sábado, 31 de marzo de 2018

El pantano


     Solíamos pasar las tardes de verano en el pantano. Contaban los más veteranos del pueblo que, según la leyenda, había quedado enterrada bajo el agua una antigua civilización de la cual podían verse los restos cuando bajaba la marea al final del día. Así pues, se convirtió en tradición esperar al atardecer para así poder ver asomado, en medio de aquel enorme embalse, el tejado de lo que en su día fue un campanario. 


No hay imagen que mejor represente para mí el fin del verano. Aquellos últimos pero aún calurosos días de agosto en los que el bajo caudal del pantano permitía avistar el tejado del inundado campanario del pueblo. Como si se tratara de una isla en medio del mar, alguna cigüeña posaba tímidamente sus patas sobre el tejado, como queriendo pararse simplemente un momento para observar el cielo anaranjado que quedaba tras la puesta de sol.


Y así, sentados desde la orilla con esa imagen en nuestras retinas, cantábamos canciones de la infancia al son de la guitarra. La sangría acompañada de una barra de fuet mordisqueada, la brisa del atardecer y las risas cómplices entre los amores de verano que pronto acabarían era nuestra única forma de entretenimiento. Las chicas en top, entrando en el agua y quitándonos el bikini para saludar a los chicos desde ahí, con la parte de arriba en la mano. Hasta que un día entraron corriendo y tuvimos que volver a ponérnoslos. Encontrar el tronco de un árbol flotando y usarlo a modo de balsa, remando con los brazos hasta acabar extasiados. Aprender a hinchar una balsa entre todos nuestros pulmones e intentar llegar con ella al otro lado.


Fueron muchas las tardes que pasamos en aquel pantano. Cualquiera querría haberse quedado en esos veranos toda la vida, cuando nuestra máxima preocupación era la incertidumbre ante el nuevo curso escolar por empezar o los amores platónicos que por aquel entonces parecían inalcanzables. Al igual que el pueblo que había quedado para siempre bajo el agua, nosotros también nos sentíamos eternos.


Hoy volví al pantano. Quizá porque aún no es agosto y tan solo estamos a marzo, me aferro al pensamiento iluso de que esos días aún no han acabado. Sin embargo, observo el agua que parece estar a punto de desbordarse por la incesante lluvia y no logro divisar señal alguna del tejado del campanario, haciendo que esos días de verano queden aún más lejanos. Como si de un vago recuerdo se tratara, cae la nieve sobre la orilla y el frío viento desdibuja mi memoria.



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