Una de las personas más sabias que he conocido me dijo una vez que esto que en ocasiones hacemos embadurnando folios con palabras no es más que apoyar el peso de nuestros recuerdos sobre un papel. Y, éstos, a veces, pesan mucho.
Esta vez dejo caer un recuerdo que querría guardar para siempre para poder abrir el baúl de los recuerdos en los peores momentos y poder revivir, manteniendo una pizca de intensidad, un momento mágico como éste.
Recuerdo un lunes a mediodía en el metro de la línea 10 atestado de gente que volvía del trabajo. Había jaleo por doquier para coger los últimos asientos libres. Una mujer apoyaba su cabeza sobre el hombro de un desconocido mientras yo fantaseaba con que soñaba con otro mundo, otra realidad diferente a la rutina. La escena no tenía nada en especial y, sin embargo, jamás me he sentido tan afortunada de ir en aquel vagón en ese preciso instante. Por suerte o por desgracia siempre he tenido cierta debilidad por este tipo de momentos. Y entonces, sucedió.
Se abrieron las puertas del metro y entró un joven de aproximadamente veinte años, aunque en sus ojos se reflejaba una mirada de diez años más. Llevaba una guitarra y una vida a la espalda de haber pasado los últimos años durmiendo bajo un puente. De rasgos africanos y con unos labios agrietados, quizá sedientos de una oportunidad, de un impulso que hiciera girar el puntero de la ruleta de la suerte a la que llaman vida y le cambiara las tornas a su porvenir. Algo más a parte de su controvertida apariencia marcaba la diferencia entre los que estábamos ahí. La sonrisa. Era una sonrisa plácida y sincera desde el momento en el que entró en el vagón Lo paradójico de aquella combinación entre los ojos más tristes que jamás haya podido vislumbrar y aquella sonrisa tan serena llena de paz hacían de su cara un poema. Un poema que comenzó a cantar acompañado de su guitarra. Los pasajeros, absortos en sus pensamientos y preocupaciones, parecían ignorar por completo al joven. Quizá, en lo más recóndito de su subconsciente, alguien prestara atención a esta canción. Escuchar la armonía de aquellos acordes acompañados de una voz tan singular, grave y a la vez dulce, hacía de aquella melodía un sonido celestial. Una canción que comenzaba triste y apagada, poco a poco, iba aumentando su ritmo y volumen hasta hacer de ella una melodía alegre y animada, asimilando la música a la vida de tal forma que esa felicidad acariciaba el alma de quienes la escucharan. Acompañaba con palmas cuando podía y de vez en cuando se podía entrever alguna lágrima deslizándose sobre la curvatura de su sonrisa, que persistía en sus agrietados labios. Aún hoy sigo pensando que él no estaba ahí. Estaba mucho más lejos, en un lugar donde nada ni nadie podría hacerle daño y en el que se sentía en paz. Cuando terminó la canción me percaté de que me había pasado mi estación, pero en ese momento ya nada importaba porque momentos como aquel son únicos en la vida. Tras unos segundos de indecisión me dispuse a aportar una limosna, cuando el joven nos advirtió de que no quería ningún tipo de propina. Solo quería una sonrisa de cada uno de los que íbamos en aquel vagón. Poco a poco se fueron dibujando tímidas sonrisas entre los presentes a las que se unían cada vez más, desencadenando una sucesión de sonrisas amplias y verdaderas. Me sorprendió la facilidad con la que se puede regalar algo tan valioso y sin embargo que lo hagamos tan pocas veces. Por dentro me sentí más pobre que aquel chico. Nunca le volví a ver, pero me atrevería a asegurar que, esté donde esté, estará regalando sonrisas.