Amistad.
(Del lat. *amicĭtas, -ātis, por amicitĭa, amistad).
f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido
con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.
Y ya está, según la RAE esto es la amistad. Yo no sé, quizá
es que me complico demasiado y me encanta sacarle punta a todo, pero para mí,
desde luego, la amistad va más allá de enviar una solicitud al Facebook y ale, “friends
forever”. La amistad, además de desinterés y afecto, implica tiempo. Ni los
gustos en común, ni las palabras bonitas, ni los regalos, ni los abrazos. El tiempo
es lo que marca el valor de una amistad, la única herramienta de medida para
algo tan abstracto. La amistad no se puede medir por intensidad, no es un
noviazgo esporádico ni un sentimiento fugaz. La amistad se cocina a fuego
lento, sin prisas, con paciencia, tolerancia y reciprocidad, porque no se puede
tirar de una cuerda que no está atada a nada. La amistad es el presente construido
con las experiencias vividas, pero no se puede basar solo en el pasado. Hoy en
día hay muy poquito de eso y demasiados “amigos”, así, entre comillas. Lo
cierto es que vivimos en una sociedad en constante cambio, conocemos continuamente
a gente nueva y al final no somos más que una estación de tren en la que unos
bajan y otros se van. Nos hemos acostumbrado tanto a ver cómo la gente se
marcha que llega un punto en el que dejamos de esforzarnos por mantenerlas en
nuestra vida. Se ha llegado a desvirtualizar tanto el concepto de amistad que
llamamos amigo a cualquiera que conozcamos de hace un par de meses. Y no, no
luchamos por nada, y menos por la amistad. Tenemos muchos amigos de “quita y
pon”, unos para salir de fiesta, otros para ir a la biblioteca, según nos
interese. Si surge un conflicto o encontramos algún defecto tiramos la toalla y
salimos corriendo a la primera de cambio, si total, ya conoceremos a otra
persona. Yo a un amigo no le pregunto qué tal está, porque sé que con una
mirada es suficiente, porque sé que cuando quiera me lo va a contar, porque sé
que yo haría lo mismo. Pero no nos equivoquemos, no confundamos la confianza
con la incondicionalidad. Una flor si no se riega se acaba marchitando. Lo
mismo ocurre con la amistad. “Siempre voy a estar ahí” es algo que se dice
mucho hoy en día, pero se cumple muy poco. Somos más de iure que de facto, y así
nos va. Pero bueno, todo esto al fin y al cabo es solo una opinión. En un
concepto tan abstracto y subjetivo no existe una única verdad, así que quizá lo
más fácil sea limitarnos a la definición de la RAE.
No hay comentarios:
Publicar un comentario