He estado viajando.
Me cambié de país, visité continentes, conocí otros mundos, me mezclé entre otras pieles.
Viajé en dirección a ninguna parte tan rápido como mis ansias por conocer el mundo me pedían. Paré a apreciar nuevos olores y observar estrellas de otros cielos. Conversé con gente de mi edad, pero con doscientos años más de experiencias tras la espalda. Vi el dolor de cerca, me estremecí al sentir la pobreza. Me impregné de cultura, participé en costumbres, conocí lo que es mirar el mundo con otros ojos.
Ha sido un viaje lleno de viajes, pero a grandes rasgos un viaje hacia el exterior, lleno de buenos recuerdos, de experiencias, de revelaciones, de sorpresas. Me han enseñado cosas que me ayudaron en mi vida, he visto otras muchas que preferiría no haber conocido. Pero, al fin y al cabo, aprendí de todas ellas.
Después de cada viaje, al llegar a mi casa, pensaba que da igual lo lejos que uno vaya. Hay barcos que siempre van al mismo puerto, por mucho que uno se empeñe en zarpar hacia otro lado. Hay algunas cosas que son comunes en todas partes. Esas pequeñas grandes cosas que lleva uno dentro.
Como turista aficionada, desde hace no mucho me invaden las ganas de hacer otro viaje. Esta vez un viaje mucho más largo. Un viaje hacia un lugar al que no se puede llegar corriendo.
Es el viaje hacia uno mismo. El único lugar en el que al visitar solo se puede mirar hacia adentro.
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