lunes, 6 de abril de 2015

Ella tenía sus motivos



La habitación olía a muerte y a desesperación. No había más vida que la de las hormigas carroñeras recorriendo el parqué en dirección a su presa. La silueta del frío cuerpo que yacía tendido sobre la alfombra del salón quedó congelada en el tiempo. La forma de sus manos declaraba la única rendición que no se puede refutar, aquella del que se rinde ante la vida. De su boca emanaba el silencio atormentado por un grito de auxilio que nunca se dio, un grito que quedaría estancado entre sus agrietados labios para siempre.
Al morir, pensó que nadie lloraría su pérdida. Jamás imaginó que su marido pasaría el resto de su vida atormentado pensando en cuánto la quería, aunque se lo demostrara con otras. Ella tan solo decidió afrontar la muerte en lugar de la vida. Aquel día se cansó de esperar al destino. Lanzó una moneda al aire y la cogió antes de que saliera cara o cruz.
Ella tenía sus motivos.

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