Ojalá tan solo bastara con coger un avión para olvidar.
Aterrizar en la ciudad del olvido y convertirse en una persona completa, sin
quiebros. Como si nunca nadie nos hubiera hecho daño. Y tan solo eso, aterrizar
para poder olvidar.
Pero el tiempo, como siempre, acaba llevando la razón. Al
final uno entiende que, por mucho que se cambie de suelo, los problemas no
resueltos no se van. Que al hacer la maleta
no nos dejamos los recuerdos. Que marcharse no necesariamente implica irse.
Que siempre seguirán presentes nuestros miedos, hasta el día en que decidimos
enfrentarnos a ellos.
Y, aun sabiendo todo esto, seguir sintiendo la irresistible
necesidad de escapar ante los quiebros. Viviendo eternamente entre el cielo y
el suelo. En un limbo constante para evitar tener que saltar. En busca de una
parada a la que nunca sé llegar. El olvido.
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