- Lo sé, pero esta no toca.
- Las locuras no tocan, se hacen.
Llovía, llovía a cántaros por la Gran Vía. Yo bajaba
corriendo con los tacones de Nochevieja en la mano, sin paraguas, intentando
alcanzar el tiempo que se me escapaba, te me escapabas. Llegaba tarde, no para
el tiempo, sino para ti. Llegaba tarde y no me bastaba con girar las agujas del
reloj. Ni aunque hubiera podido retroceder en el tiempo habría podido
alcanzarte. Tú ya te habías ido aunque me siguieras esperando. Lo supe en cuanto
entré en el coche y vi tu mirada sin esa chispa, sin esa vida. Ya era demasiado
tarde. Ni siquiera una locura como aquella nos recuperaría. Dieron las doce
campanadas en la puerta del Sol. La gente se abrazaba y se besaba, todos
alegres y esperanzados ante el nuevo año que acababa de llegar. Les
observábamos desde el cristal empañado, ajenos a todo aquello, como si fuéramos
de otro planeta. A las doce la carroza
se convirtió en calabaza, nuestros sueños en espinas y el tiempo en alcohol
para las heridas.
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