Pues sí, he de confesarlo. He sobrevivido a un fin de semana pijo y ha superado todas mis expectativas. He de aclarar que éstas no eran muy altas, pero aún así merece la pena ser relatado. Como cabe esperar de cualquier experiencia vivida fuera del entorno al que uno está habituado, uno reflexiona, saca sus conclusiones y, lo más importante y motivo por el cual he realizado tal experimento, decide.
Que sí, que no les falta razón ni motivos a aquellos que evitan pagar para entrar en una discoteca, las aglomeraciones y vestir de etiqueta para salir una noche. Que entiendo a los que apuramos al máximo el plato en un restaurante caro, bueno, o de un Vips; a los que nos emborrachamos a base de litronas; a los que nos gusta salir "de tranquis"; a los que aprovechamos todos los "dos por uno". En definitiva, a la clase social media.
Sé de sobra que no tiene el mismo valor conseguir las metas por méritos propios a que vengan infundidas por tener un apellido o, ya ni por "ser hijo de", tan solo por "acostarse con". No estoy a favor de la hipocresía, del colmo de lo refinado, de los excesos del adinerado ni de las jactancias de los pretenciosos. Tampoco soporto las miradas por encima del hombro, los comentarios que comienzan con la expresión "en plan" y a los que precede un "o sea", ni tampoco a aquellos que beben Ginebra con Fanta Zero sin azúcar añadido, como si el alcohol no engordara per se. Vaya, que podría seguir añadiendo innumerables estupideces a la lista, pero hoy no voy a hablar de eso. Por una vez, no voy a poner a parir a los de siempre.
Tú, ciudadano de clase social media, debes vivir un fin de semana pijo. Ya no solo por el hecho de que para poder opinar debes probar, va más allá de eso. Voy a que vivimos tan ofuscados en la realidad, criticando a aquellos que tienen más dinero y lo que tristemente conlleva a ello, oportunidades, que no nos damos cuenta de que estamos viviendo obsesionados por la vida de los demás y no por la nuestra, obviando lo que tanto enjuiciamos, la humildad. Establecer fronteras y diferenciarnos unos de otros como si viviéramos en mundos aparte no hace más que impedir conocer, aprender, compartir, comparar y llenar nuestras cabezas de ideas neutrales. Claro que jamás viviremos ecuánimes, uno siempre tira para un lado, pero al menos, cuando decidas, ten claro porqué te has posicionado de un lado y no del otro y que esta franqueza sea fruto de la experiencia, no de juicios preestablecidos. Párate a pensar, ¿hasta qué punto somos libres? ¿Hemos decidido siguiendo siempre nuestras propias ideas? Como dicen en la película Dogma, "el hombre se ha equivocado al coger una buena idea y construir sobre ella una estructura de creencias". Aprender a rechazar con criterio hace que el hecho de negar andar un camino no sea sinónimo de perder, sino oportunidad de ganar.
Y por hoy, ya, dejo de dar el coñazo.

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