jueves, 11 de octubre de 2018

Otro viaje

He estado viajando.

Me cambié de país, visité continentes, conocí otros mundos, me mezclé entre otras pieles.
Viajé en dirección a ninguna parte tan rápido como mis ansias por conocer el mundo me pedían. Paré a apreciar nuevos olores y observar estrellas de otros cielos. Conversé con gente de mi edad, pero con doscientos años más de experiencias tras la espalda. Vi el dolor de cerca, me estremecí al sentir la pobreza. Me impregné de cultura, participé en costumbres, conocí lo que es mirar el mundo con otros ojos.

Ha sido un viaje lleno de viajes, pero a grandes rasgos un viaje hacia el exterior, lleno de buenos recuerdos, de experiencias, de revelaciones, de sorpresas. Me han enseñado cosas que me ayudaron en mi vida, he visto otras muchas que preferiría no haber conocido. Pero, al fin y al cabo, aprendí de todas ellas.
Después de cada viaje, al llegar a mi casa, pensaba que da igual lo lejos que uno vaya. Hay barcos que siempre van al mismo puerto, por mucho que uno se empeñe en zarpar hacia otro lado. Hay algunas cosas que son comunes en todas partes. Esas pequeñas grandes cosas que lleva uno dentro.

Como turista aficionada, desde hace no mucho me invaden las ganas de hacer otro viaje. Esta vez un viaje mucho más largo. Un viaje hacia un lugar al que no se puede llegar corriendo. 
Es el viaje hacia uno mismo. El único lugar en el que al visitar solo se puede mirar hacia adentro.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Alto en el camino

       A veces necesitamos parar. Detenernos en seco. Y, entonces, recapacitar.
Recapacitar sobre todo lo vivido. Hacer un balance de las decisiones tomadas y las consecuencias que tuvieron. Preguntarse si mereció la pena tomar el riesgo o si, al contrario, tan solo conseguimos añadir un obstáculo más en el camino.

Puede ser que, al pensar en lo que ha cambiado y en lo que sigue estando igual, se sienta un escalofrío. Es como esa sensación de nostalgia al ver una antigua fotografía. En realidad es el vértigo que se siente ante la inadvertencia del paso del tiempo. A veces los cambios son tan pequeños que a penas son percibidos y, un día, de repente parece que todo ha cambiado. Las personas, los sentimientos, la manera de percibir el mundo.
Hay un hilo imaginario que une a la gente. Lo malo de que sea invisible es que es muy fácil que nos olvidemos de él y, cuando queremos buscarlo después de un tiempo, ya no recordamos dónde estaba. Se pierde el sentido, la conexión. Quizá lo único que une a esas dos personas sean los momentos vividos.
Hay hilos más fuertes que otros y solo unos pocos permanecen para siempre, marcados como con un rotulador permanente. Desde el amor incondicional de una madre hasta el nombre de esa persona que intentamos borrar de nuestra cabeza infructuosamente.

Es bueno pararse de vez en cuando, ser consciente de los pequeños cambios. Apreciar la vida, lo que sigue estando, lo que aún no se ha ido. ¿Cuántas personas pierden lo que tienen por no saber apreciarlo? ¿Cuántas de ellas lo apreciaron cuando ya lo habían perdido?

Se vive tan rápido, se corre tanto, como si la vida fuera una carrera de fondo en la que el ganador es el primero en llegar a la meta. El instinto animal no nos deja ver que los vencedores no son siempre los primeros. En la carrera de la vida, si hubiera que elegir un ganador, probablemente sería el que más disfrute del camino. Sin prisa, a su ritmo, pues la meta no será más que el fin de nuestros días. Y será en ese momento cuando miraremos atrás y hagamos balance. Aquellos que corrieron tan rápido no reconocerán a la persona que ven ante sus ojos. Mirarán a su alrededor, buscando a aquellos que les acompañaron en el camino, sin saber porqué ya no están. En lugar de correr con ellos y ayudarles a levantarse, decidieron seguir adelante por su cuenta. Corriendo tan rápido para llegar los primeros. Para llegar ¿a dónde? A la soledad.
Todo ser humano necesita compañía, aunque sea para celebrar su triunfo. Desde el más hostil ser hasta el más necio. ¿Qué sentido tiene llegar a la meta si cuando se llega lo único que nos queda es nuestro propio consuelo?

Es necesario parar a estirar, respirar, encajar los golpes. Llegar a entender el porqué de nuestros actos. Pensar si la felicidad resultó ser algo muy distinto a lo que habíamos imaginado. Y, entonces, reajustar valores, prioridades. Decidir que en vez de ahorrar para irse de viaje ahora es para comprar una casa. O el que quiso comprar una casa tal vez ahora quiera viajar por todo el mundo. Cambiar de planes, de dirección, no es equivocarse, sino reinventarse. No hay errores, tan solo aprendizajes. 

