viernes, 8 de agosto de 2014

Find what you love and let it kill you

El tocadiscos seguía girando a su mecánico compás, emitiendo como único sonido el desliz de la aguja haciendo surcos sobre el disco de vinilo. Los Pink Floyd ya no se escuchaban, pero se respiraban en el aire junto con el aroma del sexo, el sudor, el semen y el papel de liar. You are young and life is long and there is time to kill today. Las copas de caipirinha a medio acabar reposaban sobre la mesilla de cristal, medio llenas o medio vacías, pero inacabadas. Como en el cuento de Pulgarcito, un rastro de ropa interior dibujaba un sendero en el suelo del pasillo que se extinguía en la cama. Una lámpara roja tirada sobre el suelo daba a la habitación un toque de caos e intimidad. Los libros de la mesilla de noche eran los únicos testigos de lo que se había producido unas horas antes en aquella noche improvisada. El olor de unas sábanas recién lavadas con un toque de incienso representaba el paralelismo de aquella noche incierta, sin sentido, ocurrentemente aleatoria. El tic tac del reloj de la cocina recordaba que el tiempo, aparentemente detenido, aún dictaba las leyes de la física. Pero, por un momento, para ellos ni siquiera existió la gravedad. Como si la singularidad espaciotemporal se hubiera deformado y hubiesen sido capaces de viajar a la velocidad de la luz. Un grito, un suspiro, un orgasmo. Un instante, una explosión, el Universo, el Big Bang.
Miraba el techo desde la cama y pensaba en las palabras de antes del sexo, aquellas que hablaban sobre conocerse a uno mismo. Quizá la clave de todo residía en sentirse en paz. Tal vez había encontrado la manera de reconciliarse consigo misma. Entonces se dio cuenta de que no era la caipirinha, ni aquel piso en Lavapiés, ni siquiera la persona. Lo que aportaba la magia era la incertidumbre de aquel futuro que se le extendía ante sus ojos, la belleza de lo desconocido, la posibilidad de reinventarse a uno mismo debido a la corta pero categórica distancia que separaba el pasado del recuerdo, el futuro de la predicción. Rápidamente se vistió, se fumó un cigarro y, sin hacer ruido, dejó aquel piso atrás junto con sus inseguridades. Salió del portal, se puso las gafas de sol y decidió ir a comerse el mundo. Nunca olvidaría aquel momento de ese día soleado mientras paseaba por la calles de Lavapiés. Aquel instante era paz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario