Fue una noche paradójica. La oscura vestimenta de la gente acompañaba el lluvioso
y frío octubre de Londres. Lo paradójico estaba en la vida que había entre toda
esa oscuridad. La procesión de armaduras, corsés ceñidos, fustas, ligueros, máscaras,
terciopelo, látex, purpurina y lencería de satín celebraban la llegada del
invierno y llenaban de color la ciudad. Moviéndonos entre la multitud por las
distintas salas del local observábamos cómo la gente bailaba, se exhibía, exponía
sus cuerpos al mundo u observaban activamente tal libertinaje. Puro hedonismo.
Disfrute, gozo, celebración de la libertad. Hay quien lo llama vulnerabilidad.
Yo lo llamo valentía. Mostrarse tal y como somos implica la aceptación de uno
mismo. Exponerse sin censura, dejar que fluya aquello que guardamos, nos hace
libres y a la vez únicos dueños de nosotros. Y es solo con esa deliberada acción
de quitarle la venda a nuestras censuras cuando no solo nos ven, sino que
podemos ver más allá. Mucho más de lo que la materia nos puede mostrar. Descubrir
la amplia gama de colores que hay entre el blanco y el negro, entre el hombre y
la mujer. Ser dueños de nuestra mente, exponerla y explorarla. Conectar con las
distintas áreas de nuestro ser y dejar que afloren todas las versiones de
nosotros mismos. De quienes somos en el presente, o quizás en un tiempo pasado.
Más de uno se sorprendería con la de cantidad de secciones desconocidas que
habitan en nuestro interior. La belleza en la feminidad de un hombre o la
masculinidad en una mujer. Disfrutar de la felicidad de otros, con otros. Compartir
el amor y hacerlo más grande. Conectar en otro mundo remoto, o quizá paralelo. Mirar
a los ojos de las personas y entender que hay mucho más en una mirada de lo que
el sentido de la vista puede alcanzar, o la mente asimilar. Se trata de una
conexión mental. Y sentir en esa conexión que no son las palabras, ni el idioma,
ni el género, ni la marca de nuestra ropa, ni el país en el que llegamos al
mundo, las que nos unen o nos separan. Todo lo anterior determina, pero no es
determinante. Nuestra propia esencia está en lo que transmitimos, en lo que
proyectamos. Ya sea en un dibujo, moviendo nuestro cuerpo al compás de la
música, haciendo el amor, cocinando pasta, o simplemente mirando a los ojos. Porque
deberíamos mirarnos menos con los ojos, y más con el corazón. Solo basta con
observar más allá de nuestros zapatos. Y es en esa conexión cuando conseguimos
empatizar con todo lo que nos rodea y entender que el mundo es maravilloso,
pero también puede ser desolador. Hay mucho más amor de lo que creemos, pero
también soledad. Y eso aterra y entristece. Puede que la soledad sea el mayor
de los males al final de nuestros días. Hay tanto miedo en el corazón del
hombre…
…Continuará…

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