Y de todo esto que escribo, lo único que sé con certeza es que mañana es lunes, que hay que ir a trabajar, volver a correr para no perder el autobús, seguir luchando para llegar quién sabe a dónde, hacer malabares para encajar las horas con las tareas y, lo más importante, seguir estando entero al final de la semana.

Pero hoy me permito el lujo de darle al botón Pause a la vida, porque coño, para eso es mía.

viernes, 8 de junio de 2018

La raíz

No hay lógica matemática.
No siempre en la vida uno más uno suman dos. 
Y es por eso que sufrimos  
Cuando el sentimiento no va ligado a la razón. 
Algo mal estamos haciendo 
Cuando no escuchamos lo que nos dice el corazón.

Respira, toma aire, mira dentro de ti. 
No hay mejor camino para entender la raíz. 

sábado, 31 de marzo de 2018

El pantano


     Solíamos pasar las tardes de verano en el pantano. Contaban los más veteranos del pueblo que, según la leyenda, había quedado enterrada bajo el agua una antigua civilización de la cual podían verse los restos cuando bajaba la marea al final del día. Así pues, se convirtió en tradición esperar al atardecer para así poder ver asomado, en medio de aquel enorme embalse, el tejado de lo que en su día fue un campanario. 


No hay imagen que mejor represente para mí el fin del verano. Aquellos últimos pero aún calurosos días de agosto en los que el bajo caudal del pantano permitía avistar el tejado del inundado campanario del pueblo. Como si se tratara de una isla en medio del mar, alguna cigüeña posaba tímidamente sus patas sobre el tejado, como queriendo pararse simplemente un momento para observar el cielo anaranjado que quedaba tras la puesta de sol.


Y así, sentados desde la orilla con esa imagen en nuestras retinas, cantábamos canciones de la infancia al son de la guitarra. La sangría acompañada de una barra de fuet mordisqueada, la brisa del atardecer y las risas cómplices entre los amores de verano que pronto acabarían era nuestra única forma de entretenimiento. Las chicas en top, entrando en el agua y quitándonos el bikini para saludar a los chicos desde ahí, con la parte de arriba en la mano. Hasta que un día entraron corriendo y tuvimos que volver a ponérnoslos. Encontrar el tronco de un árbol flotando y usarlo a modo de balsa, remando con los brazos hasta acabar extasiados. Aprender a hinchar una balsa entre todos nuestros pulmones e intentar llegar con ella al otro lado.


Fueron muchas las tardes que pasamos en aquel pantano. Cualquiera querría haberse quedado en esos veranos toda la vida, cuando nuestra máxima preocupación era la incertidumbre ante el nuevo curso escolar por empezar o los amores platónicos que por aquel entonces parecían inalcanzables. Al igual que el pueblo que había quedado para siempre bajo el agua, nosotros también nos sentíamos eternos.


Hoy volví al pantano. Quizá porque aún no es agosto y tan solo estamos a marzo, me aferro al pensamiento iluso de que esos días aún no han acabado. Sin embargo, observo el agua que parece estar a punto de desbordarse por la incesante lluvia y no logro divisar señal alguna del tejado del campanario, haciendo que esos días de verano queden aún más lejanos. Como si de un vago recuerdo se tratara, cae la nieve sobre la orilla y el frío viento desdibuja mi memoria.



viernes, 2 de febrero de 2018

El arte de perder

No sé hasta qué punto hay una clara prueba que evidencie lo siguiente pero, de vez en cuando, algo debe morir en nosotros. 
No sabría explicaros exactamente el qué, ni en qué momento determinado. Es como cuando muere una estrella. Tan solo la apreciamos cuando ya no está en el cielo, y sabemos que fue, y siempre será, una estrella que brilló hasta el último de sus días. 
Sin un destello que nos sirva como prueba inequívoca de su existencia, un día algo se apaga en nosotros, y no nos queda posibilidad alguna de volver a ser quienes éramos antes. Quizá, como mucho, un agujero en el ombligo donde antes había un piercing o una revista porno bajo la almohada. Ya os digo, no hay, a día de hoy, estudio alguno que verifique lo dicho. 
Lo que sí que os puedo asegurar es lo bonito que es perder cuando ello deja espacio para algo bueno. 
Os hablo del arte de perder.
Pues al igual que puede hallarse belleza en el dolor, también se puede encontrar en la nada. El arte de perder consiste en sentarse con el vacío, cerrar los ojos y dejar que nos mezca. Es la práctica deliberada de no intentar hacer nada. Dejar que venga todo. Es aprender a esperar lo que tenga o no que llegar, evitando las conversaciones vacías y la cháchara barata, el hablar de todo y no decirnos absolutamente nada. 
El vacío, el silencio, la nada. 
Morir por dentro y sentirnos libres.

martes, 9 de enero de 2018

Olas

En todo momento de la vida siempre hay dos tipos de personas para algo. En esta etapa de la mía, hay claramente dos. Las que se sientan en la orilla a observar las olas y las que se lanzan al mar a surfearlas.

