A veces el mejor momento del día puede ser tomarse un café
junto al fuego y el olor a la leña prendiéndose, emocionarse como un niño
cuando consigues ver las auroras boreales, tumbarse en cualquier lugar
insospechado con tal de dormir más de dos horas, bañarse en el océano Ártico en
pleno invierno o que la vida te de un vuelco con solo una mirada.
Aún quedan cosas reales ahí fuera. No hace falta buscarlas,
simplemente hay que mirar con los ojos bien abiertos y estar atento porque,
cuando menos lo esperas, aparecen y se quedan contigo para siempre. Quizá es
algo insignificante y efímero, pero llega para quedarse sin que apenas hayas dado
permiso a que entre. Tan auténtico que parece inalcanzable, sin saber si estás
soñando o viendo la vida pasar en diapositivas, pero está ahí, delante de ti, y
en ese momento te sientes una pequeña mota de polvo en el Universo. Cuando
encuentras algo auténtico es que ha llegado para quedarse. Pero lo más
acojonante de todo esto es que, cuando llega ese momento, ni siquiera te das
cuenta. Es tan solo un segundo, dos como mucho, pero es tiempo suficiente para
sentir que algo te ha cambiado por dentro. Es incomprensible, lo sé, pero en el
fondo está al alcance de todos y solo depende de uno mismo. Cuando se pierde el
miedo a la soledad y dejamos de autodestruirnos porque al fin comprendemos que
la mejor y única compañía que nos queda es la de uno mismo, es posible apreciar
la magia que se esconde en cada momento. Es cerrar los ojos y no necesitar nada
más que el aire, sentir como el viento te congela las pestañas y respirar.
If something doesn’t go right, go left.

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