Me gusta imaginar qué es lo primero en lo que piensa la gente cuando se despierta.
Los más aplicados organizarán su
día en función de las tareas que tengan que hacer. Aquellos que lo aplazan todo
para ese luego que nunca llega pensarán en las que aún no han hecho. También
habrá románticos que no piensen en algo, sino en alguien. Otros más
afortunados, aunque no lo sepan, se despertarán junto a ellos. Pero seguramente
muchos no pensarán en nada, otros tan solo se despertarán con resaca y algunos
sorprendidos se preguntarán por el espécimen que tienen al lado. Los que ven la
vida cuesta arriba se lamentarán por el insufrible día que les espera, a los
perezosos se les pegarán las sábanas y también habrá a quien le baste solo con
respirar y ver el Sol una vez más.
Todo eso en un segundo, justo
antes de abrir los ojos. Apenas somos conscientes, pero en ese segundo está
todo. El resto es pura mecánica. Vivimos muy rápido, siempre de un lado a otro
para no llegar tarde, pero ¿a dónde?
Después ese segundo de paz se nos
esfuma con un golpe al despertador, en ese “cinco minutos más” o al levantarnos
corriendo, meternos en la ducha y esperar a que el agua fría nos active las
neuronas. Con suerte nos tomamos un café mientras vemos el telediario que nos
da de todo menos noticias buenas. En vez de informarnos del tiempo nos
desayunamos los datos de la bolsa, más preocupados por los números que por lo
que hay ahí fuera, cuando en verdad es ahí donde está nuestra vida. Y no la
vida etérea ni la de otros, sino la nuestra. Esa que pasa sin verla y se nos va
sin que nos demos cuenta, de la que tanto se teoriza con mucho “carpe diem”,
que si disfruta del momento que no vuelve, aprovecha tu juventud y cientos de etcéteras
que pocas veces nos creemos y menos aún ponemos en práctica. Esa vida que nos
parece corta solo cuando nos damos cuenta del tiempo que hemos perdido haciendo
lo que menos queríamos hacer. Por eso, y no por la filosofía barata, ni los
libros de autoayuda, ni la psicoterapia, ni los descuentos de spa para dos. Es
por las cosas que hacemos que no nos llenan, por las personas que dejamos ir
por no haber luchado, por permitir que nos hagan daño, por el tiempo que
perdemos en quien no merece la pena, por las palabras malgastadas y los tequieros
vacíos, por las carreras que elegimos que no queremos estudiar, por las veces que
no expresamos lo que sentimos, por no tirarnos en paracaídas por tener miedo a
las alturas, por esperar a que sea el otro quien pida perdón. Mientras hacemos
todas esas estupideces la vida se nos escapa y no la vemos irse. Y luego, en la
fase final de la vida, nos vienen los arrepentimientos. ¿Para qué tanto ir
corriendo?
Estaría bien poder pararnos en
medio de todo este jaleo de vida en la que nos hemos metido, respirar hondo y
preguntarnos honestamente: ¿Acaso sé a dónde voy?
Y, cuando la respuesta sea “no
tengo ni puta idea”, dedicarnos a disfrutar de las vistas del viaje.
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