Somos anclas. A veces nos hundimos por nuestro propio peso. Por el peso del paso del tiempo que llevamos arrastrando nuestras lacras. Y éstas, cada vez, pesan más.
Levar el ancla es impensable cuando a uno se le ha olvidado nadar. Será que la esperanza se quedó en tierra y solo nos queda hundirnos en el mar, aferrarnos a la oscuridad.
Quizá algún día este ancla aprenda a flotar. Tal vez fue diseñada para permanecer ajena al mundo, a la deriva, observando los barcos que vienen y van. Como un vendaval, sin luchar contra viento y marea. Dejándoles ganar. Anclas perdidas en pos de una libertad.
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