Solíamos pasar las tardes de verano en el pantano. Contaban
los más veteranos del pueblo que, según la leyenda, había quedado enterrada
bajo el agua una antigua civilización de la cual podían verse los restos cuando
bajaba la marea al final del día. Así pues, se convirtió en tradición esperar
al atardecer para así poder ver asomado, en medio de aquel enorme embalse, el
tejado de lo que en su día fue un campanario.
No hay imagen que mejor represente para mí el fin del verano.
Aquellos últimos pero aún calurosos días de agosto en los que el bajo caudal
del pantano permitía avistar el tejado del inundado campanario del pueblo. Como
si se tratara de una isla en medio del mar, alguna cigüeña posaba tímidamente
sus patas sobre el tejado, como queriendo pararse simplemente un momento para observar
el cielo anaranjado que quedaba tras la puesta de sol.
Y así, sentados desde la orilla con esa imagen en nuestras
retinas, cantábamos canciones de la infancia al son de la guitarra. La sangría
acompañada de una barra de fuet mordisqueada, la brisa del atardecer y las
risas cómplices entre los amores de verano que pronto acabarían era nuestra
única forma de entretenimiento. Las chicas en top, entrando en el agua
y quitándonos el bikini para saludar a los chicos desde ahí, con la parte de
arriba en la mano. Hasta que un día entraron corriendo y tuvimos que
volver a ponérnoslos. Encontrar el tronco de un árbol flotando y usarlo
a modo de balsa, remando con los brazos hasta acabar extasiados. Aprender a hinchar una balsa entre todos nuestros pulmones e intentar llegar con ella al otro lado.
Fueron muchas las tardes que pasamos en aquel pantano.
Cualquiera querría haberse quedado en esos veranos toda la vida, cuando nuestra
máxima preocupación era la incertidumbre ante el nuevo curso escolar por empezar
o los amores platónicos que por aquel entonces parecían inalcanzables. Al igual
que el pueblo que había quedado para siempre bajo el agua, nosotros también nos
sentíamos eternos.
Hoy volví al pantano. Quizá porque aún no es agosto y tan
solo estamos a marzo, me aferro al pensamiento iluso de que esos días aún no
han acabado. Sin embargo, observo el agua que parece estar a punto de
desbordarse por la incesante lluvia y no logro divisar señal alguna del tejado
del campanario, haciendo que esos días de verano queden aún más lejanos. Como
si de un vago recuerdo se tratara, cae la nieve sobre la orilla y el frío
viento desdibuja mi memoria.
Sea como fuere.... que nunca se te olvide sonreír, nunca.
ResponderEliminarEso siempre :)
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