mi mano por su cuerpo. Hasta abajo, follarla sin tocarnos. También supe leer a través de mis piernas, en esa forma mía de cruzarlas, que estaba reprimiendo el deseo de abrirlas y dejarme vencer por las ganas. Pero no, no era lo adecuado. Quizá, en otro lugar y en otro momento, si nadie nos conociera, las miradas habrían ido más allá de lo hipotético. Si nos aceptáramos lo suficiente como para desnudarnos más allá de nuestros cuerpos y mirarnos la una a la otra sin miedo, sin complejos. Aceptarnos. Querernos. Valorarnos. Le habría hecho el amor como nunca se lo hice a nadie. Pero si el miedo a la verdad nos paraliza, si no queremos darnos cuenta de lo que somos, jamás seremos lo que queremos llegar a ser. Libres.

viernes, 20 de junio de 2014

Friends forever

Amistad.
(Del lat. *amicĭtas, -ātis, por amicitĭa, amistad).
f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.


Y ya está, según la RAE esto es la amistad. Yo no sé, quizá es que me complico demasiado y me encanta sacarle punta a todo, pero para mí, desde luego, la amistad va más allá de enviar una solicitud al Facebook y ale, “friends forever”. La amistad, además de desinterés y afecto, implica tiempo. Ni los gustos en común, ni las palabras bonitas, ni los regalos, ni los abrazos. El tiempo es lo que marca el valor de una amistad, la única herramienta de medida para algo tan abstracto. La amistad no se puede medir por intensidad, no es un noviazgo esporádico ni un sentimiento fugaz. La amistad se cocina a fuego lento, sin prisas, con paciencia, tolerancia y reciprocidad, porque no se puede tirar de una cuerda que no está atada a nada. La amistad es el presente construido con las experiencias vividas, pero no se puede basar solo en el pasado. Hoy en día hay muy poquito de eso y demasiados “amigos”, así, entre comillas. Lo cierto es que vivimos en una sociedad en constante cambio, conocemos continuamente a gente nueva y al final no somos más que una estación de tren en la que unos bajan y otros se van. Nos hemos acostumbrado tanto a ver cómo la gente se marcha que llega un punto en el que dejamos de esforzarnos por mantenerlas en nuestra vida. Se ha llegado a desvirtualizar tanto el concepto de amistad que llamamos amigo a cualquiera que conozcamos de hace un par de meses. Y no, no luchamos por nada, y menos por la amistad. Tenemos muchos amigos de “quita y pon”, unos para salir de fiesta, otros para ir a la biblioteca, según nos interese. Si surge un conflicto o encontramos algún defecto tiramos la toalla y salimos corriendo a la primera de cambio, si total, ya conoceremos a otra persona. Yo a un amigo no le pregunto qué tal está, porque sé que con una mirada es suficiente, porque sé que cuando quiera me lo va a contar, porque sé que yo haría lo mismo. Pero no nos equivoquemos, no confundamos la confianza con la incondicionalidad. Una flor si no se riega se acaba marchitando. Lo mismo ocurre con la amistad. “Siempre voy a estar ahí” es algo que se dice mucho hoy en día, pero se cumple muy poco. Somos más de iure que de facto, y así nos va. Pero bueno, todo esto al fin y al cabo es solo una opinión. En un concepto tan abstracto y subjetivo no existe una única verdad, así que quizá lo más fácil sea limitarnos a la definición de la RAE.

jueves, 5 de junio de 2014

Desconozcámonos

Supón que no soy un desconocido sentado en un banco hablándote de algo que no te interesa. Miénteme tus sueños, metas y motivaciones, yo fingiré que presto atención. Hagamos que nos conocemos de toda la vida y obviemos la cháchara de etiqueta, ¿estudias o trabajas? Tan sólo tenemos una noche y estas cervezas, así que dejemos el conocernos y desconozcámonos, desnudémonos, mudémonos la piel con otro cuerpo. Es igual si me llamo Jose o Pablo, si me gustan las películas de amor o la comida tailandesa, si estudio Economía o Derecho, si escucho Jazz o Hip Hop. Mañana te habrás olvidado. Somos dos mentes desconocidas con ganas de follarse, somos dos cuerpos que se atraen por física sin importar la química. No hay motivo ni razón para estar aquí sentados, el uno frente al otro, mordiéndonos los labios por no comernos a besos y, sin embargo, lo estamos. Así que ven, hagamos esta noche lo que nunca podremos hacer. Te prometo que mañana me habrás olvidado.