No tomarnos la vida en serio es
lo único serio que deberíamos hacer en la vida. Considerar como nuestras las
responsabilidades que conciernen a todos excepto a nosotros y que tan solo se
basan en un futuro incierto es dar pasos seguros sobre una cuerda de tender la
ropa. Tenso. ¿Cuándo fue la última vez que te planteaste cuáles son tus
responsabilidades? Responsabilidades propuestas, no impuestas. Responsabilidades
que van más allá de ganar un salario para alimentar a tu familia o estudiar
para ser alguien en la vida. Hacer algo sin tener que pensar en el para qué,
porque en nuestras acciones están los motivos.
Como hombres de hojalata que se
van quedando sin aceite, desde que nacemos vamos cambiando el proceso de
razonar por el de acatar. Respirar hondo y contener la rabia. Comportarse y
guardar los modales. Contar hasta diez. No gritar. Pensar antes de hablar.
Comer con los cubiertos. No correr en los pasillos. ¿Pensamos por nosotros, o
por los demás? Planteándolo de otra forma, ¿vivimos para nosotros?
No hacer lo que queremos por
cumplir lo que los demás esperan de nosotros nos marchita por dentro. ¿Dónde
quedó la naturalidad? Es una lástima perder el tiempo así cuando la única garantía
que nos ofrece la vida es la muerte. El miedo debería haberse extinguido en la
Prehistoria. Las heridas se curan, de los errores aprendemos, pero la
frustración nos tatúa hasta los huesos.
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