Éramos aleatorios.
Era como si el tiempo no pasara y las manecillas del reloj tan
solo se movieran al compás de nuestra respiración. Inhalar y flotar. Exhalar y
descender. El Universo, ante nuestros ojos, tiraba de nuestro pecho para
llevarnos. El Todo era amor.
Y el amor era todo, estaba en todas partes. Lo sentíamos en
cada extremidad de nuestro cuerpo, expandiéndose por toda esa habitación de
paredes de hojas de palmera. Y ahí, tumbados sobre la cama con los ojos
cerrados, observamos a oscuras e impávidos todo aquel vaivén de luces y colores
que bien se asemejaban a un viaje interestelar. Sentí que no podía haber nada
más maravilloso en el Universo que esa sensación de ingravidez. Era mucho más
que estar a punto de dar el primer beso a quien más hayas querido en esta vida.
Era un orgasmo continuo, una orgía con las estrellas, éxtasis en estado puro.
Y comprendí que el amor no podía ser solo lo que me habían
contado. Que no podía guardarse en una jaula para dárselo a alguien y decirle:
toma, es tuyo. Que era mucho más que todo eso. Era tanto que no podía contarse,
ni mucho menos guardarse.
Y poco a poco nuestros sentidos volvieron a tomar contacto
con la Tierra y la sensación de eternidad se fue despegando de nuestros dedos
junto con el ligero hormigueo que resultaba tan placentero. Las luces, los
colores, la velocidad de quien viaja a años luz, todo se fue difuminando
paulatinamente hasta llegar a la nada, dejando como única huella de existencia
una lágrima. Una lágrima caída desde el cielo en medio del desierto. La lágrima
de haberlo visto todo sin haber podido tocar nada. La lágrima de volver a la
única realidad que nuestros sentidos más primitivos nos permiten alcanzar. Pero
también era una lágrima de gratitud. De conformidad. De estar a gusto en aquel
momento abrazados, tumbados bocarriba sobre la cama mirando al techo. Se creó un
vínculo entre nosotros. El de dos personas que saben con certeza que hay mucho
más allá de lo que se puede ver o alcanzar. Y que a cualquiera que se lo
contásemos nos tomaría por lunáticos.
Por algo éramos aleatorios.
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