viernes, 17 de octubre de 2014

Todo y nada

Las personas son complicadas. Complicadísimas. No es que sea algo personal, solo es que odio las contradicciones. Reconozco que a veces pierdo los papeles y el juicio, pero lo que no pierdo es el tiempo, y menos en tratar de convencer a quien no quiere razonar. O no puede. Que sí, que puedo jugar al azar, a deshojar margaritas y a mentir una vez sí y otra no, aleatoriamente, como cuando dos que se hieren fingen que se quieren. Qué irracional y habitual es el hecho de no saber querer sin herir. Pero todo eso es lo de menos. Lo que ocurre es que existen ciertas personas, acaso caracterizadas por tener una personalidad aparentemente estoica, que encuentran de su agrado seguir una tendencia contradictoria. Esa peculiar necesidad de desear todo aquello que no se tiene hasta tal punto de despreciar lo que un día anhelaron. Cierta tendencia, al igual que la estupidez y las arrugas, se va acentuando a medida que pasan los años.  Lo más curioso de todo esto es la obcecación en no aceptar que son sus putas ganas de tenerlo todo lo que hace que siempre les falte algo. Llamémoslo déficit de serotonina, yo lo veo más una carencia de madurez. No hablo de no tener nada, sino de tratar de tenerlo todo. Hablo de aquellos que saben lo que quieren ser sin tener ni la menor idea de quiénes son. Los que quieren que en las buenas seamos los malos y en las malas, los buenos. Que perdamos la cabeza cuando ellos se vuelvan cuerdos. Que los viernes sean tristes y los lunes soleados, y que todo lo que hayas podido saber de ellos tan solo sea el boceto de un cuadro. Que les odiemos cuando nos quieran y que apaguemos la luz cuando nuestras dudas se enciendan. Que las cosas sigan siendo igual que las recordaban cuando no se acuerdan ni de quiénes eran ellos y que nos digamos adiós sin habernos presentado. Que cuando hablemos de lo mismo no nos digamos nada y que ese silencio se llene de lo que no les decimos. Que desconfíes de la gente mientras saborean el caramelo de un desconocido y que les empotres contra la pared cuanto te pidan un abrazo. Lo que quieren es  que seas más ellos y menos tú. En definitiva, es quererlo todo y a la vez nada.

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