Hubo un tiempo, quizá más próximo a la niñez o adolescencia, en el que pertenecí al primer grupo. Siempre miraba con algo de miedo, pero a la vez asombrada, aquellos cuerpos que, sin temor aparente, se fundían victoriosos con las olas y regresaban joviales a la marea en busca de la siguiente sacudida. Nunca sentí envidia por ellos, tan solo asombro y curiosidad. Algo de anhelo quizá. 

Así pues, un radiante día de verano en el que el mar se mecía calmado y la brisa  era suave, decidí coger la tabla y acercarme sigilosamente a la orilla. Con risa nerviosa, dubitativa y tras varios intentos fallidos, metí un pie en el agua. 
¡Qué frío! Por poco me da algo del susto. Miré atrás, asustada, y ahí estaba mi madre. Toda ella, sentada en la orilla y sonrisa serena, saludándome desde lejos. ¡No pasa nada cariño! 
Como si un motor le hubiera dado cuerda a mi valentía, inspiré hondo, atrapando todo el aire que cabía en mis pequeños pulmones, y me lancé al mar.



Y menuda pasada.

Todo ese oleaje, yendo y viniendo, arriba y abajo. Qué sensación. Flotar, nadar, bucear, surfear. ¿Cómo pude haber tardado tanto? La vida es mucho más maravillosa cuando se vive desde dentro. Qué experiencia, qué locura. Mira cuánta gente hay alrededor moviéndose al compás de las olas. Cuántas cosas hay más allá de lo que la vista puede alcanzar desde la orilla. Y... cuando menos te lo esperas... ¡Oh no! ¿Qué es eso? ¡Mam....!



¡Glup! Me hundí.

¿Hola? ¿Dónde estoy? ¿Pueden oírme? Parece que de repente todo se mueve más despacio. Hasta yo. 
Cambian los colores. Los sonidos son como un eco. ¿Qué hay ahí? ¡Es un coral! No puede ser. Los cangrejos están cantando. Los peces bailando. ¡Hay una sirena moviendo su roja melena al compás de los timbales!


Y, poco a poco, a medida que alcanzo mayor profundidad, mayor amplitud de visión voy perdiendo. Los objetos se confunden con las sombras, los sonidos con siseos, la risa con  llanto, la vida con parodia. Es como si todo fuera... Subreal.



Hay quien dice que ver la oscuridad no es malo. En cierto modo nos recuerda que algún día vimos la luz. 
Yo, que quise unirme al club de los surfistas, nunca pensé lo que significaba estar en la cresta de la ola. En ningún momento se me pasó por mi inocente chica cabeza la remota posibilidad de que todo lo que sube en esta vida baja, por inercia. Que, por muy obvio que parezca, "estar en las nubes" conlleva a estar más lejos de la tierra. Del tacto del suelo. De un beso con sabor a sal, del Sol calentando mis mejillas, de un te quiero en forma de risa. 
De la nota sol de un piano, de un plan improvisado, de todo lo bueno que me ha pasado. 

sábado, 23 de diciembre de 2017

Volver

Volver a casa no es sólo volver. 
Volver a casa es entender que ya no eres el mismo que se fue.
Más viejo, más cansado, menos ingenuo. 
Volver a casa es un punto de inflexión. Sentir cómo el peso de las expectativas que un día soñamos recaen sobre nuestros hombros. 

Lo bueno de volver a casa es que siempre encuentras algo que te recuerda a ti. A quién eras, qué queda de lo que fuiste. Esos pequeños matices que siguen con nosotros, que resistieron a borrarse a pesar del paso del tiempo.

Volver a casa es mirarle a los ojos a los fantasmas del pasado. Reírse de ellos. Darse cuenta de que no eran para tanto, que otros aún siguen persiguiéndonos. Mirarse en los espejos de la infancia y encontrar en su reflejo a alguien diferente. Reforzar en las nuevas líneas de expresión dibujadas en el rostro la idea, quizá en un pasado más etérea, de que el tiempo es limitado. Y caduco. Confirmar que aquello que se pierde, ya no vuelve. Sentir la ausencia de los que ya no están, las heridas que han curado, las que aún siguen cicatrizando.

Pero volver a casa es también valorar lo que perece. La compañía de los que siempre están en casa cuando vuelves. Y entonces pensar que tampoco todo ha cambiado tanto, que para tu abuela siempre seguirás siendo un poco más alto. 

Volver a casa es abrazar a la nostalgia y sentirse reconfortado.