Volver a casa no es sólo volver.
Volver a casa es entender que ya no eres el mismo que se fue.
Más viejo, más cansado, menos ingenuo.
Volver a casa es un punto de inflexión. Sentir cómo el peso de las expectativas que un día soñamos recaen sobre nuestros hombros.
Volver a casa es un punto de inflexión. Sentir cómo el peso de las expectativas que un día soñamos recaen sobre nuestros hombros.
Lo bueno de volver a casa es que siempre encuentras algo que te recuerda a ti. A quién eras, qué queda de lo que fuiste. Esos pequeños matices que siguen con nosotros, que resistieron a borrarse a pesar del paso del tiempo.
Volver a casa es mirarle a los ojos a los fantasmas del pasado. Reírse de ellos. Darse cuenta de que no eran para tanto, que otros aún siguen persiguiéndonos. Mirarse en los espejos de la infancia y encontrar en su reflejo a alguien diferente. Reforzar en las nuevas líneas de expresión dibujadas en el rostro la idea, quizá en un pasado más etérea, de que el tiempo es limitado. Y caduco. Confirmar que aquello que se pierde, ya no vuelve. Sentir la ausencia de los que ya no están, las heridas que han curado, las que aún siguen cicatrizando.
Pero volver a casa es también valorar lo que perece. La compañía de los que siempre están en casa cuando vuelves. Y entonces pensar que tampoco todo ha cambiado tanto, que para tu abuela siempre seguirás siendo un poco más alto.
Volver a casa es abrazar a la nostalgia y sentirse reconfortado.

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