sábado, 29 de agosto de 2015

A tomar viento



Cabréate con el mundo. Ni te decepciones, ni te entristezcas, ni seas escéptico, ni se te ocurra pagar el pato con el vecino, pero ni mucho menos te rindas. Cabréate con todas y cada una de las letras que componen la palabra. Y es que es necesario expresar el propio cabreo de la forma más sana, que es gritando o pegando un puñetazo a una puerta. Que no te engañen y te hagan contar hasta diez. Todo sea por no llegar al derrotismo tras el cual nos alejamos del mundo y nos anulamos a nosotros mismos. Porque precisamente es la negación de lo que sentimos lo que nos hace perdernos quiénes somos. Somos nosotros cuando sonreímos pero también cuando nos enfadamos. Y ahí es cuando más que nunca hay que conocerse. Qué maravillosos somos todos en los mejores momentos, cuando la vida parece que nos va sobre ruedas y desprendemos esa aura de alegría que hace que se nos acerque todo el mundo, especialmente las moscas cojoneras que necesitan descargar toda su porquería, por no decir un sustantivo más maloliente, en el cuenco que formamos cuando decidimos empatizar. Sí, empatizamos, pero cuando el cuenco rebosa de la sustancia que no nombré llega el momento de emigrar a personas mejores, con vistas más bonitas a un futuro de reciprocidad en la escucha activa. Así que cabréate, apúntate a clases de boxeo, pon Hard Rock FM al máximo y canta como si no hubiera un mañana, emborráchate sin llegar al coma etílico, conversa con aquel que te sepa aconsejar, pero sobretodo escuchar, descárgate con todo el derecho del mundo y di las cuatro palabras bien dichas con las que siempre amenazas decir, pero nunca dices. Críticas van a haber siempre, hacia el que se cabrea a la mínima pero sobre todo hacia el que no pone nunca queja alguna, el “pringao” de turno, el que termina siempre responsabilizándose de las desgracias ajenas. Dado que por inercia el ser humano tiende a hacerle un traje a medida al que está de espaldas, por lo menos propiciemos que tenga tela suficiente. Suele coincidir en estos casos que cuando hay leña que echar al fuego uno no tiene chispa necesaria para hacerla prender. Dejemos que las personas se dirijan hacia la crítica cuando no tengan nada mejor que hacer, para al menos mantenerles ocupados sin entrometerse en nuestros planes. Y si lo hacen sin reparo, que a nosotros tampoco nos lo de decir lo que pensamos. Juicios, reprobaciones, ataques gratuitos, comentarios, apostillas y notas de pie de página vamos a tener siempre, pero detrás de todo eso se esconde una única razón, la envidia. Envidia hacia aquel que se encuentra a gusto consigo mismo. Parece que tenemos miedo a conseguir lo que nos proponemos, porque quizá, tras todas aquellas excusas que nos inventamos para no hacer algo, lo único que se esconde es el miedo a hacerlo realidad y que nos envidien por eso. Que no nos frenen. Sabrás discernir entre quién está en tu vida porque realmente te quiere y se alegrará por ti, y aquel que tan solo está porque te tiene de objeto multiusos. Así que no tragues más, tan solo si te apetece hazlo en una cama, teniendo claro que también te criticarán por ello. Pierde todos los papeles que quieras menos los tuyos. Deja de domar a la bestia que llevas dentro porque siempre acabará saliendo. En definitiva, haz lo que te de la gana, por eso mismo tampoco me hagas caso. Sé quien tú quieras ser. Sabrás así que todo lo que has conseguido ha sido por quien eres, no por quien los demás quieren que seas. Que no te engañen los anuncios, sin azúcares añadidos, sin mentiras ni represiones. Comprendamos de una vez por todas que es ahora el momento de cagarla.