miércoles, 7 de enero de 2015

Tarde

- En la vida hay que hacer locuras.
- Lo sé, pero esta no toca.
- Las locuras no tocan, se hacen.


Llovía, llovía a cántaros por la Gran Vía. Yo bajaba corriendo con los tacones de Nochevieja en la mano, sin paraguas, intentando alcanzar el tiempo que se me escapaba, te me escapabas. Llegaba tarde, no para el tiempo, sino para ti. Llegaba tarde y no me bastaba con girar las agujas del reloj. Ni aunque hubiera podido retroceder en el tiempo habría podido alcanzarte. Tú ya te habías ido aunque me siguieras esperando. Lo supe en cuanto entré en el coche y vi tu mirada sin esa chispa, sin esa vida. Ya era demasiado tarde. Ni siquiera una locura como aquella nos recuperaría. Dieron las doce campanadas en la puerta del Sol. La gente se abrazaba y se besaba, todos alegres y esperanzados ante el nuevo año que acababa de llegar. Les observábamos desde el cristal empañado, ajenos a todo aquello, como si fuéramos de otro planeta.  A las doce la carroza se convirtió en calabaza, nuestros sueños en espinas y el tiempo en alcohol para las heridas.

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