Es curioso. A veces se echa de menos lo que en su momento
nos parecía de más. Hablo de los detalles que a priori pasan desapercibidos. La
forma del lóbulo de la oreja, el hoyuelo que aparece al sonreír, el sonido de
una exhalación resignada, el tono de voz al decir “joder” y cómo hacer que
suene bonito. Quizá por eso aún existen personas que se enamoran de verdad,
aquellas que no pueden tener un lío de una noche porque, si lo tuvieran, les
echarían de menos. Y digo que es curioso porque todos deberíamos ser iguales si
pasamos por las mismas etapas. Nacimos, con suerte vivimos y seguro que moriremos.
Ya puedes estar en Singapur o en el Polo Norte, tenemos anhelos y miedos. Al final todo se resume a que vivimos en una
enorme pelota que gira alrededor de una bola de fuego, dormimos debajo del
mismo cielo y somos igual de pequeños si nos comparamos con la inmensidad del Universo. No somos nada y, a pesar de eso, podemos serlo todo. Existe un hilo
invisible que nos ata. Es como un halo que nos define, nos identifica, hace que
seamos queridos o rechazados. No es el ADN, ni la raza, ni el idioma, ni
siquiera la cultura ni los kilómetros que nos separan. Lo que nos diferencia son
los detalles, las distintas reacciones que tenemos ante un mismo hecho, el
número de cucharadas de azúcar que le echamos al café, si preferimos dormir a
la derecha o a la izquierda, las manías, lo cabezones que nos ponemos y lo que
nos esforzamos en luchar por lo que creemos. Al final echamos de menos
eso, lo que en su momento nos parecía de más.
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