El problema es
que pensamos que la gente es de verdad. Ya ves tú, como si el decir un te
quiero antes de tiempo nos fuera a librar de la catástrofe. Pero somos
impetuosos y nos adelantamos a los acontecimientos antes de ni siquiera haber
llegado al segundo plato. Prometemos y perjuramos, y nos encadenamos para
después querer desatarnos, así de rápido. Pasamos del estado líquido a gaseoso
sin haber alcanzado el punto de ebullición, y luego nos extraña que las
personas nos duren tan poco. Pero si ya no duran ni los móviles. Se ha reducido
todo a la mínima expresión. Los mensajes cada vez llegan más rápido y son más
cortos, la inocencia cada vez se acaba antes y cada vez hay más eyaculadores
precoces. ¿Dónde quedó la naturalidad? Hoy en día nacemos con un kit de
supervivencia básico. Una regla y un compás. Medir lo que ofrecemos en función
de lo que queremos obtener no es real, es automatismo, es el puro raciocinio
llevado a la absurdez absoluta. “No le cojo de la mano porque si no va a pensar
que me gusta”. Pero en cambio no pasa nada por cogerle de la polla. ¿Nos hemos
vuelto locos? No sé vosotros, pero yo sí. Me parece menos loco hacer locuras
por amor que conocer, desear, follar y
desaparecer. En nuestro mundo al revés los desconocidos son de los pocos de los
que nos podemos fiar. Hasta que luego se vuelven conocidos, y te dan por culo.
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