Los recuerdos tras una noche de borrachera se tergiversan de tal manera que acabamos idealizando lo que en realidad fue una noche sin importancia, sin música de violín de fondo ni fuegos artificiales más allá de la chispa que deja el mechero tras encender un cigarro. Sin silencios más sinceros que los que quedan mientras dura la respiración entrecortada entre un orgasmo y otro. Sin palabras más profundas que el agradecimiento del camarero tras pagar las copas de las que se perdió la cuenta. Siendo el único candado abierto el de unas piernas sin necesidad de usar ninguna llave. Y, sin embargo, las noches, al igual que un chubasquero, se vuelven reversibles, haciéndonos creer que la sensación del espejo sobre una espalda fue lo único frío que quedó en el alma. Y aun sabiendo todo esto, mientras tanto, nos desnudamos en el baño de aquel bar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario