miércoles, 25 de noviembre de 2015

El jarrón



      Uno de los mayores miedos de mi infancia fue romper el jarrón que tantas veces me había advertido mi madre que escondiera cada vez que venían amigos a jugar a casa. Claro que, mientras se está concentrado en marcar el gol que lleva a la victoria en la portería creada a modo de sofá, uno no se para a pensar en el jarrón de su madre. Y es así como inevitablemente llega el día en que alguien tira un penalti contra el jarrón y se cae al suelo.

Entonces se hace el silencio. Se intercambian miradas cómplices entre los convictos del homicidio. Llega el momento de la deliberación. O del caos.

Los más prudentes optaban por esconder la prueba del delito. A aquellos que se les daba bien la Plástica trataban de pegar las piezas con Superglú según indicaciones de Art Attack. Tras varios intentos fallidos, en última instancia y por consenso general, se terminó por confesar ante los padres. 
El castigo era merecido, lo cual no quiere decir que fuera instructivo. Seguramente ninguno de los que estábamos aquel día comprendió la importancia del jarrón. Supongo que, unos cuantos años más tarde, cada uno recibiría la lección por separado. 

Sobre la importancia de romperse. Ya sea a reír, a llorar, a vivir. De felicidad, de rabia, de tristeza o de añoranza. En forma de lágrimas, carcajadas, gritos o puñetazos. Romperse en pedazos. Romperse en pequeñísimos fragmentos. Desfigurarse, reencontrarse, buscar la pieza que faltaba, o que sobraba. La pieza que no encajaba. Tirar las que estaban deterioradas. Y, una vez ahí, volver a empezar. Rompernos en pedazos para volver a construirnos, para encontrar la pieza que nos faltaba, o que nos sobraba.

Lo cierto es que ahora pienso que deberíamos haber roto unos cuantos jarrones más.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Rendirse



Rendirse.
A veces uno debe rendirse con alguien para salvarse a él. 
Nos hablan de luchar, de no tirar la toalla, estar siempre al pie del cañón, no sucumbir al derrotismo, salir siempre a flote.
Nadie nos dijo que había gente en el mundo por la que luchar. Que, a veces, debemos dejarlas caer para que no nos arrastren a nosotros. Rendirse en estos casos es la opción valiente. 
Es, quizás, la única manera de seguir luchando.





domingo, 4 de octubre de 2015

La SCRA



La SCRA (Sociedad de Corazones Rotos Anónimos), fundada por Walt Disney en mil años luz a.p.H. (antes de la primera Hecatombe) declara que todo síndrome de abstinencia de amor se manifiesta por una serie de fases entre las cuales destacan la negación o etapa del pavo real, seguida del efecto opuesto al que genera el mismo amor, es decir, la soledad. Dichas fases no son consecutivas, sino intercambiables entre sí, pues al igual que se avanza en el proceso de curación, también se retrocede por medio de los recuerdos embellecedores de la realidad, los cuales generan un alto índice de estancamiento. No por ello deja de ser un proceso evolutivo y dinámico cuyo desenlace será aquel que uno mismo quiera ponerle, siempre de la mano del antídoto idílico: quererse a uno mismo.

Claro que, en la mayoría de los casos llevados a estudio, la realidad no da cabida a las teorías clásicas. Siempre hay variables que se escapan a todo entendimiento humano, ya sea el querer tropezar no una, sino incontables veces con la misma piedra o, incluso, se han observado casos de enamoramiento con la propia piedra, valga la redundancia. Se baraja la posibilidad de que haya en el ser humano cierto gozo en colisionar con aquello que le provoca dolor, similar a las antiguas prácticas masoquistas de algunas civilizaciones más primitivas y comportamiento al que nombran las nuevas corrientes como Autodestrucción o Derrotismo. Algunos escépticos lo denominan ser gilipollas. Ha de tenerse en cuenta que, especialmente en los más avispados, existe un riesgo relativo a la confusión entre la superación del desamor con la búsqueda de otro clavo que, como si de una poción mágica se tratara, ayude a sobrellevar las primeras fases de abstinencia. Como dicen los intelectuales, en ocasiones el remedio es peor que la enfermedad. No sería nada nuevo mencionar las experiencias en las que la búsqueda de un nuevo clavo conllevó al encuentro con un problema mucho más grave. Aclarar que un clavo se puede entender como persona o elemento distorsionador de la percepción de emociones como el Alcohol. No se confunda el lector al asumir dichas afirmaciones como únicas, verdaderas e incuestionables. 

Las nuevas indagaciones respecto al tema están enfocadas hacia el interrogatorio de: ¿Cuánto tiempo tarda en curarse un Corazón Roto? A día de hoy únicamente se ha encontrado como respuesta la confirmación de lo ardua y subjetiva que es la tarea. A cada persona su antídoto, a cada corazón su tiempo, a cada tristeza su sufrimiento.