ahuyentando la lluvia y trayendo el verano.
A pesar de los incesantes llantos,
siempre estuve rodeada de personas que me sacaron una sonrisa.
Esa sonrisa me acompañó y se quedó a mi lado,
durante veinte años.
Cuando eres niño la vida es un recreo,
el tiempo verbal es el presente,
y la felicidad se encuentra en lo que dura un caramelo.
No hay palabra más sincera
ni tristeza más pasajera
que cuando eres niño.
Las inseguridades y las dudas fueron mis pesadillas.
Me persiguieron durante un tiempo y,
aunque hoy aún no se han ido,
por entonces corría hacia mis padres
pensando que así se irían.
Tuve grandes amistades,
algunas permanecieron y otras se fueron,
pero todas ellas conformaron la raíz del árbol
que constituyen lo que hoy soy.
Ahora que he crecido,
que el tiempo verbal es el futuro,
que la felicidad que entiendo no es pasajera
y la sinceridad no se encuentra en las palabras,
sino que se ve en las miradas,
he aprendido a no abrir puertas del pasado,
he comprendido que aún quedan muchas por abrir,
y a pesar de que algunas puertas me dieron en las narices,
he tenido el valor de cerrar otras que dejé entreabiertas
y que solo servían para dejar pasar el aire.
Aquella niña se va alejando en el pasado
y aunque sepa que aún sigue conmigo
a veces olvido que está ahí.
Pero de vez en cuando reaparece,
gracias a personas especiales
que te hacen reír, sentir, recuperar esa ilusión,
igual que cuando era una niña.
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