Yo tenía una amiga ciclotímica, anoréxica y puta.
Era divertido observar cómo se limaba las uñas solo los días de lluvia. Cómo cantaba canciones que llegaban al alma, sonreía y se fumaba una pipa mientras decía: es que cantar me quita el hambre. Ella lo llamaba vida. Yo añadía en mi cabeza "tirada por la borda".
Un día caminaba hacia su casa. Había comprado una aguja y tinta para grabarnos en la piel algún símbolo satánico de esos que duelen solo de verlos. No sé, lo cierto es que a mí no me gustaban. Ya estaba llegando al portal cuando vi unos pies colgando del alféizar de la ventana. Era un día gris. Ahí estaba ella, sentada desde el séptimo piso con la mirada perdida, su mano sosteniendo un cigarro y el filtro manchado de carmín rojo. Pasé por delante de la ambulancia y subí los siete pisos por las escaleras. A cada escalón que subía tranquilamente, una posibilidad nueva se me ocurría. Sí, no, sí, no, sí, no. Solo era otro intento de llamar la atención, pensaba. Una forma cobarde de afrontar la vida, decían. Luego llegaba a su cuarto y me esperaba tumbada en la cama riéndose a carcajadas como diciendo: "eres un pringado, en la vida me suicidaría tirándome por una ventana". Ella era más de disecarse y colgarse a modo de cuadro para decorar el salón de su casa. Entonces yo me cabreaba y me daban ganas de facilitarle la vida tirándole por la ventana.
Pero yo verdaderamente la admiraba. Me apasionaba esa manera tan suya de desafiar las leyes de la física. A veces me imagino que si fuéramos piedras la mayoría de nosotros seríamos lanzados en forma de parábola y caeríamos al suelo sin más. Pero ella era tan inalcanzable y testaruda que daría dos vueltas de espiral en el aire y saldría disparada al infinito.
Y en los días buenos, ah, era la persona más feliz y jodidamente loca del universo. Sus dos horas de alegría compensaban las semanas de autodestrucción y derrotismo. Era como un chute de heroína, un orgasmo, felicidad en estado puro, hasta me dolían las mejillas de tanto reír. Debe ser agotador ser tan intensa.
Algunos dicen que hay que ser bueno en la vida, no sé porqué la frivolidad está tan mal vista. A mí me parece mucho más auténtica. Así que yo qué sé, la utilicé. En aquella época me aburría tanto que tan solo me dejé arrastrar por su locura y ella era mi evasión, mucho mejor que la cocaína, os lo juro. Siendo francos, en el fondo sabía que nunca alcanzaría tal grado de excentricidad por mucho que ella me cogiera de la mano y me llevara por sus caminos de la amargura. Pero era de estas épocas en las que corre la brisa y hace sol, y ya está, no piensas en nada más. Dejó de existir el tiempo, el tic tac lo marcaban nuestros corazones, confirmando así lo que nos temíamos los dos. Eso de que la vida es tan paradójica que en la locura se encuentra la armonía.
Lo cierto es que para mí solo fue un capítulo más de mi biografía a escribir. He de reconocer que a veces extraño esa inestabilidad, esa Kurt Cobain mujer, esa locura transitoria de vida. Tan solo es una chispa de nostalgia. Con el tiempo suele pasar que el ser humano crece y madura, al menos eso dicen. Yo me quedé por el camino, pero cuando paso por su casa me doy cuenta de que ya no soy el mismo. Ya no miro atrás para ver si están los pies colgando de la ventana, más que por miedo a encontrarla, por no tener que enfrentarme a esa mirada. La mirada que dice: "¿Por qué has tardado tanto?".

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