domingo, 28 de abril de 2013

Equilibrio


No me sale la cuenta de los besos que he dado, las mentiras que he contado ni las camas en las que he dormido. Puede que me acuerde de algún corazón que he robado o de los ojos más bonitos que jamás haya podido ver, de momentos con sabor a cerveza, café o a tierra mojada cuando llueve. Rompí promesas sin quererlo, hice otras sabiendo que no llegaría a cumplir, también se desvanecieron sueños y la ilusión estuvo a punto de dejarme una nota de despedida, pero tarde o temprano siempre regresaba, asomando su cabecita entre los resquicios de la esperanza. Compré miles de objetos que ahora solo ocupan un espacio de algún cajón, vendí recuerdos de personas que hoy aún me ocupan el corazón, y a veces me pregunto si tendrán intención de marcharse o si piensan quedarse ahí toda la vida. Bebí para esquivar preocupaciones y al día siguiente éstas reaparecían con resaca para recordarme que todavía seguían ahí. También luché por personas en las que no creía o sin saber exactamente lo que esperaba de ellas. Sin rumbo, sin dirección, conduciendo a toda velocidad por una autopista que me llevaba a una balanza que pesaba a un lado los sueños y al otro la realidad. 
Tardé un tiempo en comprender que vivir a base de sueños es permanecer ajeno al mundo, que no tenerlos es vivir muerto y que buscar el equilibro nos acaba volviendo locos. El mundo está loco. Así es la vida en realidad, tan desequilibrada como lo es el ser humano. El error es buscar la perfección y lo absoluto, dar por supuesto que somos inteligentes porque alguien dijo que el Homo Sapiens lo es. Nadie nos advirtió de que una vez que nacemos nos vamos muriendo un poco más, que hay que vivir haciendo lo que a uno más le guste y, en ese finito proceso, nuestra balanza de la vida se irá desequilibrando hacia un lado u otro, conformando nuestras imperfecciones que, si bien nos hacen menos bellos, completan lo que somos, irrepetibles en la historia.


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