domingo, 20 de agosto de 2017

El síndrome del escapista



Ojalá tan solo bastara con coger un avión para olvidar. Aterrizar en la ciudad del olvido y convertirse en una persona completa, sin quiebros. Como si nunca nadie nos hubiera hecho daño. Y tan solo eso, aterrizar para poder olvidar.

Pero el tiempo, como siempre, acaba llevando la razón. Al final uno entiende que, por mucho que se cambie de suelo, los problemas no resueltos no se van. Que al hacer la maleta  no nos dejamos los recuerdos. Que marcharse no necesariamente implica irse. Que siempre seguirán presentes nuestros miedos, hasta el día en que decidimos enfrentarnos a ellos. 

Y, aun sabiendo todo esto, seguir sintiendo la irresistible necesidad de escapar ante los quiebros. Viviendo eternamente entre el cielo y el suelo. En un limbo constante para evitar tener que saltar. En busca de una parada a la que nunca sé llegar. El olvido.


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